OTRA MIRADA SOBRE LA RECONCILIACIÓN

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He tenido en mis manos y he leído con profundo interés, un libro que escribiera Héctor Ricardo Leis y que diera en llamar “Un Testamento de los años 70”; al que como subtítulo agrega los vocablos “Terrorismo, política y verdad en Argentina”.

Creo haber leído en los últimos treinta años, casi todo lo que se ha escrito en materia de violación de los Derechos Humanos en nuestro país en la década del 70. He tratado de comprender las razones que llevaron a un sector de la juventud a buscar el camino de las armas para lograr los cambios políticos que a su juicio el país necesitaba y que no había sido posible alcanzar a través de los diferentes procesos democráticos.

En este sentido, de tan diversa lectura, tomé conciencia de diferentes enfoques que cada autor daba a este pedazo de nuestra historia.

Es muy cierto que nuestra patria desde 1930 y hasta 1983 sufrió el drama de golpes militares con complicidad de parte de la civilidad, que le hizo salirse del cauce democrático en el que los cambios se logran y se manifiestan mediante el voto en elecciones libres.

Esta comprensión del fenómeno hizo posible que nuestra vida democrática se viera interrumpida por hombres de las Fuerzas Armadas que creían tener el derecho y la obligación de intervenir en la vida política por fuera de los cauces de la normalidad y con el sustento que daban las armas, las diferentes fuerzas armadas y de seguridad y la complicidad de grupos económicos nacionales o extranacionales que se sumaban a estos proyectos mesiánicos.

Por lo general estos procesos revolucionarios traían como consecuencia persecuciones políticas, cárcel, torturas, disolución de los partidos políticos y de las organizaciones gremiales, Estado de Sitio y un sinfín de acciones programadas para imponer el éxito del proyecto.

Particularmente violentos, fueron los procesos de 1966 y 1976, y sin olvidar los bombardeos en Plaza de Mayo en 1955 y los fusilamientos de civiles y militares en el levantamiento de 1956.

Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos que la tragedia que enlutó nuestro país en la década del 70, reconoce un fuerte fundamento en la proscripción del General Perón y sus seguidores durante 18 años. Baste decir, el tremendo error de haber pretendido desperonizar al país con instrumentos como el decreto 4161, que prohibía el uso de los símbolos peronistas, el nombre de Perón y toda referencia a su personalidad como político.

La revolución de Onganía, pensada para veinte años de política en Argentina fue derivando en procesos más violentos que culminaron a fines de la década del 60 con el Cordobazo y con el secuestro y muerte del Teniente General Pedro Eugenio Aramburu por un grupo de jóvenes de origen nacionalista y católico que invocando la representación del pueblo peronista, creyó hacer justicia juzgando y fusilando a quien derrocara a Perón  y luego firmara las órdenes de ejecución por las armas de quienes se sublevaron en contra del régimen militar.

Este hecho, fue el punto de partida y el certificado de nacimiento de la organización revolucionaria autodenominada Montoneros.

En esta circunstancia muchos jóvenes como la mayoría de ellos, estudiantes, profesionales, docentes, dirigentes sindicales radicalizados, se identificaron antes del regreso de Perón, con los objetivos que en última instancia buscaban la toma del poder para producir el cambio político y social que proclamaba.

Héctor Ricardo Leis en un ensayo de cien hojas, con el prólogo de Graciela Fernández Meijide, que califica la obra como un trabajo conmovedor, honesto y necesario, dejando a salvo algunas diferencias que no alteran el consenso general con el trabajo del autor; y con la presentación de Beatriz Sarlo, que califica el contenido como la trampa terrorista: sobre la violencia en los 70; permiten conocer el pensamiento de un hombre que perteneció desde sus comienzos a la organización armada que nació en 1943, que se dice haber militado como comunista y como peronista, que estuvo en la cárcel y fue amnistiado en 1973 y combatió hasta finales del año 1976, en que se exilió en Brasil, como refugiado político por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados.

Leis se radicó en Brasil y obtuvo la ciudadanía y hoy ha logrado una maestría en Ciencias políticas, otra en filosofía y un doctorado en filosofía y se ha desempeñado como docente de relaciones internacionales y ciencias políticas en la Universidad Federal de Santa Catalina.

Estimo necesario reproducir algunos párrafos del libro en análisis, en donde Leis expresa que el terrorismo no está sujeto a una ideología.

La acción violenta destinada a matar y a producir terror con fines políticos, es una práctica que abarca al espectro de la izquierda y al de la derecha por igual, a pesar de que su nombre no siempre sea reivindicado de forma explícita. Durante el siglo .XIX y las primeras décadas del siglo XX, el terrorismo estuvo asociado a la práctica de la izquierda anarquista y del nacionalismo separatista.

Entre las dos guerras mundiales, los principales responsables por actos terroristas pertenecieron a grupos de la extrema derecha fascista. Durante la Guerra Fría, el terrorismo surgió asociado a movimientos de extrema izquierda revolucionaria o de tipo nacionalista y/o separatista, tanto en países desarrollados de Europa, como en países subdesarrollados de América Latina, África y Asia.

A fines del siglo XX y principios del XXI surgió el terrorismo basado en la religión, como el de la Organización Islámica Al Qaeda.

Con el terrorismo de Estado pasa lo mismo, cualquier ideología o mentalidad, ya sea de izquierda, de derecha, nacionalista o religiosa, puede acompañarlo.

A pesar de sus diferencias, la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Argentina de Videla, la Serbia de Milosevic, la Camboya de Pol Pot y el Irán de Ahmadinejad, entre otros, son Estados igualmente responsables por actos de terrorismo. Los comentarios anteriores, permiten concluir que el fenómeno del terrorismo no debería ser caracterizado por sus objetivos, sumamente variados, sino por su capacidad para envenenar los conflictos, llevando la violencia y la confusión conceptual hasta los extremos. En América Latina no todas las guerrillas urbanas fueron igualmente terroristas, es probable que los montoneros de la Argentina hayan sido el grupo que adaptó con más fuerza este modelo de acción en los años 70, mientras que los Tupamaros de Uruguay fueron los que lo siguieron en menor medida. Por lo tanto, también es distinta la responsabilidad histórica de cada grupo por la instalación de la dialéctica de violencia en cada país.

Dice también Leis que el debate es fundamental para la comprensión de las responsabilidades en el proceso de violencia que causó 10 mil muertes trágicas, cuya autoría puede atribuirse más o menos así: mil a la Triple A, mil a las organizaciones revolucionarias y 8 mil a las Fuerzas Militares durante la dictadura de Videla.

En la Argentina hubo guerrilla superpuestos casi desde el comienzo de la violencia revolucionaria. El terrorismo se presentó con un rostro bien definido en las ejecuciones del sindicalista peronista Augusto Timoteo Vandor, del General Aramburu, del sindicalista José Ignacio Rucci y del exministro Arturo Mor Roig, todas realizadas por comando montoneros. Los dos últimos asesinatos cometidos a pesar de que el país estaba bajo un régimen democrático, varios años antes de la llegada de la dictadura militar.

Dice Leis que montoneros se nutría de militantes de distintas corrientes ideológicas, del catolicismo nacionalista de derecha como de la teología de la liberación de orientación marxista, del peronismo revolucionario de izquierda, como del comunismo y otras variables de la izquierda. Los montoneros surgieron y consolidaron su organización en el culto a la violencia. Fueron capaces de matar a todos los que se cruzaron por delante de su voluntad política sin importarles su condición, ya fueran peronistas o antiperonistas, militares, políticos o sindicalistas. Sigue expresando Leis, que los montoneros ocultaron su ambición de poder por detrás del liderazgo de Perón, pero cuando el volvió y no les entregó la división del movimiento peronista, como esperaban, no dudaron en matar a Rucci para llamar la atención del líder sobre sus demandas.

El autor tiene la valentía de confesar su participación en hechos violentos entre los sectores en pugna.

Entre las reflexiones más destacadas por su franqueza y por el alto contenido político emocional del señor Leis, es cuando aborda la cuestión de que “es falso afirmar la existencia de un terrorismo de Estado como si se tratara de una entidad pura y separada del resto de la sociedad, tal como pretenden el gobierno nacional y las organizaciones de derechos humanos. Un terrorismo no es más o menos terrorista en función de su origen, sino de su contribución a la dinámica de terror dentro de una comunidad política. Si un movimiento, venga de donde venga, pretende exterminar un grupo aislado e indefenso, ya sea nacional, étnico, racial, religioso, cultural o identitario, como por ejemplo armenios, bosnios, tutsis, gitanos, homosexuales, indígenas, judíos, musulmanes, cristianos; eso constituye el peor terrorismo imaginable, lo que el derecho internacional llama un crimen contra la humanidad. Sin embargo, el terrorismo ejercido en un contexto de guerra o de conflicto por el poder entre grupos armados, de manera regular o irregular, no constituye un crimen contra la humanidad (a pesar de lo que digan los juristas), sino contra el colectivo en el que se insertan los beligerantes. En el caso argentino, tanto el terrorismo que venía del Estado como el que se practicaba desde la sociedad civil, eran ejercidos en contra de la comunidad política argentina. El terrorismo de los montoneros, la Triple A y la dictadura militar, son igualmente graves, ya que contribuyeron solidariamente a una ascensión a los extremos de violencia.

Los museos de la memoria construidos por el actual gobierno, registran solamente a las víctimas de un lado, pero no del otro y ocultan así el hecho de la beligerancia compartida. Y para intentar una mejor construcción del supuesto crimen contra la humanidad de los militares, sus víctimas son transformadas en inocentes, sin ningún tipo de identificación con las organizaciones guerrilleras, es decir, se suprime la identidad revolucionaria de los combatientes.

La lucha armada desde el 25 de mayo de 1973, cuando fueron liberados los combatientes, la ilegitimidad de los grupos guerrilleros fue total. Fueron ellos los primeros en llevar el terror a la nueva democracia, un terror que fue respondido enseguida y de la misma forma por la Triple A, que contó con el apoyo del gobierno. Estos terroristas generaron el estado de anarquía que justificaría el golpe militar de 1976, deseado por los montoneros que imaginaban que la salida del gobierno constitucional traería al campo revolucionario, un mayor número de fuerzas. La dictadura militar, avanzó con ímpetu asesino contra aquellos que habían asumido la lucha revolucionaria, que ya no era legítima por sus ataques al sistema democrático.

Más adelante dice el autor, que el perdón es el único camino que garantiza la reconciliación. Sin pedir perdón, sin perdonar a quien lo pide, los errores del pasado continuarán amenazando el presente y el futuro. Pero sin el sacrificio de la confesión, el perdón puede tornarse un artificio instrumental sin efecto. El sacrificio es un elemento central porque demuestra la autenticidad del perdón. El sacrificio de la confesión, garantiza la verdadera intención de paz. Que esa verdadera intención no existe en la Argentina, se prueba fácilmente: cuarenta años después de la tragedia, no hay el menor deseo de confesar por parte de los participantes en los hechos de violencia.

Los acontecimientos del pasado, son procesados a través de una dialéctica entre la memoria y el olvido. Los actores construyen una memoria que para fortalecerse, necesita olvidar momentáneamente algunos hechos de su pasado.

Esta serie de reflexiones que hemos transcripto textualmente del libro de Leis, manifiestan una intención muy valiosa para el presente y para el futuro de la paz entre argentinos.

Nadie mejor que él, que fue parte activa de esta época trágica, para describir situaciones, evaluaciones, pensamientos  y acciones, que le tocó vivir en el más alto nivel de una organización revolucionaria.

Él expresó también al terminar su trabajo que ser más sabio me exigía no aceptar en aquel momento el desafío de la revolución y al fin de cuentas, haber participado me dio una oportunidad de sabiduría mayor. Solo aquellos que se equivocan, tienen la oportunidad de alcanzar una verdadera sabiduría, enseñó Platón en el albor de la cultura occidental. No existe sabiduría innata que ayude a evitar los males de este mundo, los seres humanos nacen apenas con una chispa de la luz universal, que por ser tan reducida sólo puede ser usada a posteriori, nunca a priori.

Si algún factor me hubiese impedido participar en la principal jugada histórica de mi generación, no por eso la tragedia hubiera dejado de ocurrir. Y, habiendo ocurrido, mi participación me permitió mirar hacia atrás y reconocer que todos hicimos cosas que nunca imaginamos que haríamos. Comprender eso, me dio fuerzas para mirar hacia el futuro y criticar la mentira y la falta de compasión de las memorias vigentes en la Argentina que rechazan la confesión y el perdón, dos términos que en el vocabulario político vigente equivalen a malas palabras.

Concluyo entonces mi texto confesando que contribuí al sufrimiento argentino con acciones y pensamientos luminosamente ciegos.

Pido perdón a las víctimas de los hechos en los que mi participación fue directa, como en José León Suarez, hace casi 40 años.

Pido también perdón, a los inocentes y a las generaciones posteriores a la mía, que aún sin ser responsables por los acontecimientos de la reciente historia argentina, continúan siendo castigadas con la ignorancia de su verdadero sentido y se ven impedidas así de parar el yira-yira del karma nacional.

Para terminar este análisis de un libro que exigió un gran coraje en quien lo creó, quiero agregar  el ejemplo de Nelson Mandela cuya gesta pacificadora en Sudáfrica ha hecho historia con su paciencia gandhiana, con sus 27 años de cárcel y con su imaginación y voluntad inquebrantable en lograr el reencuentro de los Sudafricanos a partir de la reconciliación nacional, basadas en la confesión y en el perdón.

 

Jorge Oscar Aguilera.

 

Bibliografía

  • Héctor Ricardo Leis, “Un Testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en la Argentina”. 2013

 

 

 

 

 

3 pensamientos en “OTRA MIRADA SOBRE LA RECONCILIACIÓN”

  1. Artículo digno de su autor. Si la valentía que demuestra en sus trabajos Héctor Leis fuera seguida por tantos otros que en una y otra trinchera dieron forma a la década de los ’70, quizá nuestra visión del futuro sería más agradable, tanto para nosotros que la hemos vivido, como para aquellos que afortunadamente deben construir su propia historia. Buen trabajo.

  2. Una vez le preguntaron en 1960 a un líder chino notable, cual era su opinión sobre la Revolución Francesa, “Es muy pronto para opinar, dejemos pasar el tiempo”, respondió.
    Creo que deberíamos-todos-tomarnos ese tiempo, esa silenciosa prudencia que aconseja la interpretación de los hechos, y eso incluye muy especialmente, a los que que hacen política con los sucesos históricos, unos y otros, para utilizarlos como instrumentos simbólicos y operar sobre la realidad construyendo relatos compatibles con sus intereses.
    Sobre la nota y su mensaje, no tengo más que destacar su delicadeza y decisión para plantear una temática tan compleja y dolorosa que afectó a todos los argentinos.

  3. Gracias Jorge por hacernos compartir tu trabajo. Por esas casualidades generacionales también acabo de leer el texto de Leis, que me atrapó desde la primera página. Es de muy recomendable su lectura para quienes no vivieron como adultos la década de los 60/70 y sería un triunfo ciudadano si MUCHOS militantes de esa época hicieran pública su autocrítica a cuarenta años de los crímenes vividos en ambas trincheras. Abrazo.

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