UN MERECIDO RECUERDO: Ernesto Sábato

 

 

 

Presentación y Selección de textos: Jorge Marasco

 

 

Producto de cierta intolerancia ideológica que nos divide, la muerte de Ernesto Sábato a fines de abril del 2011 fue deliberadamente minimizada –cuando no desconocida – por amplios sectores representativos de la vida cultural y política de la Argentina.

 

Más allá de algunos sinceros y merecidos homenajes, se vivió por aquellos días una inexplicable indiferencia ante la desaparición de un hombre talentoso, reiteradamente premiado dentro y fuera del país por su obra literaria y formación humanista, y que durante mucho tiempo y a despecho de sesgadas interpretaciones de algún momento de su vida, fue reconocido como uno de los referentes más sólidos de la cultura nacional.

 

El conjunto y trascendencia de su obra, la notable coherencia de su temática – imbuida de su propia visión desgarrada y trágica de la vida- es más que suficiente mérito para considerarlo en lugar destacado entre aquellos pensadores que, más allá del oropel de las fiestas y los emolumentos pagados por el fisco nacional, dan brillo intelectual y ético al pueblo argentino.  Porque aunque a algunos les pese como una molesta carga la ética sigue siendo un inestimable valor, como lo demuestra el indiscutible compromiso de Sábato con el país y su gente, en particular y a título de ejemplo en el NUNCA  MAS de 1984, cuando presidiendo la CONADEP se elaboró el informe que puso al descubierto los horrores de la dictadura pasada, formando entonces entre aquellos que estaban cuando había que estar y no después.

 

En el caso de Sábato vale recordar que fue una constante en sus trabajos el reconocimiento crítico a aquellos hombres y mujeres que en el proceso de construcción de la Nación dieron forma y contenido a la educación popular; también,  y no olvidando por cierto su propia circunstancia histórica, hizo constar su apreciación sobre la influencia de las corrientes filosóficas en boga en el entramado de aquel momento histórico.

Tanto es así que al referirse a “Los (inevitables) males del positivismo” y a los Postulados para una educación de nuestro tiempo –ambos textos incluidos en su “Apologías y rechazos” de 1979 – Sábato dejó un mensaje que hoy, a un año de su muerte física, recordamos en su honor.   .

 

 

Los Textos de Ernesto Sábato

 

“LOS  INEVITABLES….”

 

Todos somos buenos profetas del pasado, y particularmente los argentinos. No es ahora nada difícil advertir los defectos de la filosofía que aplicaron aquellos que se propusieron edificar una nación en el desierto.  Claro que su sincretismo ofrecía flancos defectuosos, muchos de los cuales han perdurado hasta nuestros días; claro que aquellas escuelas normales que, en opinión de Alejandro Korn, sirvieron para emanciparnos del ´chato dogmatismo de sacristía´, promovieron frecuentemente un chato dogmatismo de la otra Iglesia, la positivista (porque no sólo se practicaban las formas comtianas y spencerianas de la doctrina, sino las más groseras metafísicas del naturalismo científico).  Pero no seríamos enteramente justos si no recordáramos que el combate contra esas precarias manifestaciones del espíritu se hizo desde las mismas universidades que aquella generación había creado, permitiendo así los cambios en los propios reductos de la filosofía enemiga.

Porque ésa es la mayor virtud de la libertad intelectual.  Se me dice que aquel proyecto estaba viciado por prejuicios ´elitistas`, puesto que los colegios de Buenos Aires y de Concepción se instituyeron para formar dirigentes que habrían de fortificar y prolongar el dominio de la clase privilegiada.

Pero en los problemas de la cultura no se puede establecer esa relación directa que algunos pretenden entre la economía y las creaciones del espíritu subjetivo. Sería harto complicado, sino, explicar porqué aquella élite propulsó una educación que permitiría a los pobres y a los hijos de inmigrantes llegar a ser magistrados, profesores, generales, almirantes, gobernantes y hasta presidentes de la república; porqué miembros de esa clase pecuaria fundaron escuelas industriales, que en su tiempo fueron modelos en el mundo entero ; y porqué Joaquín V. González creó una universidad donde no sólo se formaban los lógicos veterinarios y abogados, sino algo tan alejado de la ganadería como ingenieros electricistas, astrónomos, matemáticos, químicos, geólogos y antropólogos.

 

El proceso de la cultura es infinitamente más complejo de lo que suponen esos ideólogos, y sería tarea de innumerables investigadores – que hicieran ciencia, no ideología – desvelar su sutilísima y tortuosa trama.  De otra manera, ¿cómo explicar que de los aristocráticos salones franceses del siglo XVIII salieran las guillotinas para decapitar aristócratas?

 

Sólo en una sociedad puede evitarse esta paradójica dinámica, que permite liberar a los que parecerían condenados a la esclavitud: en ese siniestro invento de nuestro tiempo, en esa sistemática organización del estado totalitario, donde cada rincón del espacio físico y espiritual es inquirido, vigilado y policialmente controlado.  Ni Fourier, ni Owen, ni Saint-Simon, ni Kropotkin podrían haber surgido en los claustros de las universidades totalitarias.  Y, lo que es más llamativo, ni Karl Marx ni Friedrich Engels.

Felizmente, los próceres de nuestra historia creían en la libertad.  Y  la practicaban.

 

 

“POSTULADOS PARA UNA EDUCACION….”

 

No es pues descabellado ni utópico sostener que aun dentro de esta misma civilización en crisis pueden irse forjando los instrumentos que permitan reemplazarla por una sociedad mejor.  Desde luego, en los países democráticos;  y siempre que algunos jactanciosos miopes no desencadenen la hecatombe nuclear.

 

La nueva escuela debería ser el microcosmos en que el niño se preparase para una auténtica comunidad, la que supere esa antítesis en que hasta hoy nos debatimos:  o un individualismo que ignora a la sociedad o un comunismo que ignora al hombre.  De este postulado básico surge una serie de principios que deben regir la nueva educación, principios que clarividentes pensadores vienen proponiendo desde el siglo pasado y que intrépidos pedagogos han llevado adelante contra todos los obstáculos. 

 

¿Cuáles principios?

Una escuela que favorezca el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condene ese feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Hobbes. 

El trabajo comunitario favorece el desarrollo de la persona sobre los instintos egoístas, despliega el esencial principio del diálogo, permite la confrontación de hipótesis y teorías, promueve la solidaridad para el bien común.

El ideal de persona, así enseñado y practicado en la nueva escuela, supone el rechazo de toda maquinaria social organizada con esclavos o ciberántropos; y no sólo es compatible con el desarrollo técnico, sino que por eso mismo es más necesaria, si es que hemos de salvarnos de la total alienación que lleva este mundo a la catástrofe.

 

Así como hay un egoísmo individual, existe un egoísmo de los pueblos, que con frecuencia se confunde con el patriotismo.  Y así como el individuo puede acceder a la suprema categoría de persona venciendo a sus insaciables apetitos, los países pueden alcanzar esa categoría de nación que implica y respeta la categoría de humanidad ;  no de una humanidad en abstracto, como postulaba cierto género de humanismo racionalista, sino la constituida  por la coexistencia de naciones de diferente color, credo y condición; no la abstracta identidad, sino su dialéctica integración, del mismo modo que los instrumentos forman una orquesta precisamente porque son distintos. Y es en la escuela donde debe prepararse al niño para esa difícil pero no imposible doctrina, enseñando a ver no sólo nuestras virtudes sino nuestros defectos, y a advertir no únicamente las precariedades de los otros pueblos sino también sus grandezas.

 

Por los mismos motivos debe enseñarse a valorar y preservar las diversidades dentro del país, como son en la Argentina las culturas guaraní, aymará y hasta los humildes restos de la gran Araucanía. 

La escuela y hasta la universidad deben atender a las necesidades físicas y espirituales de cada una de las regiones , pues el hombre que se pretende rescatar en esta deshumanización que en nuestro tiempo ha provocado la ciencia generalizadora, es el hombre concreto, el de carne y hueso, que no vive en un universo matemático sino en un rincón del mundo con sus atributos, su cielo, sus vientos, sus canciones, sus costumbres; el rincón en que ha nacido, amado y sufrido, en que se han amasado sus ilusiones y destinos.

 

En fin, habrá que reintegrar la ciencia y la sabiduría, lo que implica una humanización de la técnica, una valoración ética de sus adquisiciones y una condena de la profanación de la naturaleza, que ahora culmina en la sombría posibilidad de fabricar monstruos o genios mediante la ingeniería genética. Parafraseando a Clemenceau habría que decir: ´La science est une chose trop grave pour la confier à des scientifiques`.

 

Habría que encontrar, en suma, la síntesis de las tres clases de saber que señaló Max Scheler: ni ese puro saber de salvación que en la India permite la muerte por hambre de millones de niños al lado de santones que meditan;  ni ese puro saber culto que en la China posibilitó la existencia de refinados mandarines entre inmensas masas de desheredados;  ni ese saber técnico de Occidente que nos ha conducido a los más insoportables extremos de angustia y enajenación.

 

Ésa es la síntesis de cultura que debería dar la escuela de nuestro tiempo. O el mundo se derrumbará entre sangrientos y calcinados escombros.