REFLEXIONES SOBRE LA POSVERDAD

 

Desde la piedra al papel impreso -todavía válido- nos encontramos en nuestro tiempo ante un hecho inédito: la palabra ha escapado de su encierro físico y ahora navega en el ciberespacio. “Trasladada” a una dimensión intangible, la palabra ha transformado su densidad comunicativa. Se ha vuelto volátil, evanescente. La conciencia sobre el peso significativo de la palabra, sobre su trascendencia y uso responsable ha cedido ante lo virtual, la fugacidad y lo efímero.

El dominio verbal para reflejar el mundo y la experiencia humana había perdido su monopolio -flanqueado por las innovaciones técnicas de imagen y sonido- hace más de un siglo. Ahora, las modalidades lingüísticas tradicionales parecen desmoronarse peligrosamente. Transitamos el fenómeno de una realidad que se construye por medios técnicos y virtuales. Demasiado nuevo e intrincado para predecir consecuencias.

Resurge el eterno e inquietante dilema de reflejar o distorsionar la realidad y el temor a la definitiva confusión entre fantasía y realidad.  Aunque hablar de “realidad” sólo sea la simplificación de un concepto tan dinámico, que debe ser revisado toda vez  que los descubrimientos humanos amplían el horizonte de lo conocido. Desde el empirismo científico y la revolución industrial del siglo XVIII, aquellas “nuevas” realidades identificadas, iniciarían el camino hacia el avance científico-técnico que nos enfrenta hoy a la era digital.

Las tecnologías exponenciales: Inteligencia Artificial, Robótica, Realidad Virtual, Moneda Virtual, inauguran un modo de ser, de vivir, de hablar.  Las cosas de la “vida real” han migrado a la virtualidad llevando consigo  las palabras. Se modifican sustancialmente todas las convenciones sociales y las lingüísticas. Tan drástico cambio no alcanza a ser adaptativo y gradual, sino del orden de mutación. De ahí que se produzcan fenómenos de alteración, no sólo en el lenguaje formal (que sería normal) sino en los contenidos e intenciones de la comunicación.

Se señala con insistente preocupación, que  el anonimato y la distancia favorecen tendencias negativas en las conductas  de intercambio virtual entre los usuarios. De tales comportamientos están poblándose con neologismos los nuevos diccionarios: “stalker” (alguien que acosa a una víctima elegida); “troll” (quien tiene el oficio de infestar las redes con  millones de mensajes en pro o contra de algo o alguien. Muy usado en política); “hacker” y “ciberataque” (piratería y guerra virtual); “fake news” (noticias falsas). En todos ellos resalta la impronta de agresividad y desprecio por la veracidad.

Hay, por lo tanto, una devaluación del acto de la palabra.   La pérdida de confianza que esto supone impacta en otras categorías fundamentales de comunicación, especialmente en la política y en la cultura al punto de producir el neologismo “posverdad”, puesto en el escenario mundial con la aparición de Donald Trump como personaje central.

La emergencia como candidato a la presidencia de los EEUU y su resonante triunfo, reactualizó el término “post-truth” (posverdad). Ya estaba registrado por el Oxford Dictionary  como usado por primera vez en 1992 por el dramaturgo Steve Tesich en un ensayo sobre el escándalo Watergate y el de la guerra del Golfo, donde expresaba:      “Nosotros como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                         Aparecen después registros interesantes como el título “The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life”/ “La Era de la Posverdad: deshonestidad y decepción en la vida contemporánea”/ de Ralph Keyes (2004); Eric Altman habló en 2004 de “ambiente político de posverdad, calificando así la  presidencia de George Bush con relación a la tragedia del 11 de Setiembre.  Colin Crouch también en 2004, usó “post-democracia” señalando el espectáculo montado en los debates electorales y “gestionados por expertos profesionales en técnicas de persuasión”. La maquinaria publicitaria de la comunicación política, “ha distorsionado toda verdad política”.

Ante el inesperado resultado favorable a Donald Trump y a su estrategia electoral “posverdad”, la reacción en vastos sectores académicos, de prensa y de la opinión pública globalizada fue enorme. El término reapareció en cataratas de tal altura, que el Oxford Dictionary declaró “post-truth” como la palabra internacional del 2016.Y citó el aumento al 2000%  de su uso en comparación con el 2015.              Es indudable que la virtualidad imperante es parte del fenómeno y que en el bullicioso parloteo de los tuits se está escribiendo nuestra actual “algarabía”.

En la poesía de Borges siempre hay claves, y en el porma “Una brújula”, hace guiños la palabra algarabía. Insólita para definir la historia del mundo. Elegirla no parece inocente. Si se buscan precisiones, se descubre la carga de significación que contiene la palabra algarabía.

Procede del árabe hispánico “al arabiyya” que designaba a la misma lengua árabe. De donde en español se llamó algarabía a la lengua que hablaban los moriscos españoles y que los cristianos no entendían. Por extensión después se llamó algarabía a los discursos o escritos ininteligibles; a la forma de hablar torpe; a un griterío confuso; a un alboroto divertido pero incomprensible y al gorjeo bullicioso y altisonante de los pájaros.

Una definición de posverdad  sería (parafraseando a  Milan Kundera), “la insoportable levedad de la palabra”. La posverdad incluye la tradicional mentira, pero en versión gigantesca y elaborada (según talentos y recursos). Más emotiva que racional, apunta a movilizar oscuros sentimientos o ingenuas ilusiones. Podría resumirse en la concepción de que algo que “aparente” ser verdad,  es más importante que la propia verdad. A la hora de crear opinión pública, los hechos objetivos se vuelven “alternativos”. Allí perece la semántica de la política en todos sus significados y significaciones. Se nutre de la defección del discurso político. Entre seductores enunciados y simulacros prolijamente planificados, se pulsan teclas emocionales que despierten adhesiones desbordantes y sumisiones voluntarias. Es el discurso político reducido a un grotesco instrumento de  antojadizas ambiciones personales.

Tal vez la nueva denominación de este discurso olvide sus muy antiguos precedentes. Y no es anacrónica la referencia a la antigua sofística en el debate actual de la posverdad. Los rasgos que la definen muestran una réplica post-moderna de aquella escuela de retórica política.  Lo cierto es que en la Atenas de Pericles, 2500 años atrás, unos maestros de retórica, “profesionales”  bastante caros,  preconizaban el relativismo en la percepción de las cosas, el pragmatismo en los objetivos políticos, el impacto de la imagen y la ambigüedad del discurso según la oportunidad y conveniencia personal.

Absteniéndose de principios, (“si no les gustan tengo otros”, era la parodia de Groucho Marx,) valores, lealtades u otros impedimentos que debilitaran la voluntad de ganar, el discurso debía prevalecer con el ímpetu del más “fuerte” y la potencia seductora de la palabra.

Aunque disruptores en el sistema democrático, los valores y la tradición oratoria ateniense, su éxito fue resonante. La reacción más significativa fue entonces la de los filósofos. Platón refutó a los sofistas en los célebres diálogos socráticos, iniciando la primera filosofía del lenguaje. Lo notable es que Platón acudiera a la terminología teatral para definir a los sofistas, usando “hypocrités” (significa el que simula, el que finge, aludiendo al actor de teatro).

Esa misma observación está expresada hoy en términos modernos por el analista y crítico literario francés Christian Salmon: “La política ya no apunta sólo a formatear el lenguaje, sino a hechizar las mentes y sumirlas en un universo espectral” […] “el político se presenta cada vez menos como figura de autoridad, [es más] un artefacto, una imagen de cualquier personaje televisivo”.  (La ceremonia caníbal. Sobre la performance política: 2013) .   Salmon enfatiza además la obligación ética e intelectual de desenmascarar esta nueva opresión, la simbólica, asumiendo una nueva lucha democrática.

La declinación de la democracia ateniense se gestó en medio de las bravuconadas de los demagogos y tiranos, de la ambición temeraria de los guerreros, de la pérdida de los ideales que fundamentaban la democracia: mesura, equilibrio, justicia, armonía.

Se puede conjeturar que la influencia sofista erosionó también la oratoria del ágora democrática, que era el diálogo igualitario y espontáneo.

Según el historiador Michael Scottnos encontramos hoy en el momento más adecuado para prestar atención a ese período de turbulenta transición. Es una historia de transformaciones profundas, de desórdenes políticos y económicos, de democracias aplastadas y nuevas democracias sobre el borde de ambiciones imperialistas y de Estados atrasados que saltan de pronto  y se convierten en potencias. Pasó en el mundo antiguo y podemos reconocernos en el de hoy”. (Dalla democracia ai re: 2013)

Puede agregarse que además de lo político, podríamos reconocernos en lo mitológico. Cine y series en TV e Internet nos llevan a odiseas oscuras y alucinantes, pobladas de amos terroríficos y androides esclavos o de guerras intergalácticas, en la intersección de un futuro próximo y un pasado re-imaginado.                                                                                                                                                                                              A propósito de las inquietantes perspectivas futuristas, el crítico literario y poeta estadounidense Richard Palmer Blackmur decía: “Quién sabe, es posible que el futuro no se exprese con palabras […]  pues el futuro puede no estar ilustrado en el sentido en que lo entendemos o que en los último tres mil años se ha entendido”.

A lo que George Steiner respondía:    “Si el silencio hubiera de retornar a una civilización destruida, sería un silencio doble, clamoroso y desesperado por el recuerdo de la Palabra”  ((Lenguaje y silencio, 1976)

Epílogo 

Si partimos de la historicidad esencial de la palabra, la realidad de la “liquidez” y la “virtualidad” del actual estado del mundo  pone en crisis no sólo al lenguaje como dador de sentido, sino a la palabra misma, y por lo tanto la posibilidad de pensar las cosas e incluso designarlas.

La posverdad, y la naturalización de la confusión y la ambigüedad, nos sitúan en un lugar vacío que amenaza el “cosmos” en  sentido griego-, el orden racional alcanzado-, y nos acerca, como regresión de la historia, al “caos” primordial, al sentimiento oceánico del que hablaba Freud, cuando lo amorfo e indiscriminado no se organizaba y el principio de realidad no existía.

La pos verdad, conceptualmente, viene a darle otro sentido a la célebre pos-modernidad. Se trata,- además de la fragmentación del conocimiento y la desaparición de los grandes relatos  que caracterizaba a la modernidad tardía-, de un problema más profundo: las  creencias que nos constituyeron, las ciencias clásicas que explicaron los fenómenos y la razón iluminista que sostenía la organización de la sociedad y sus instituciones,  ya no consiguen interpretar el mundo.

Ahora hay otro mundo en que la exclusión, la revolución digital, la híper tecnología, y la globalización, nos dicen algo: el statu quo se conmociona y  los paradigmas se agrietan por todas partes.  Lo cierto es que no hay verdad  en su connotación más clásica.

La pos verdad ha situado al sistema de comunicación mundial en un desequilibrio tal que afecta, como una paradoja, a su propio relato supuestamente verdadero, generando desconcierto, incertidumbre y creciente escepticismo en la sociedad y en la propia subjetividad humana.

¿Dónde y cómo encontrar certezas y legitimidad? ¿Cómo evaluar y reconocer que el discurso del poder-  la algarabía de los medios, de  la dirigencia y de la política- es efectivamente verosímil?

Cuando la información se convierte en mercancía la verdad deja de ser importante” dice Riszard Kapucinsky, maestro polaco del ensayo y el periodismo.

El peligro de la estrepitosa caída de la confianza colectiva en la credibilidad de la información que circula por el mundo es que, finalmente, se haga realidad la  dura sentencia de Nietzsche: “Si no existe la verdad todo está permitido”.

Una grave, peligrosa y  profética advertencia.

 

Julio 2017.

María Elena Rodríguez.

Nota: un especial agradecimiento al Lic. Seco Villalba por sus aportes y la posibilidad de pensar juntos una problemática compleja.

4 pensamientos en “REFLEXIONES SOBRE LA POSVERDAD”

  1. La autora nos ofrece una valiosa y fundamentada contribución
    en un tema que no es fácil abordar. Al mismo tiempo nos deja planteados algunos interrogantes que nos obliga a proseguir
    pensando sobre el tema. Una lección insuperable. Gracias

  2. Excelente trabajo. Un claro aporte hacia la comprensión del impactante fenómeno al que asistimos, la construcción de lo que podríamos denominar, los “nuevos” jeroglíficos.

  3. En lo esencial y dentro de este denso y esclarecedor trabajo de Maria Elena he encontrado como material primero para el análisis que la autora nos presenta, la pregunra central qye nos hace cuando se pregunta y nos pregunta dónde encontrar las certezas que alumbren el futuro venturoso a que aspiramos y es nuestra responsabilidad construir. Gran trabajo.

  4. Un enorme placer racional e intelectual es el resultado de la lectura del presente ensayo. Muchas gracias a su autora y subsidiariamente a su colaborador. Felicitaciones!

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