Vivimos en una era sin héroes.

Aunque opinable, nos parece difícil abrir juicio hoy sobre el momento político que estamos viviendo apenas pongamos sobre la mesa la notoria confusión por exceso que construyen los medios de comunicación.

Para el hombre común, para aquel que vive con o sin trabajo fijo y es el objetivo de noticieros, gacetillas, entrevistas, urgencias, operaciones varias, etc., es dificultoso diferenciar las ideas más o menos serias de las grotescas manifestaciones de la grieta cultural que supimos conseguir.  Y el hombre o mujer en tales condiciones – o aun peores – padece cuando menos los efectos de dos frentes que por vía de “ la patria locutora” , día a día  lo saturan y condicionan:  la repetición infinita de los mismos temas y opiniones y la obligada presencia en los medios de los mismos personajes actuantes en los últimos 40 años de la vida económica y política nacional.

De ideas, nada.

Claro está que abundan razones que contribuyen a conformar este escenario.  La grieta no nace hoy, ni siquiera en las últimas décadas, aunque ahora sus manifestaciones violentas e irracionales se repiten y tienden a agravarse.  A título de ejemplo y para no retrotraernos en demasía, recordemos que en una acertada descripción de la historia de la sociedad argentina el reconocido politólogo Carlos Floria escribía hace ya 30 años que nuestra situación se daba entre una  “tradición liberal fuerte, una tradición antiliberal fuerte, y una democracia débil”.

Aceptada en principio la definición de Floria es dable reconocer la factibilidad de que  la confrontación de las corrientes en pugna den lugar a esta débil democracia, mutilada, malversada, usada incluso por grupos y factores de poder que van camino de su propio beneficio con prescindencia del bien común; generalmente con el uso de la inmoral posverdad, herramienta útil para gravitar negativamente de forma deliberada sobre el corpus emocional de las gentes de uno u otro lado de la grieta.

Para evitar confusiones y alertando sobre las consecuencias nefastas de aquel concepto, el ex Secretario de Cultura de la Nación José Nun, nos decía que la posverdad “ denota aquellas circunstancias en las cuales los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a las creencias personales.  Dicho de otra manera: para amplios sectores, que algo aparente ser verdad se vuelve más importante que la propia verdad, sobre todo si coincide con su sentido común”.  Sin ninguna intención de agregar a la brillante explicación de Nun, quizá convenga hacer memoria y recordar que el fallecido Manuel Mora y Araujo solía decir que  “en política el mensaje es el líder, tanto o más que lo que éste dice”.

Esta idea , trabajada décadas atrás por Karl Schmitt, permite pensar en la posible construcción de un entramado ideológico que, sobre la mentira que oculta la posverdad, sirva de basamento para una expresión electoral favorable a los fines deseados.  Y esto es válido para todas las corrientes políticas – autoritarias o no – ansiosas de ganar poder aun a costa de electorados cautivos presos del condicionamiento emocional y por lo tanto alejados de la reflexión racional que en sus orígenes alentaron viejos demócratas.

Si esto es así, si en verdad el humano es un ser emocional que a veces razona, los prolegómenos de un acto electoral de máximo nivel y en una difícil coyuntura económica, obliga a pensar cuáles son más allá del vano ruido del discurso, las propuestas ciertas, verosímiles y viables políticamente, que se hacen en tales circunstancias por candidatos a ganar el favor popular.

 

LAS  PROPUESTAS

En rigor no las hay, al punto que hemos invertido el  orden de las cosas y la economía condiciona y marca el rumbo de la política.

Más allá de un retorno al pasado reciente – quizá más violento por causa de probables resentimientos y venganzas de algún sector de la sociedad – sólo se vislumbra una continuidad desfalleciente de la ineptitud política que exhibe el gobierno actual en caso de ser reelecto;  por otro lado, cierto es que eventuales terceros son hasta hoy sólo sombras chinescas sobre el escenario.

En la realidad, y más allá de la funambulesca retórica electoral que nos abruma, se percibe una total y abarcativa falta de propuestas, de ideas  y programas que no sólo permitan entrever una salida a este laberinto sino que sean capaces de mostrar caminos y objetivos que enamoren y movilicen a la sociedad toda.

No se trata ya de teorizar sobre las virtudes de la democracia representativa frente a quienes pregonan una democracia deliberativa, sino de encontrar las herramientas útiles para levantar los cimientos de lo que económicamente nos falta construir sin olvidar el apoyo sustancial a lo que ya hemos construído.

Se trata de poner en marcha el enorme potencial de suelo y pueblo en una conjunción que asumida nos devuelva los atributos de una identidad nacional que sentimos como perdida y sin la cual por supuesto no hay nación. Declamar como se hace que la pobreza material y cultural que nos angustia puede resolverse con altas dosis de voluntarismo es una falsedad que omite plantear el esfuerzo cotidiano y perseverante que requiere el desarrollo cualitativo de nuestras vidas. Si por el contrario, la mentira y la deshonestidad vencen, es pertinente afirmar que la pobreza ha llegado para quedarse.

Por nuestra parte, una vez más  reiteramos que una larvada guerra civil no puede ser nuestro destino.

Y esto requiere superar seriamente los destructivos entresijos de una fragmentación social que ahoga y destruye nuestro futuro.  Es nuestra responsabilidad entonces encontrar los atajos que nos lleven, no sin sacrificios ni parciales fracasos por cierto, a dar vida a la dualidad de educación y trabajo en un marco de convivencia, rescate y práctica de las instituciones de la democracia y la república.

Conviene hacerlo ya, antes que otros con otros fines, usando los recursos de la posverdad y la confianza ingenua del pueblo, cancelen el futuro nacional.

 

 

Jorge  Marasco

1 pensamiento en “Vivimos en una era sin héroes.”

  1. En relación al inspirador texto de Jorge Marasco, parece pertinente recordar aquella hipótesis del filósofo político italiano Roberto Espósito, cuando sostiene que no se puede pensar la conducta de las sociedades como si fueran siempre conscientes de sus propios intereses. “La democracia nunca es el resultado de una elección racional y voluntaria de los electores”. Freud, dice Espósito, nos recuerda “…la inextricable relación entre razón y cuerpo, interés y pasión, pulsión y voluntad…”, lo cual incluye variables complejas que no son habitualmente consideradas en el análisis político.
    El trabajo abre caminos e invita a pensar en un tiempo de profundas y cualitativas transformaciones.

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