Representación Política. Un curso de acción.

El destacado constitucionalista y miembro de la Cámara Nacional Electoral , Dr. Alberto Dalla Vía, se ha referido al tema de la nota diciendo que “ la representación política sigue siendo un fenómeno difícil de explicar desde el análisis racional ; para algunos es un vínculo jurídico, para otros una relación política y para otros un compromiso moral. Algunos hasta se resignaron y la consideran sencillamente un ´misterio´ ”. No caben dudas en cuanto a que los millones de compatriotas que concurrieron a votar el 14 de agosto pasado han adherido implícitamente, de un modo u otro, a alguna de estas definiciones del citado profesional.

Pero más allá de ello, han quedado claramente expuestas dos consecuencias fundamentales : el hecho en sí – y más allá de fundadas objeciones – ha significado una manifestación palmaria del avance en la construcción democrática electoral en el país. Al mismo tiempo, un análisis un poco más profundo nos obliga a reflexionar sobre las formas institucionales en que se expresa la voluntad popular y si , en todo caso, representan de aquí hacia el futuro el modo adecuado de revelar aquella voluntad. Dicho de otra manera; si las viejas formas de representación de la sociedad a través de los partidos políticos -desde 1994 reconocidos constitucionalmente – siguen vigentes , o si la aparición de nuevas construcciones sociales, todas ellas por fuera de los marcos republicanos tradicionales, pueden reclamar un cambio parcial o total en las formas de representación política de la ciudadanía.

Como una de las consecuencias de las políticas iniciadas desde el poder en la década de los ’90, parece una obviedad señalar que se ha producido una clara pérdida de identidad de las corrientes partidarias en que se congregaba una parte importante de la sociedad.

La progresiva desintegración de aquellas fuerzas, la pérdida de su fisonomía ideológica o doctrinaria, dio lugar a la conformación de agrupaciones, coaliciones y frentes cuyos objetivos más visibles consistían en la idea de no perder poder nucleándose detrás de esfuerzos individuales, por encima de de acuerdos con base en valores que dieran contenido y sostén a las formas democrático partidarias de gobierno. Las mismas que, fuerza es decirlo, carecían ya entonces del prestigio que confiere la credibilidad pública en sus acciones.

Como se ha dicho, lo que está en crisis es la permanencia en el tiempo del modo tradicional de representación republicana, mucho más ahora, en que los resultados electorales en el país pueden provocar temblores intrapartidarios de importancia y hasta la conformación de nuevas corrientes de opinión política. Pero la proliferación de agrupamientos partidarios no parece ser la solución al problema planteado, atento que en los registros electorales pululan más de 700 partidos políticos –nacionales, provinciales y locales – con capacidad potencial de actuar electoralmente, sin que ello permita vislumbrar una mejor representación de los intereses populares.

NUESTRA HISTORIA

Lo cierto es que a lo largo de nuestra historia democrática hemos vivido confrontando etapas de presidencialismo absoluto con otras de presidencialismo impotente, creyendo íntimamente que la democracia nos era dada como una gracia celestial, como un derecho del que podíamos usar y abusar. Y no es así. El francés Alain Rouquié lo ha recordado recientemente al decir que la “ Argentina tiene que aprender la democracia, lo que significa aprender tolerancia, superar ese espíritu de conflicto, fortalecer las instituciones y la separación de poderes….La democracia es siempre una conquista, no un estado natural de la política”.

Pero si la democracia es una conquista es obvio que frente a ella hay otro u otros, aquellos a los que se pretende conquistar, cooptar, subordinar, o, caso contrario, aquellos a los que se legitima en el respeto mutuo, eliminando del contacto político las formas extremas que definen al adversario como enemigo real.

Es en este último sentido que el argentino Ernesto Laclau, profesor en Essex y que hace más de treinta años vive en Inglaterra, sostiene y difunde en sus libros una concepción de la política que lleva implícita la idea del conflicto permanente como motor excluyente del progreso social. Es más; se apoya centralmente en lo social en la relación amigo-enemigo,- no exenta de verdad en la vida política-, y en el cambio cultural, pero que en nuestro país, urgido de consensos y reconciliaciones, operan como factores disgregantes que construyen muros de separación y resentimiento entre argentinos.

LAS ULTIMAS CRISIS

Sería torpe desconocer la importancia que ha tenido en el devenir de los sucesos políticos de la última década la crisis institucional y económica vivida entre los años 2001 y 2002. No es del caso detallar cada paso de la crisis, pero sí señalar que al fracaso de las estructuras políticas para controlar el desmadre provocado por la incompetencia del gobierno y las diversas presiones que lo acosaban, correspondió un reclamo multitudinario y turbulento de sectores de la sociedad que reclamaban sus derechos en las múltiples formas que la realidad permitía.

De allí en más, las calles se convirtieron en el campo propicio para la reiterada exhibición de convocatorias que progresivamente – y protegidas por la consigna de no criminalizar la protesta- se fueron convirtiendo en grupos de presión que la política no pudo ignorar. Para algunos se cruzó el límite de la protesta civil en las calles dentro del marco restrictivo de la Constitución Nacional y las leyes, y se pasó a la ocupación facciosa del espacio público como herramienta útil para gravitar y condicionar determinadas decisiones políticas sectoriales. En palabras de José Pablo Feinmann, “ganando la calle, la conciencia política se gana a sí misma”.

El tiempo, la reiteración sin límites de tales actos y , sobre todo, la subsecuente formalización de agrupamientos definidamente partidarios y/o ideológicos por encima y al margen de las formas tradicionales de la democracia representativa, nos plantean un problema de no fácil solución. Si tuviéramos que ejemplificar diríamos que en las condiciones de un gobierno predominante o hegemónico se ha demostrado que es posible gobernar por fuera del Congreso y la Justicia aun con las instituciones funcionado, es decir, con las formas de la democracia republicana, pero vacías de contenido.

Si esto es posible –y efectivamente lo es – los contenidos de la democracia y la república tal como las conocemos merecen una reflexión seria y apasionada –no militante- para pensar con seriedad en el futuro del país.

Hace casi 40 años Juan Perón decía que “nosotros somos un país politizado pero sin cultura política” . Por una u otra razón la politización de nuestro pueblo ha alcanzado un nivel tal que por su propia dinámica, por su presencia y gravitación en la vida de la Nación, nos obliga a repensar tal como antes lo decíamos y ante el fracaso de los partidos políticos, la vigencia y actualidad de las formas tradicionales de la democracia representativa. De ninguna manera formas de organización fascista ni similares al Partido Revolucionario Institucional mejicano sino, por el contrario, descubrir los modos de ratificar las instituciones representativas populares pero en las condiciones, nuevas por cierto, del país actual.

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UN CAMINO POSIBLE

No se trata en principio de efectuar una reforma constitucional, la que podría tener alcances imprevisibles hoy. Sí de pensar desde la política y con la vista puesta en el futuro, en los procedimientos más adecuados para construir nuevas formas de representación colectiva que hagan posible desde el consenso -que no implica necesariamente arriar banderas – la convivencia de los que piensan distinto, de los adversarios que no son enemigos, y que se unen en la búsqueda virtuosa de denominadores comunes .

Podría decirse que la política, en el sentido mayor de la palabra, debe realizarse en los ámbitos adecuados y bajo las condiciones de la república democrática, mucho más si como ha afirmado Ernesto Laclau “…los populismos han sido regímenes que han intentado incorporar a las masas y no han afectado las bases del sistema institucional”. Parece obvio entonces que corresponde retomar para las instituciones el rol que les otorga la Constitución Nacional, canalizando positivamente aquellas expresiones multitudinarias que, con justicia, hoy se dan en el espacio público , satisfaciendo necesidades estructurales que no hace falta detallar.

Es en ese sentido que, afirmados en el presente, la práctica sistemática del diálogo aparece como la vía idónea para comenzar a recorrer ese camino de búsqueda, hoy en particular, cuando el Estado nacional ha recuperado presencia y debe ser factor central en el proceso necesario del progreso y la reconciliación nacional.


Jorge Marasco

1 pensamiento en “Representación Política. Un curso de acción.”

  1. El articulo de Dalla Via expresa una de las paradojas del sistema político: éste no puede funcionar adecuadamente sin uno de partidos, pero estos últimos suponen la existencia de fracciones -“partes”- con intereses o enfoques teóricos o prácticos diferentes respecto del ejercicio del poder del estado. La cuestión no se agota en los modos de la coexistencia entre diferentes, aún en el “agon” de lo que se insiste en llamar lucha política. El problema parece ser que no existen fracciones con enfoques diferentes que justifiquen o hagan necesaria la existencia misma de partidos. La gran mayoría de los argentinos ama con pasión adolescente el protagonismo del estado en la economía y ello se traduce en la indiferenciación de las fraccciones parlamentarias -A.A.; YPF; AFJP; Ciccone-; hemos perdido la imprescindible noción de un estado esbelto, cumpliendo sus funciones propias como tal y, en la menor medida posible, asumiendo flaquezas de la sociedad para corregir problemas puntuales. Lo preferimos omnívoro y ansioso. En síntesis, a nadie se ocurre preguntar si el desmedido crecimiento estatal no será uno de los principales problemas; ni, siquiera, identificarlo como uno ellos y preguntarse cómo podría proporcionar la solución. Hay un desplazamiento de la representación real de los ciudadanos, de los partidos hacia otras instituciones, que se advierte universal. Como los partidos “opositores” se limitan a esperar que, de alguna manera las uvas maduras caigan en su cesta, juegan a una cuidadosa crítica -que no afecte a las “coincidencias básicas”-, para asegurarse de encontrarse en el lugar adecuado cuando ello ocurra. Entonces harán lo mismo que el gobierno al que se oponen, pero serán ellos quienes aprovechen las ventajas de ser oficialismo y administrar los desproporcionados fondos que circulan por los conductos del estado “kleenex”.

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