UN VIAJE EN EL TIEMPO. INDIA 2014

Panteon Hindu

 

Mil trescientos millones de seres humanos la posicionan en las enciclopedias como la república con el régimen democrático más populoso del mundo…Sin embargo, sus ciudadanos distan mucho de haberse convertido en un pueblo democrático según los parámetros occidentales.

 

Sin duda que intentar juzgar a los “otros” según nuestros patrones de racionalidad constituye, hoy, un censurable comportamiento etnocéntrico.

La noción monopólica del “hombre racional”, como el sujeto humano por excelencia, que tiene como atributos: ser “varón, heterosexual, blanco, de clase media, con trabajo rentado y con pensamientos y actitudes políticamente correctas”, se sigue construyendo en oposición con la noción del “otro”, sea éste: mujer, homosexual, demente, presidiario, pobre, viejo, discapacitado, negro, árabe, indio, aborigen…A todos esos “otros” se les atribuyen -en diferente medida- cualidades negativas como: vagancia, histeria, fanatismo, promiscuidad, primitivismo, obscenidad, suciedad, torpeza, agresividad, inutilidad, exotismo…en suma: comportamientos y pensamientos irracionales.

 

Tal manera de interpretar a los dos hemisferios del planeta no coincide con la realidad histórica, ya que el denominado “racionalismo  occidental” fue una corriente secundaria, opacada durante los siglos en que prevaleció el encandilamiento del dogmatismo eclesiástico romano.

 

El fundamento de todo el pensamiento científico moderno está apoyado en el sistema decimal y en el número cero. Ambos son elucubraciones del pensamiento indio, como lo son también el rechazo del modelo astronómico geocéntrico, la negación a todo dogmatismo religioso y la plácida aceptación del respeto mutuo y del escepticismo, que puede ser considerada como un germen del “secularismo” dieciochesco europeo. Estos desarrollos intelectuales han sido responsables durante centurias de los alcances de la civilización india, que supo promover el diálogo entre hindúes, musulmanes, cristianos, jainistas, parsis, judíos y ateos…en el mismo siglo en que el sacerdote dominico y doctor en teología Giordano Bruno, acusado de herejía, era quemado vivo en las hogueras de la Inquisición romana, en febrero de 1600, después de ocho años de juicio en prisión…

Al conocer otras formas muy disímiles de pensar, de sentir y de actuar, aprendemos otras maneras de concebir las relaciones y sus circunstancias, de dialogar, de colocarnos en la intersección de nuestros valores y normas con los valores y las normas de “los otros”. Esto es: crecemos como seres humanos dotados de razón, de afectividad y de materialidad. Nos descubrimos así: parciales, contingentes, inacabados, permeables. Cuando al diferente le negamos “alteridad”, nos entusiasma asimilarlo a nuestro mundo, hacerlo idéntico a nosotros, convertirlo… ¡salvarlo!, reforzando aquellos mitos que mantengan invencible nuestra superioridad.

 

Mi intención por conocer y convivir con esos “otros” podría acusarse de pretensión neocolonialista. Asumo el riesgo de ser fruto de mi tiempo y de acercarme al conocimiento con prejuicios alimentados por las interpretaciones. Confieso estar bastante condicionado (¿prisionero?) por las representaciones que las aulas universitarias y mis lecturas fueron forjando en mí.

Mi ingenuidad no llega al extremo de suponer que pueda desembarazarme plenamente de la arrogante perspectiva del hombre occidental. Pero después de este viaje por la India y Nepal, coincido plenamente con el sociólogo francés Pierre Bourdieu cuando afirmó que: “el mundo no es algo para ser descifrado o interpretado, sino un conjunto de  problemas concretos que reclaman soluciones prácticas”.

 

La India fabulosa de las novelas, -fantástica y voluptuosa-, sigue entrecruzando sus páginas con la India desproporcionada del hambre y de la pobreza extrema y con la India contradictoria de las producciones industriales, de los millares de películas anuales de Bollywood y del acelerado desarrollo nuclear. Deberíamos insistir en denunciar la fuerte carga ideológica de nuestras recreaciones sobre los hechos del pasado, lo que nos evitaría crear héroes y villanos, paraísos e infiernos definitivos y concluyentes.

 

La India no es una pieza monolítica. Es un complejísimo mecanismo en perpetuo movimiento, que arrea en su dinámica a los más pintorescos cultos, a las más coloridas tradiciones y a los mitos vivientes que justifican cada uno de sus comportamientos.  Un largo historial de pasión por la fantasía, por la maravilla, por la credulidad y la ambigüedad marcan la vida de cada habitante, de cada peregrino…Baste indicar que en el país están vigentes más de treinta calendarios en su geografía;  se hablan 415 lenguas catalogadas, se practican más de 500 cultos religiosos y conviven miles de castas.

A esta altura del relato, la oposición entre ciencia y mito me resulta inconcebible.

Tuve una muy especial sensación de haber estado husmeando por una tierra sagrada. La austeridad, la devoción, la disciplina, el exceso y el ritual se funden en cada callejón que vomita sonidos y escandaliza con sus colores, sus olores y sus sabores.

No es posible mantener una mirada neutra o una charla libre de preconceptos. Todos los sistemas de referencia se muestran subjetivos cuando la escenografía hace que nuestros valores se nos presenten ineptos y fofos.

En las penumbras de una madrugada, varias filas de inenarrables mendicantes leprosos con sus escudillas brillantes, esperaban la rupia del peregrino y del viajero.

 

La percepción de la sociedad india, para cada uno de sus miembros, es absoluta y definitivamente noigualitaria. Por ello el comportamiento individual –sea éste humano, infrahumano o suprahumano- se ajusta en cada ocasión a su casta, a su sexo, a su edad, a su condición de salud, a su tradición, lo que conforma el denominado “dharma” o deber que necesita ser cumplido y que es armónico con su naturaleza, para mantener el curso ordenado del cosmos. Pude observar cientos de manos percudidas que empuñan diariamente cinceles sobre las piedras, o escobas sobre los pisos callejeros o flautas de caña, que motivan a cobras erectas.

Los vehículos públicos de tracción a sangre humana, -que personalmente repugnaron a mi moral burguesa-, colaboran con el caos perpetuo que ensordece las multitudinarias calles de cualquier ciudad.

 

Tres características del status adscripto de cada uno de sus habitantes se imponen en los encuentros interpersonales:

  • sexo,
  • edad
  • jerarquía.

Las estrictas y milenarias reglas del parentesco indio, incluyen valores y conceptos desterrados o diluidos de los usos y costumbres del llamado Occidente contemporáneo: lealtad grupal, obediencia filial, honor familiar, virginidad femenina, concertación y dote matrimonial, singulares liturgias hereditarias…

El grupo familiar gira en torno a las relaciones padre/hijo, dejando en un segundo plano las relaciones entre los cónyuges, al límite de entender que el compromiso de la mujer casada es primero con sus hijos y después con su esposo. Esa mujer ha sido preparada desde niña para desenvolverse como una nuera servicial y obediente, adaptándose a las prescripciones, expectativas y normas de su nueva familia conyugal. Ese matrimonio ha sido concertado por sus padres a sus cuatro o cinco años de edad, siendo muy breve el período que media entre su fertilidad sexual y su maternidad, que es entendida como la  plenitud de la pareja y la imagen evidente de un matrimonio feliz.

 

No alcanzar ese punto supone una grave traición al ideal del grupo familiar. La castidad como virtud de la soltera joven y la obligación de la fidelidad conyugal femenina, son exigencias que permanecen vigentes en la India contemporánea. El matrimonio es entendido como la unión concertada entre los adultos de dos familias constituidas por la tradición y no  como la elección personalísima de dos seres libres. Así, cada éxito o fracaso personal adquiere su real dimensión en el contexto de la familia extensa india que cobija vitaliciamente a cada uno de sus miembros.

 

En ese crisol del parentesco se conforma la autoestima de cada participante y se confirma su identidad, de tal manera que la pretensión de desprenderse de esos lazos filiales o de desobedecer obligaciones ancestrales, provoca gravísimos y permanentes sentimientos de exilio, traición y desprestigio.

 

Posiblemente en este complejo entramado de parentesco, religión y casta, deban analizarse los motivos de la escasa tasa de divorcios que se registra en la India (aproximadamente 1/1000). Actualmente se encuentran vigentes diferentes leyes para tramitar el divorcio, de acuerdo con la religión que los contrayentes practiquen:

1. Para los hindúes, que incluye a los sikhs, jainistas y budistas, se aplica la Ley de Matrimonio Hindú de 1955.

2. Para los musulmanes se aplica la Ley de Disolución de Matrimonios Musulmanes de 1939.

3. Para los cristianos se aplica la Ley India de Divorcio, vigente desde 1869

4. Para los parsis se  aplica la Ley de Matrimonio y Divorcio Parsi de 1936

5. Para los matrimonios contraídos por personas de diferentes castas o religiones se  aplica la Ley Especial de Matrimonio de 1954.

Esto es tan solo un ejemplo jurídico de que para las tradiciones índicas el contexto es prioritario, echando por tierra el dogmatismo republicano de que la ley es idéntica para todos los ciudadanos.

 

Allá cuenta –sobre todo- la red de relaciones en la que cada sujeto se encuentra entramado vitaliciamente.

La marcada preferencia por el nacimiento de hijos varones es milenaria, y ello no solamente ocurre en la India y el sudeste asiático.

La tolerancia actual hacia el aborto selectivo y al infanticidio y abandono femeninos, se suman a los complejos conceptos de: intocabilidad, pureza y castas, como hechos sociales que repugnan al análisis jurídico y ético de nuestras visiones occidentales.

Las obligaciones impuestas por el contexto, a cada miembro de la familia extensa india, le van regulando a lo largo de su vida irrevocables estándares de comportamiento.

 

Se idealiza la figura del líder grupal (familiar, político, clánico, religioso) quien merece respeto, confianza y obediencia. Dentro de esos márgenes organizacionales, el nepotismo y la corrupción son apenas términos abstractos carentes de sentido para la mayoría de la población india. Y por ello se explica el escaso valor que se le brinda a la individualidad y a la independencia personal que se hallan muy por debajo de la dependencia mutua y de la comunidad.

La aplicación de cada una de las normas es dependiente del contexto en que son aplicadas, esto es, el momento, el lugar, las circunstancias, las relaciones y las personas involucradas en cada caso. La pregonada tolerancia india está basada en el análisis de los hechos según sus singulares circunstancias. Existe así un real y extraordinario sentimiento de tolerancia hacia las múltiples verdades de los demás.

 

Ante la muerte, la cultura india entiende que los conocimientos y las prácticas médicas solamente sirven para combatir, – dentro de muy estrechos límites -, a ciertas enfermedades y a los achaques de la edad. Jamás entiende que la medicina deba combatir a la muerte. A ella se la interpreta como un “intervalo” obligatorio e irrenunciable entre las “vidas”. Por ello, la muerte no es lo opuesto a la vida, sino lo opuesto al nacimiento. En esta concepción, la medicina ayurvédica – que tiene su origen en la India y encuentra en la dieta alimenticia una importancia singular-, busca purificar, pacificar y eliminar las causas de la falta de armonía entre el cuerpo y su entorno con el objeto de recuperar el equilibrio original. Pero si la muerte se presenta inexorable, el médico deberá preparar a su paciente para su bienvenida llegada.

 

Mención especial merece la controvertida cuestión del “sistema de castas”, que puede encuadrarse en la confluencia de la sociedad tradicional india con el aparato colonial británico (1757 Batalla de Plassey / 1947  Declaración de Independencia).

Bajo la dominación del Imperio Británico, ese sistema de castas expresó y organizó las múltiples formas de identidad y de participación jerárquica de los indios, con una centralidad e inflexibilidad desconocidas hasta el siglo XVIII.

La vida en la India –incubada en los vapores del hinduismo– tiene sus fundamentos en la pureza, la jerarquía y la exclusión, y ha sido de indudable influencia en el desarrollo de las castas del llamado subcontinente indio, que incluye a los actuales países independientes  de: Pakistán, Bangladesh, Sri Lanka, y Nepal.

 

Esta situación pre-existente, fue políticamente aprovechada durante la administración británica en beneficio económico de su expansión imperial.

La esclerotización del sistema de castas, al amparo y con la expresa voluntad del gobierno colonial, es un ejemplo vivo de que el poder no solamente vigila, castiga, excluye y aliena sino también, como afirma Michel Foucault: “el poder produce la realidad”.

 

Si existe alguna religión que favorezca una elusiva definición, esa es el hinduismo, practicada hoy por más de mil millones de personas y que posee ciertas características que la presentan como un ramo de creencias flexibles y adaptables a cada contexto.

Las palabras hinduismo e hinduista fueron acuñadas en el siglo XIX por los británicos ya que hasta entonces los creyentes no tenían una clara noción de la existencia de una práctica religiosa separada de su vida cotidiana, ni de que ello estuviese circunscrito a una organización jerárquica o a algún dogma.

 

No existe un fundador, un sabio, un iluminado o un profeta –histórico o mitológico- a quien se le conceda el privilegio de haber institucionalizado tal religión. Tampoco existe una organización fundada ni una jerarquía ni un concilio o congreso de notables que monopolice su teología, sus verdades, su tradición o sus ritos No hay dogmas ni cánones que aceptar ni obligaciones devocionales rígidas que cumplir.

Todo ello le ha permitido al hinduismo evitar las herejías y desconocer lo que históricamente ha significado una secta.

 

Después de casi cuatro mil años de camino, el hinduismo mantiene pacíficamente una vitalidad anárquica, colorida, flexible y adaptable a cada tiempo y lugar. Una mitología pluralista, exuberante en genealogías, en personajes numinosos, en gestas heroicas, en atributos fantásticos de los cientos de miles de divinidades…hace que para muchos creyentes este mundo que habitamos sea tan solo el sueño en el que juega lo Divino, lo Inefable concebido en  miles de formas diferentes y contradictorias.

 

He sido testigo respetuoso de orantes de todas las edades en templos dedicados a miles de ratas grises, a míticos seres zoo-antropomórficos, a frondosos ejemplares del reino vegetal, a falos pétreos y a vaginas talladas en bajo relieves de mármol purísimo o a un insulso y gigantesco mapa tridimensional de la India contemporánea. Todo esto es un sutil conector con el poder supremo y motiva la devoción de millones de creyentes. Y ello independientemente de si alguien cree o no cree en la existencia real de una deidad fuera de su propia mente.

 

Monjes y laicos, brahamanes y dalits regalan sus sonrisas hospitalarias a los pocos occidentales que descubrimos pasmados sus siluetas bañándose semidesnudos en la madrugada del Ganges y delante del visor de nuestras cámaras. Como todo rito, estos comportamientos repetitivos son instrumentos de transformación interior, son soportes de transmutación.

El humo ascendente desde los gats indica que un cadáver está siendo consumido por el fuego y que las cenizas del pariente serán depositadas a orillas de ese río majestuoso, que es diosa y que es vida.

 

Recuerdo entonces que por expresa solicitudde George Harrison, ex guitarrista de The Beatles, quien murió en 2001, sus cenizas fueron esparcidas -por su mujer y su hijo-, en este río que baña a la milenaria ciudad de Varanasi.

Por aallí los Aghori, que son un grupo heterodoxo de origen hindú cuyos miembros deambulan desnudos o apenas cubiertos con un sudario usado y maquillados con las cenizas de algún muerto cremado, consumen carne humana a través de la práctica del necro-canibalismo (con los cadáveres humanos que aparecen flotando en el río sagrado). Suponen probar así que nada es profano ni está separado de la “esencia última”, ya que la materia muerta se traslada de un estado a otro.

 

Teístas, panteístas, ateístas, comunistas son bienvenidos para adherirse a este  ramo polimorfo de creencias, ya que a la hora de practicar el culto, la libertad es un asunto absolutamente personal, que puede tener ciertas influencias familiares.

 

Lo que importa es lo que el devoto hace y practica, por encima de lo que crea y piense.

Se interrogan:

  • ¿por qué debemos gobernar cada una de nuestras vidas -que son tan distintas-, con un único patrón ético?
  • ¿por qué no permitir que cada uno elija la senda que más le convenza para darle sentido a su vida?

 

Y estos senderos: vegetarianismo, sacrificios sangrientos de animales, meditación y ascetismo, ofrendas de flores y frutos, de agua y leche y de fuego e incienso, son algunas de las posibilidades que esta religión le ofrece al creyente que desea purificación, agradecimiento, prosperidad, fortuna, expiación, descendencia, amor, conocimiento o, simplemente…felicidad.

 

Cuando entramos en un templo hinduista debemos descalzarnos. Nos despojamos así de nuestro ego, de nuestra soberbia, de nuestras vanidades.

Para adentrarnos en la India y especialmente en su espíritu profundo, el hinduismo, es imprescindible que nos desprendamos mental y afectivamente de los conceptos que nos identifican con las tres religiones del Libro:

  • Verdad,
  • Revelación,
  • Exclusividad,
  • Conversión.

Conceptos que siguen marcando nuestra tradición mediterránea en cada una de nuestras instituciones.

 

He regresado de este viaje convencido de que, aunque peregrinemos de por vida recorriendo el mundo entero, siempre llegamos adonde siempre estuvimos y donde hallamos el refugio perfecto: nuestro propio corazón.

Mario Corbacho.

1 pensamiento en “UN VIAJE EN EL TIEMPO. INDIA 2014”

  1. Una crónica ajustada, rigurosa y objetiva aproximando un mundo que exhibe diferencias profundas respecto a nuestra cultura. Realizado a partir de una perspectiva que reconoce a sí misma sus limitaciones para comprenderla y su propia posición existencial para abordarla, nos trae la pintura de un observador agudo, evitando superficiales comentarios turísticos y propia de un atento e inquieto viajero. Un trabajo inteligente y sobre todo,un texto atravesado por una honestidad intelectual infrecuente en estos tiempos.

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