NUESTRA TAREA DE VIVIR

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“Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía” W. Shakespeare. (Quinta escena. Primer Acto de “Hamlet”)

Fin de un año, fin de un orden

Absolutamente nada ni nadie ha logrado demostrar que a partir de cada primero de enero, nuestras circunstancias vayan a ser diferentes a las zurcidas hasta el 31 de diciembre previo. De manera similar, tan solo nuestra imaginación, tan ávida de seguridades como de legitimaciones, intenta pertinazmente urdir cosmos paralelos donde disfrutaremos en paz…a partir de un mañana improbable.

Con ineluctable fatalidad astronómica iniciaremos en breve un nuevo año que nos ha sido impuesto mediante bula papal (Inter Gravissimas) por el calendario gregoriano desde hace poco más de cuatro siglos (1582).

Desearnos un próspero año nuevo puede ser incluida entre las expresiones milenarias y netamente humanas, que se fueron corporizando en creencias e increencias; las unas ostentando la ilusión afirmativa en una o en varias deidades y las otras caracterizando ese optimismo como un espejismo tan falso como desechable. Esas respuestas formalizadas se han ido ajustando plásticamente a cada una de las circunstancias históricas, geopolíticas y lingüísticas de nuestra especie en evolución y que los múltiples grupos humanos fueron sancionando y consagrando.

La mayoría de los hombres y mujeres que celebraremos en breve el advenimiento del nuevo año occidental, no deberíamos permitirnos recaer en cerrazones dogmáticas, sean éstas políticas o religiosas. Ya no creemos en ídolos controladores y castigadores que eternamente nos condenan por nuestros incorrectos pensamientos, sentimientos, acciones y omisiones. Tampoco confiamos demasiado en liderazgos carismáticos, con sus movilizaciones rentadas y sus promesas de ocasión.

Misterio y sentido

Nuestros temores – enraizados profundamente en la especie -, de quedarnos aislados y amenazados, han alimentado ¡opíparamente! la ilusión de supervivencias eternas y de anclajes seguros.
Buscamos por milenios con el ingenio de las letras y el filo de las espadas, justificar nuestra ambición declamando el crédito en un poder superior que, por afuera y por encima de nosotros mismos, nos vigila, protege y…castiga.

Por siglos caímos en las trampas del literalismo religioso, de las exterioridades rituales y de los fundamentalismos dogmáticos. Hemos ignorado perversamente el riquísimo simbolismo del lenguaje mítico y la exuberancia de las metáforas. En los últimos trescientos años hemos raspado el fondo infernal de nuestra experiencia humana que ha sido abundante en genocidios, injusticias, hambrunas, inequidades…y todo ello dispensado por los poderes excluyentes, rigurosos, infalibles y perfectos. Autocracias que se olvidaron de obrar a través del perdón, de la compasión y de la misericordia y prefirieron ensimismarse en las abstracciones del pecado, de la conversión y de la salvación.

Hoy podríamos acordar que la fe es una heroica confianza en el misterio de la vida, misterio que es asumido como una propiedad personal y es percibido como un poder que nos trasciende.
Perder esa confianza en nuestro presente es estar condenando el futuro que no vendrá sin nuestra voluntad.

La mayoría de nosotros –occidentales urbanos- vamos dejando generosamente abierta la puerta al ingreso de la trascendencia; ello nos posibilita un cambio benigno y rotundo en la perspectiva tradicional y miope de ese supremo ser inmóvil, externo, omnisciente y masculino. Logra aparecer así en el horizonte ilimitado una común unión existencial con una realidad que nos rebasa como seres restringidos, temporales e imperfectos.
Esa realidad sublime se enfoca hacia el innato anhelo humano de dotar de sentido a la vida, queriendo superar las grietas del absurdo y del azar. Intentamos pertinazmente dejar de ser genéricas biologías para transfigurarnos en personales biografías.

Por encima de todos los sufrimientos, de las extremas indigencias, de las injusticias flagrantes y de las confusiones existenciales, será el amor el que otorgue sentido a cada una de nuestras existencias.
Sin ese amor que pervive más allá de la memoria, nada de lo humano puede empaparse de sentido.
Donde el amor no logre conquistar al dolor, solamente nos quedará acompañar en silencio a quien sufre y no le encuentra sentido a esa aflicción. Su digno sentimiento de infortunio merece nuestro respeto fraterno. Y sin la experiencia de la libertad, ese amor será una simulación o peor aún, una refinada crueldad.

Tarea humana indelegable es encontrar en nuestro inexplorado interior esa chispa de ser eminente (¿divinidad?) que se oculta en cada uno de nosotros. Ese territorio de silencio, de paz y de inmensidad se encuentra en nuestro interior. Una paz, cimentada en el perdón y una justicia, basada en la pertenencia fraterna.
Somos criaturas únicas e irrepetibles en un cosmos rutilante, aprendiendo a vivir en libertad y fraternidad el momento presente. La trascendencia está escondida en cada pequeña partícula del cosmos que es concebida y animada por un mismo aliento de vida. Ese es el milagro en el que confiamos. Somos nuestro cuerpo y cada átomo del mismo se ha formado desde alguna otra entidad –viviente o no viviente-, lo que volverá a ocurrir dentro de un breve lapso de nuestro calendario.

Riesgo y confianza

Será un muy buen augurio para el año darnos la oportunidad de disfrutar de todos los dones gratuitos de ese cosmos que, casual o premeditadamente, habitamos y despertar así a la presencia de los seres, de las percepciones, de la inteligencia, de la amistad, de la misericordia…
Ello requiere un cambio en nuestra cosmovisión, en las maneras de entender a este mundo caótico en el que los interrogantes son múltiples y vertiginosos, donde las posibilidades de búsqueda llegan a presentarse como ilimitadas y donde las respuestas se ofrecen contradictorias y frugales.

“¿Has visto a tu hermano, has visto a tu hermana? Has visto a dios” nos dice la tradición extra canónica del cristianismo primitivo.
Esa es la finalidad de toda práctica espiritual: hallar en el “otro” la chispa excelsa de nuestra divinidad oculta.

Los textos sagrados, los rituales consagrados, los dogmas proclamados no deben ser meros depósitos clausurados de verdades inflexibles. Por el contrario, deberían ser fuentes inspiradoras de convivencias humanas para el cultivo de la fraternidad y de nuestro ser interior.

Esas letras, esas liturgias y esas proclamas forman parte del diversificado instrumental para iluminar el nuevo año que se inicia… siempre que evitemos encandilarnos con sus enfermizas tentaciones fundamentalistas al acecho: “destino manifiesto”,”raza superior”, “pueblo elegido”, “salvación selectiva”…

Estamos asistiendo, impasibles, a la irrevocable craquelación de un orden mundial establecido. No alcanzamos a vislumbrar qué lo reemplazará y cuáles serán sus costos. Ese futuro – inasible y neblinoso – desnuda nuestras angustias y ansiedades, mientras intentamos ejercitarnos en su improbable develado.

Este alterado orden anémico parece estar próximo a parir un período de tumultuosa inestabilidad y polarización radicalizada.
Con el fantasma sangriento de las conflagraciones regionales y los conflictos puntuales, se entrecruzan las demandas de los que desde “abajo” resisten y se agitan ante las presiones que imponen las potencias desde “arriba”: Siria, Irak, Irán, Israel, Palestina, ISIS, Ucrania, Hong-Kong, Norcorea, Darfur, Afganistán, Bosnia, Escocia, Cataluña…Enfrentamientos fratricidas, abiertos intervencionismos, barbarie maquillada de postulados diplomáticos, escandalosos negociados para la reconstrucción de lo que ayer se ordenó bombardear impunemente. Las víctimas nunca cotizan.

En los umbrales de un nuevo año, nos resulta un esfuerzo excesivo poder optar por el rumbo justo en este laberinto de barricadas móviles.

Hastío histórico.

En la Argentina, los jóvenes de las nuevas generaciones nacidos a partir de la última década del siglo XX, no se sienten conectados con los acontecimientos fundacionales de aquella centuria. Están convencidos de que a aquellos hechos nada les deben. No han logrado visualizar la difusa probabilidad de que algún nuevo orden pudiera resultarles más auspicioso. Probablemente se han: “dejado seducir por el repentismo de los que hallan que todo nace por generación espontánea”, como lo expone el escritor angoleño contemporáneo Adriano Mixinga.

Las generaciones adultas, que hemos convivido con las epifanías y los abismos del siglo XX – y que estamos comenzado a senilizarnos en el XXI -, vamos metabolizando un “hastío histórico” que nos quiere convencer de que aquí, la injusticia es un fatalismo.
Un hartazgo que los omnipresentes relatores oficiales – desde sus atriles mediáticos o desde sus ambones catedralicios – nos producen recurrentemente y sin sonrojarse. Y así vamos:

“Por nosotros, por nuestros hijos y por los hijos de nuestros hijos debemos hacer que ¡por fin! triunfen los grandes ideales de auténtica libertad que soñaron los forjadores de nuestra independencia y que nosotros sentimos palpitar en lo más profundo de nuestro corazón” (J. D. Perón, febrero de 1946).
• “Ha terminado un sistema de ocultación de la verdad. El país debe conocerla por más que sea cruda y penosa. (Gral. E. Lonardi. Asunción septiembre 1955)
• “…encauzar definitivamente el país hacia la obtención de sus grandes objetivos nacionales” (Revolución Argentina, junio de 1966).
• “…¡se van, se van, y nunca volverán! (manifestantes en la Plaza de Mayo, durante la asunción de Héctor J. Cámpora, 25 de mayo de 1973)
• “…terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo” (Declaración del Proceso de Reorganización Nacional, marzo de 1976)
• “Hay una coincidencia muy singular y alentadora entre lo que dice el Gral. Videla de ganar la paz y el deseo del Santo Padre para que la Argentina viva y gane la paz… (Mons. Pío Laghi, Nuncio papal, 17 de junio de 1976)
• “ …con la democracia se come, se cura y se educa”, ” vamos a levantar las persianas de las fábricas” (campaña de R. Alfonsín 1983)

• “Los argentinos queremos renacer en la promesa de los mayores que comenzaron la patria, y para esto necesitamos imperiosamente de la esperanza que haga brotar la alegría, pues de ella surgirán los vínculos que derribarán miedos e inseguridades, distancias que hoy parecen insalvables. Esperanza para la alegría, alegría para el vínculo”. ( Homilía de Mons. J. Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, 25 de mayo 2000)
• “La Argentina es un país condenado al éxito” (E. Duhalde, 2002)
• “Al paso que vamos, con ciertas iniciativas parlamentarias, los argentinos saldremos primeros en el campeonato del disparate” (Mons. Aguer, Arzobispo de La Plata, noviembre de 2011)
• “ Una década ganada en recuperación social, económica, cultural, democracia, de igualdad de los 40.000.000 de argentinos” (Cristina F. de Kirchner, 2013)
• “Hay que terminar con los vicios de la vieja política y de las prácticas clientelares” (Massa octubre 2014, en campaña electoral 2015).
• A través de mi experiencia de estos años, aprendí que mientras más cerca se está de los problemas, más rápido llegan las soluciones. (D. Scioli, 20 de octubre de 2014)

El nuevo año, cuya inauguración convalidamos festivamente cada primero de enero, nos propone despertar la legítima búsqueda del sentido a nuestra tarea de vivir, tan única como intransferible.

¡Enhorabuena con la búsqueda! ¡buen año!

Mario Corbacho. Diciembre 2014

1 pensamiento en “NUESTRA TAREA DE VIVIR”

  1. Un trabajo profundo que expresa con calidad y hondura las limitaciones e hipocresías de la cultura de nuestro tiempo, y que propone-desde una perspectiva intensamente humanista-un viaje a la interioridad del hombre y descubrir lo mejor de uno mismo.
    Una lectura imprescindible para una época incierta y compleja, donde la palabra “amor”, se reafirma, más allá de la palabra, como objetivo central de la vida humana.

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