UNA LECTURA DE LA ENCÍCLICA “LAUDATO SI”

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Como líder religioso de más de mil millones de católicos romanos, el papa Francisco estimula en su Carta Encíclica Laudato Si´ la reflexión sobre el actual modo-de-vida, la responsabilidad hacia los demás y la relación con la naturaleza.

Expone a lo largo del texto su convencimiento de que el deterioro planetario es una obra netamente humana. Obra que construimos, simultáneamente, con nuestra creciente degradación como especie consumista con ascendente avidez y una codicia materialista desmesurada.

Tratándose de un documento extenso en su redacción (casi doscientas páginas en su versión castellana) e intenso en sus planteos críticos, puede ser interpretado desde varias perspectivas, todas ellas válidas e insustituibles.

El paradigma tecnocrático dominante, – homogéneo y unidimensional -, que exige la subordinación de economías, políticas y moralidades, es el principal acusado de hacernos perder la conexión íntima con la naturaleza. Estamos siendo conminados en esta carta a detener la furia productivista, depredadora y ostentosa. Debemos proteger al hombre, “…sobre todo contra la destrucción de sí mismo”. (79)

En este documento papal se fijan posiciones (incómodas muchas), se exponen diagnósticos (molestos algunos) y se proponen interrogantes (impertinentes todos) para quienes deban decidir economías y políticas durante los próximos cincuenta años. Existen sospechas fundadas de que éste será un siglo que ahondará exponencial y amenazadoramente las urbanizaciones anómicas, las exclusiones inauditas y las corrupciones mediáticas.

El sueño occidental por dominar la Tierra y por someter al “otro” para obtener ilimitados réditos sin costos declarables, se ha travestido hoy en una pavorosa pesadilla.

Se vislumbra en los seis capítulos un llamado –por momentos angustioso- para rehacer el contrato natural a partir de la reciprocidad y del reconocimiento de los derechos de cada uno de los habitantes de la Casa Común…y los de la Tierra misma.

No es el primer clamor que se escucha, tampoco será el último. El 22 de abril de 2009, las Naciones Unidas decidieron designar por unanimidad la propuesta –ancestral- de que la Tierra es Madre y por lo tanto desde entonces esa fecha es reconocida como el Día Internacional de la Madre Tierra. Son de importante interés antropológico los considerandos expuestos en la Resolución 63/278 de la Asamblea General.

El equipo redactor del documento pontificio ha sido imbuido del espíritu que su mentor decidió imprimir al escrito y la elección del día de su publicidad: 24 de mayo de 2015, la Solemnidad de Pentecostés, no ha sido casual sino simbólicamente adecuada.

Es posible observar en los doscientos cuarenta y seis puntos de la carta un cambio en la actual perspectiva de la institución eclesiástica: deja (o pretende abandonar) su retrato de castillo-fortaleza jerárquica, absolutista e inexpugnable a las realidades del milenio iniciado e intenta mostrar una imagen de hospital de campaña, fraterno y despojado, atento al cuidado de todo ser carente, dolido y desesperanzado.

Como en otros escritos de sus dos predecesores –a quienes cita frecuentemente- y que indican una alta prioridad por temas sociales a partir del último tercio del siglo XX, esta encíclica toma partido a favor de las víctimas, de los marginales, de los sufrientes más allá de sus particulares condiciones morales, religiosas o ideológicas. No habla “de ellos” ni los amonesta, sino que va “hacia ellos”. Y lo hace prodigando una ternura preferencial, no exenta de profunda preocupación institucional y de un claro sentido del ejercicio austero del poder. No se escatiman señalamientos expresos contra los grupos empresarios que obtienen escandalosas ganancias retribuyendo miserablemente a sus obreros o contra el modelo exitista y privatista que se niega a invertir en la superación de los lentos, de los diferentes o de los menos dotados.

La verdadera ecología –ecología integral como se titula el capítulo cuarto-, debe rescatar a los miles de millones empobrecidos y humillados por la historia reciente “para escuchar tanto el clamor de la Tierra como el clamor de las personas” (49). No se trata solamente de buscar nuevas formas de administrar los bienes escasos de la naturaleza, sino de encontrar un nuevo estilo de habitar la “Casa Común”. Es hallar otra-forma-de-estar-en-el-mundo, por encima de la posesión, de la dominación y de la explotación y situarnos así junto con los otros seres y con la Tierra porque ello “tiene consecuencias (irreversibles) en las opciones que determinan nuestro comportamiento” (11).

Puede vislumbrarse la prelación que el tema de la vulnerabilidad planetaria ya tenía en la agenda pontificia cuando en la exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del papa Francisco, fechada el 24 de noviembre de 2013, invitaba a los cristianos a una nueva etapa evangelizadora. En su punto 206 expresaba textualmente: “Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver.”

El ejemplo recurrente del Pobre de Asís, es postulado como una invitación personal (y por lo tanto política) para renunciar a identificarnos como consumidores codiciosos que convierten a la naturaleza en mero objeto de uso, de abuso y de desperdicio.

Ante ello es válido objetar, como lectores respetuosos, que algunas cuestiones de orden estrictamente técnico, como el cambio climático o la disposición final de residuos nucleares, exigen medidas de control gubernamental a nivel regional e internacional y cada país decide sobre la conveniencia de aplicar esas restricciones en sus territorios supuestamente soberanos. Ello dificulta que los acuerdos de escritorio -que lleguen a ser firmados- logren el cumplimiento concreto de todas sus cláusulas.

Además, como miembros de una especie que ha evolucionado hasta convertirnos en lo que somos desde hace unos cientos de miles de años, estamos sometidos a las imposiciones del ambiente, presionamos sobre él…y negociamos con él con distintos grados de éxito.

Desde las primeras hordas recolectoras y cazadoras con sus visiones antropomórficas, mágicas y sacralizadas hasta la radical secularización de las revoluciones tecnológicas, nuestra especie ha recorrido un agitado itinerario. Estamos exhaustos y hemos desarrollado poca autoconciencia de nuestros propios límites.

Las múltiples experiencias exitosas en las campañas bélicas por someter a la Madre Tierra -según el antojo de nuestra especie-, nos fueron convenciendo de la pérdida de sacralidad de esa Madre dominada. Y así, nuestras percepciones individuales y colectivas sobre nuestro ambiente, fueron siendo modificadas al ritmo impuesto por los medios de comunicación gratificados y por los beneficiarios de privilegios inmorales.

Son llamativas las reiteradas citas (seis) al texto de Romano Guardini (1882-1968) titulado: El ocaso de la edad moderna (1949), libro que adelantó la tesis del agotamiento de la modernidad y que impactó en los círculos intelectuales de Occidente, ya que apareció en los años de la posguerra dominados por la ilusión de un “mundo nuevo”, de un “renacer” emancipado de las funestas ilusiones de los totalitarismos.

La alarma ambiental planetaria está trepidando desde hace décadas. La ciencia nos señala que las alteraciones producidas por nuestra actividad antrópica son hoy más dañinas, rápidas y con repercusiones cósmicas.

Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las Religiones, publicado en 1949 expresaba: “…las transformaciones ocurridas en el mundo material (agricultura, metalurgia, etc.) abren al espíritu nuevos modos de enfrentarse con la realidad.” y en enero de 1990 el “Foro Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente” reunido en Moscú, concluyó su encuentro con la siguiente declaración: “Nosotros, los científicos, tenemos profundas experiencias de respeto y reverencia ante el Universo. Comprendemos que lo que es mirado como sagrado será tratado, probablemente, con más cuidado y respeto. Nuestra casa planetaria debería ser mirada de este modo. Esfuerzos para salvaguardar y amar el medio ambiente deben ser penetrados con una visión de lo sagrado”.

Es así como la vida material de los humanos ha afectado, también, la espiritualidad de la especie y por lo tanto, su relación con el entorno se ha tornado extrañamente conflictiva.

La conciencia de esta gravedad de la crisis ambiental se manifiesta –endeble- en los discursos académicos, en las militancias de las ONG y en la grandilocuencia de los foros y las cumbres internacionales. Pero el consumidor obsceno y autorreferencial, alentado por el paradigma tecno-económico es extremadamente reacio a decrecer en aspiraciones y en hábitos en beneficio del más desfavorecido y de la Casa común.

No debe extrañar entonces que desde Roma, se nos proponga ahora una nueva sacralización del medio, – que no supone una divinización de la tierra – y que se muestra basada en principios surgidos de la razón, de la participación igualitaria y de la aceptación de un destino planetario común, cuya evidente fragilidad se está manifestando crecientemente.

Otras lecturas con nuevos lectores esperan su epifanía.

 

Mario Corbacho. 15 julio 2015

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