LOS SÍMBOLOS Y LA REALIZACIÓN ESPIRITUAL

                              

 

En la sociedad en que vivimos el problema de muchas personas es lograr saber lo que se quiere en la vida. Para indagarlo disponemos de una amplia variedad de caminos que intentan conducirnos hacia un estadio más elevado: la búsqueda de una realización espiritual. Hemos percibido que el mundo material no satisface nuestros íntimos deseos de comprender el motivo de nuestra vida y entendemos que, tras la racionalidad y el materialismo, existen otros conocimientos, hechos y energías que trascienden el saber formal al que estamos habituados a tratar en nuestro quehacer diario.

Blas Pascal opinaba: existen razones del corazón que la razón no entiende, con lo que planteaba una dicotomía entre el pensar y el sentir.  El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan y la pregunta que nos surge cuando nos ponemos a considerar esta preocupación es si  ¿podemos hablar de una realización espiritual sin existencia del simbolismo y los símbolos?

El simbolismo ha impregnado las manifestaciones humanas desde los albores de la civilización. No es arriesgado afirmar que la presencia de símbolos asociados a un grupo humano primitivo es un indicio claro del desarrollo de una actividad cultural y social en su seno.

El símbolo nace del deseo de unir lo exterior con lo interior; del deseo de comunicar conceptos imposibles de expresar en términos simples. El símbolo es una puerta a la profundización en nuestra propia existencia, una puerta que da acceso a otras estructuras de conocimiento. Desde luego, el traspaso de esa puerta requiere una clara predisposición. Esta predisposición, junto a las herramientas apropiadas para explorar esos caminos, es patrimonio de lo que, en términos generales podemos denominar como la búsqueda de una espiritualidad.

El símbolo constituye una de las formas más arcaicas del pensamiento humano. Símbolo deriva del latín “symbolum”, y este del griego “simbolon” o “symballo” que significa “yo junto”, “hago coincidir”. En las sociedades antiguas  expresaba la idea de unir el Cielo y la Tierra, lo interior y lo exterior. En esa idea de juntar y hacer coincidir lo de arriba con lo de abajo encontramos las raíces de  la realización espiritual; y quien busque esa realización espiritual debe morir a lo de abajo y nacer a lo de arriba, morir a lo terreno y nacer a lo divino, y para realizar ese camino debemos valernos de símbolos de muerte y resurrección.

Consecuentemente, podemos establecer una primera definición de espiritualidad: como la actividad y disposición humana en la cual el hombre busca, para su vida un sentido, una finalidad y unos valores que van más allá de la satisfacción de las necesidades y aspiraciones que se manifiestan en la vida ordinaria del común de las personas. La espiritualidad representa, pues, un nivel más alto (o si se quiere más profundo) de la existencia humana,   que nos posibilita acceder a conocimientos que nos permiten, además de satisfacer nuestras propias inquietudes, poder ir en ayuda de nuestros semejantes.-        

Los griegos llamaban Symbola a un objeto cortado en dos o más partes, del que varias personas conservaban una pieza cada una, de modo que como prueba de reconocimiento de los portadores, las hacían coincidir; y el conjunto de la Symbola era prueba de la alianza contraída con antelación. Desde la noche de los tiempos el símbolo siempre ha estado presente en las manifestaciones de la cultura humana, el mundo de las imágenes lo encontramos organizado antes de que surgiera la filosofía y el racionalismo, a pesar de lo cual, ha sobrevivido con toda la carga de energía que impulsó y creó los mitos (ya…desde el Paleolítico se encuentran formas simbólicas esculpidas o pintadas).

No se debe pensar que una persona, por el mero hecho de conocer el significado de un símbolo, se convierte en sabio o tiene acceso a verdades absolutas o cosas por el estilo. El símbolo es sólo un mecanismo útil para el ser humano interesado en la reflexión. Reflexionar cual es su posición en el mundo, su misión en la vida. De hecho, los verdaderos símbolos carecen de una explicación completa y única. Si la tuvieran, dejarían de ser tales. Cabe, no obstante, indicar, a grandes rasgos, el sentido de los símbolos, como invitación a esa reflexión a la que nos hemos referido.

Abordaremos una cuestión previa para que resulte entendible la noción de símbolo. El pensamiento heterodoxo presupone que una idea no está sujeta a una sola interpretación, mientras que en la ortodoxia las ideas están sujetas a un dogma. El simbolismo es  heterodoxo por cuanto se va a oponer a todas las ortodoxias dogmaticas, que creen poder encerrar la totalidad del sentido de una expresión, o la totalidad de lo real en frases, palabras o imágenes, como si pudiera darse la perfecta adecuación entre el signo y la cosa real.

El simbolismo se opone a toda reducción de los fenómenos; y las palabras, los signos, las obras de arte, son fenómenos. Se opone pues, a su reducción a una sola causa, a un solo aspecto, a un solo sentido, ya que esta reducción engendra las ideologías, es decir, el culto de una sola idea y, en consecuencia, lleva al totalitarismo, es decir, a la ideocracia, gobierno de la sociedad y de nosotros mismos por una sola idea.

La ORTODOXIA es unidimensional, unilateral. La HETERODOXIA  es multidimensional, multilateral, global. En este sentido el símbolo es heterodoxo, porque escapa a todas aquellas fronteras y tiende a percibir todas las dimensiones, todos los aspectos de la realidad; es decir, lo sensible y lo velado, lo manifiesto y lo oculto, lo inteligible y cuanto está más allá, lo consciente y lo inconsciente.

El simbolismo tiene algunos riesgos, exige un cierto abandono espontaneo al influjo de un estímulo, es como estar en disponibilidad para captar el mensaje. Cuando escuchamos un concierto intentamos crear el silencio, separar de nosotros todo ruido, toda imagen que abandonamos para que nazca la influencia de la música, del mismo modo en la percepción simbólica hay que dejarse ir al influjo del estímulo. Y con ello no perder el espíritu crítico, para no ceder ante un entusiasmo fuera de lugar o ante el prejuicio sistemático.

Entre los posibles riesgos mencionaremos quizás el más nocivo: la explotación publicitaria o política de los símbolos. Hay imágenes que nos tocan y que nos conmueven; es necesario hacer gala de un gran sentido crítico para no caer en las trampas que, con su abuso, nos tienden a cada paso. Toda publicidad, toda propaganda va a especular con nuestros deseos elementales, que incitará bajo la forma de imágenes comercializadas. El ejemplo más paradigmático es, sin duda, el uso del desnudo completo o parcial en imágenes publicitarias, que va a generar una cierta complicidad entre el objeto que se quiere vender y lo que se entiende que la imaginación va a suscitar en nosotros. La imagen que nos retiene generará nuestro deseo hacia el producto: es una explotación publicitaria de los símbolos de la que hay que desconfiar.

De ahí que la percepción simbólica requiera el recto uso del espíritu crítico. El manejo de los símbolos es un juego peligroso; su poder, demasiado grande para consentir su abuso. Recordemos lo hecho con la svástika, maravilloso símbolo solar pervertido bajo el régimen nazi. No debemos permitir la profanación y el valor de los símbolos, bajo pena de destruir la verdadera sensibilidad hacia ellos y disminuir nuestro sentido de la realidad.

Nietzsche decía “mientras que en la estrella solo veas una estrella, no tendrás el conocimiento”. Y un viejo proverbio árabe, sostiene: “cuando el sabio señala al cielo con su dedo, el tonto mira el dedo”

En conclusión, abrirse a la dimensión y a la dinámica de los símbolos, es abrir anchamente la conciencia, a la realidad. Es proyectar el campo de conciencia hacia lo infinito, sin por ello renunciar a las precisiones de la sensibilidad estética y a los conocimientos objetivos. El pensamiento simbólico es el instrumento de una realización personal superior, y de una comunicación profunda con el otro, y el constatar que, hoy, es comprendido de este modo en los medios científicos y artísticos, es un redescubrimiento a preservar de toda desviación y de toda perversión. Hoy el simbolismo es más conocido por sus implicancias de carácter psicológico, antropológico o artístico, que por las filosóficas, religiosas o metafísicas que este poseyó en las sociedades tradicionales, dado que los estudios contemporáneos sobre simbolismo tratan de clarificar mas las estructuras de lo imaginario y la función simbolizante de la imaginación, que indagar en las del propio mito simbólico, raíz del símbolo grafico, en su implicación trascendente.

Mircea Eliade sostiene: “que los símbolos contribuyen a identificar al hombre con los ritmos de la naturaleza, integrándolo en una unidad mas grande, la sociedad y el universo. Esta es la razón por la cual los símbolos pueden tener tantos niveles de significación; se ajustan a la infinita variedad de la naturaleza y al lugar del hombre en el cosmos

Carl Jung, en el desarrollo teórico de su pensamiento, introduce la idea de las imágenes o esquemas que son los arquetipos, prototipos universales de conjuntos simbólicos, tan profundamente grabados en el inconsciente, que son una estructura interna del alma humana, en la que son modelos uniformes, ordenados y ordenadores; es decir, conjuntos representativos y emotivos, estructurales, dotados de un dinamismo formador. De carácter universal, estos arquetipos se expresan a través de símbolos particulares dotados de gran potencia energética, porque como dice Jung “la maquinaria psicológica trasforma la energía en símbolo”. El inconsciente colectivo es esa parte de la psique que conserva y transmite la común herencia psicológica de la humanidad.      

Por otra parte, es necesario distinguir en los símbolos dos aspectos opuestos y complementarios que también corresponden a dos maneras de encarar la realidad: lo exotérico y lo esotérico. El primero se refiere a lo externo, a la forma que el símbolo toma para expresarse sensiblemente; a su manifestación visible. El aspecto esotérico indica más bien lo interno; el contenido oculto en el símbolo mismo; la idea-fuerza o la energía inmanifestada e invisible que detrás del símbolo se encuentra.  Lo esotérico, pues, es anterior y por lo tanto jerárquicamente más alto que lo exotérico, y es a ello a lo que el lenguaje simbólico, bien entendido, nos debe conducir; pero el aspecto externo es también necesario para que el símbolo se exprese a nuestro orden sensible, velando su contenido a quienes no tienen ojos para ver lo interno de las cosas, pero más bien desvelándolo o revelándolo a los que sí están capacitados para ver. De esta manera, lo exotérico puede variar, como de hecho varía, al expresarse en los diferentes órdenes de la existencia o en las distintas culturas; pero lo esotérico se mantiene invariable, de la misma forma en que una idea puede ser expresada en varios idiomas sin que su contenido se altere. Sin embargo, es necesario hacer la observación de que lo esotérico nada tiene que ver con el mal llamado ‘ocultismo’, ni mucho menos con las prácticas relacionadas con la hechicería y la superstición, como algunos modernos podrían estar tentados a creer, sino que por el contrario nos conduce más bien a lo más profundo de los misterios de la creación, ocultos en el interior de nuestra propia conciencia.

DOS SIMBOLOS DE LA REALIZACIÓN ESPIRITUAL

Peregrinaje y el Laberinto.

 

Ciertamente toda la vida es un peregrinaje, y en este siglo XXI nos toca vivir una época de angustia en la cual debemos encontrarle un sentido a nuestra vida y para ello debemos peregrinar. El peregrino busca su país y en tanto no  lo encuentre está en el extranjero. Ese país que busca es el objetivo de su realización espiritual, que seguramente es utópica, y a la cual nunca lleguemos,  pero que es el motor que mueve nuestra existencia tras una meta dorada. Peregrinar es viajar y el riquísimo simbolismo del viaje se resume en la búsqueda de la verdad, de la paz, de la inmortalidad, en la búsqueda y el descubrimiento de un centro espiritual que nos facilite la realización que anhelamos.

En las mitologías chinas los viajes se organizan ya sea hacia la Isla de los Inmortales,    que son paraísos orientales que corresponden al estado edénico o hacia montes que los consideran el centro y eje del mundo. Esas búsquedas, corresponden también a los viajes de Eneas, de Ulises, de Dante y otros que la literatura y la historia nos han proporcionado.

Los viajes son también la serie de pruebas preparatorias para la iniciación que se encuentran a la vez en los misterios griegos, en las sociedades secretas chinas y en la masonería. En el budismo, -el viaje como progresión espiritual- lo hallamos en forma de vías, de vehículos y de travesías, que se expresan a menudo como un desplazamiento a lo largo del eje del mundo.

La marcha hacia el Centro se expresa también por la búsqueda de la tierra prometida. Orígenes ve en la salida de Egipto, en la travesía de desierto y del Mar Rojo, los símbolos de las etapas en la progresión espiritual de un pueblo que tuvo que esperar cuarenta años para entrar a la tierra prometida.

 

En los sueños y en las leyendas, el viaje bajo tierra significa la penetración en el ámbito esotérico; y el viaje en el espacio aéreo  y celeste, el acceso al ámbito del exoterismo. El viaje expresa un profundo deseo de cambio, una necesidad de experiencias nuevas. Según Jung, es testimonio de una insatisfacción que impele a la búsqueda y al descubrimiento de nuevos horizontes. Esta aspiración al viaje, según Jung, es la búsqueda de la madre perdida, mientras que Cirlot  observa justamente que también puede ser, la huida de la madre. Porque recordemos el doble aspecto de este término “madre”: que es generoso y posesivo a la vez.-

El viaje al infierno representa un descenso a los orígenes, como en el canto sexto de la Eneida; o un descenso a lo inconsciente, según las interpretaciones modernas. En ambos casos puede descubrirse una necesidad de justificación. Los romanos buscaban  títulos de nobleza entre los héroes antiguos, y el hombre moderno busca causas que expliquen sus comportamientos.

Otros viajes como los de Ulises, Menelao, Hércules y tantos otros son interpretados como búsqueda de orden psíquico y místico. En este sentido habría que concluir que el único viaje válido es el que el hombre realiza en el interior de sí mismo, y así reactualizaríamos aquellas viejas sentencias de los siete sabios de Grecia, grabadas en el templo de Apolo, en Delfos  que decían “Conócete a ti mismo” y “Nada en demasía”.

 

El peregrinaje es una búsqueda primordial y no puede haber búsqueda sino de aquello que se perdió. Los caminos de peregrinación se desplazan por dos direcciones diferentes: hacia Oriente a Jerusalén; hacia Occidente, el camino de Santiago o Roma y los símbolos de estos destinos se definen de la siguiente forma: Jerusalén es el teatro de la vida de Cristo, donde con su natalicio, así como con su resurrección, se levanta el sol en el horizonte del mar, mientras que en Occidente el sol se pone en dicho horizonte.

 

Esta opuesta y diferente visión tiene un valor estimulante y responde a criterios diferentes, pero tanto la peregrinación a Oriente como a Occidente persiguen el mismo objetivo de regeneración del hombre, de búsqueda de su Centro. Camino de Oriente el hombre va en búsqueda de la esencia sobrenatural del sol naciente. Camino de Occidente y del Finisterre, persigue los misterios de la muerte, porque allí es donde el sol muere, y cuenta con la promesa de la resurrección: con ello igualmente el hombre renace.

Sabemos que los Templos se construían orientados, esto es, su puerta mira a Oriente, y conocemos templos que son imagen del universo donde se encuentran perfectamente  establecidos el oriente, donde nace el sol y el occidente donde se pone, así como el norte y el sur con la luna, el sol y las constelaciones ocupando el lugar adecuado.- La peregrinación está en intima y en estrecha conexión con las iniciaciones, y la iniciación posibilita la entrada a los antiguos misterios de la muerte y resurrección, que ocultan el verdadero sentido de la Realización Espiritual.

 

Si el Peregrinaje es la búsqueda del Centro, de la tierra Santa, de Sion, Santiago o Roma y se hace con esfuerzo y donde uno puede perderse, el laberinto, en cambio es un sitio fijo, seguro y protegido hacia ese Centro. Estos laberintos los encontramos en lugares privilegiados y en numerosos templos de la cristiandad.

Como sabemos el origen del laberinto se sitúa en el palacio cretense del rey Minos, donde estaba encerrado el Minotauro, y de donde Teseo solo pudo salir gracias al hilo de Ariadna, que siguiéndolo nos conduce infaliblemente al Centro. El Laberinto es una guía sin pérdida, es por lo tanto en primer lugar emblema del Maestro Espiritual.

El laberinto cumplía una función singularísima, las personas que legítimamente no podían emprender el peregrinaje físico, aquel sustituía válidamente y con los mismos beneficios espirituales el peregrinaje a Jerusalén. El laberinto de la Catedral de Chartres es circular, tiene un diámetro de 12 metros  y el camino recorrido es de unos 200 metros, cuando los fieles lo recorrían en oración y de rodillas se consideraba un sustituto de la peregrinación a Tierra Santa

Estos dos símbolos; el peregrinaje y el laberinto nos dan un vasto panorama de ricos contenidos por el que se accede a esa vía de realización espiritual con la que iniciamos la exposición.

 

Oscar Pereyra

 

3 pensamientos en “LOS SÍMBOLOS Y LA REALIZACIÓN ESPIRITUAL”

  1. Excelente trabajo! un punto de vista muy atinado para cuestiones espirituales que merecen ser atendidas.
    Es un artículo que invita a la reflexión personal y que merece más de una lectura.
    Felicitaciones.

  2. Un trabajo riguroso que nos presenta un tema complejo desde una perspectiva y con un enfoque inteligente y creativo. Altamente recomendable y felicitaciones por el nivel y el esfuerzo de los integrantes del sitio para mantenerse a la altura de los temas que tratan.

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