LA PAZ ESA DAMA TAN DESEADA Y MUY ESQUIVA

 

 

 

7 - copiaDurante todo el siglo XX y en lo que hemos recorrido de estas dos primeras décadas del XXI, ni los socialismos, ni los capitalismos, ni las terceras vías ni los integrismos teocráticos, en cualquiera de sus múltiples y complejas versiones, han logrado consumar en paz la revolución del hambre con la revolución de la libertad creadora.
La extrema miopía de todos estos sistemas ensayados, ha consolidado un callejón sin salida aparente en este vestíbulo del tercer milenio.
Las violencias de los hombres contra la naturaleza que nos cobija desde hace un millón de años y contra nuestros semejantes genéticos, ha llegado a límites de destrucción imposibles de ser concebidos hace apenas unas décadas.
Las bibliotecas de nuestro Occidente supuestamente “progresista” -desde el siglo de la Ilustración, -van atiborrando declaraciones y propuestas acerca de la “condición humana”, de sus “derechos inalienables” y de sus “anhelos edénicos”.
Expresiones risibles, -y mayoritariamente mendaces-, intentan justificar a través de una prensa cómplice y obsecuente expresiones tales como: acciones suicidas, réplicas militares, atentados contra poblaciones civiles, torturas, violaciones, bombardeos, muros defensivos, desplazamientos forzados, statu quo, legítima defensa, espacio propio, fuego amigo, territorio ancestral, ataques preventivos, daños colaterales…
Seguimos hoy siendo tentados por un colectivista “Nosotros”, que se ha ido transmutando en conductas aborregadas bajo los regímenes de Franco, de Salazar, de Mussolini, de Hitler, de Stalin, de Mao, de Castro, de Pol Pot, de Kim Il sung, de Milosevic, de Ceausescu, de Ayman al Zawahiri, de Abu Bakr al Baghdadi…

Somos conducidos, -en peligrosa pendiente resbaladiza-, por los coros de sirenas que honran al egoísmo, a la codicia y a la voluptuosidad, imponiendo su metálica ley del “qué me importa”, con los deterioros planetarios que estamos comenzando a percibir. Posiblemente no vaya a ser solamente la pobreza y la continua marginalidad las que horaden las bases de nuestras repúblicas, sino que será el temor que genera la probabilidad cierta del desclasamiento; ese proceso que va eliminando a los estratos sociales para que solamente sobrevivan dos bandos irreconciliables: los que ganan y los que pierden en este proceso global.
Cada uno reconoce al “Otro”, como un diferente, un extraño, alguien quien debe ser excluido del entorno.
Como intelectuales de buena voluntad, residentes en este extremo del Cono Sur, estamos convocados a tallar pacientemente esa delicada filigrana que engarza la eficiencia con la belleza, la economía con la poesía, la tecnología con la espiritualidad, la seguridad con la justicia distributiva. Y la historia nos exigirá rendirle cuentas de nuestros intentos por enaltecer esa artesanal labor en medio del imprescriptible crimen de la guerra, que se ha instalado entre nosotros aunque –todavía- no sean audibles desde acá los ecos de los misiles ni los llantos de los huérfanos mutilados.
Somos una parte específica y concreta de este crimen: por acción, por omisión o por desfiguración premeditada de los hechos.
Tierra tres veces santa, desesperanza de los jóvenes.
La actual situación del Oriente Medio, hace que cada una de las partes en pugna acuse a las otras de haber provocado el ataque inicial que resulta tan injusto, como desmedida e irracional su respuesta.
Las batallas a muerte se libran –también- en la virtualidad de Internet; unos justificándose ante el mundo por la invasión a territorios autónomos, otros mostrando ante el mismo mundo la crudeza del dolor y de la sangre anónima que derraman niños, mujeres y ancianos.
Así, el núcleo banalizado de estos combates contemporáneos es asimilable a un partido del Mundial de Fútbol donde los goles son los muertos, las escuelas destruidas, los hospitales inutilizados, las fuentes de energía bombardeadas y la angustia por despertar en un mañana peor.
En ambos bandos, cada uno de los hombres y mujeres involucrados han sido educados, amaestrados y adiestrados desde su primera infancia en el odio visceral hacia el “Otro”. Los resultados de tales entrenamientos continuos están hoy a la vista y son tergiversados según sean las intenciones económicas e ideológicas de las agencias informativas que emiten al mundo sus justificativos.
Cerca de allí, en las zonas petroleras estratégicas, las influencias de las milenarias tradiciones étnicas y clánicas, los inestables compromisos partidarios y las simpatías y antipatías religiosas, son excelentes excusas para librar lo que se ha dado en llamar eufemísticamente: “guerras subsidiarias” o “guerra por proxy”.
En estas especiales formas de violencia institucionalizada, dos o más potencias se sirven de terceros países, regiones o etnias como sustitutos. Ello les permite enfrentarse indirectamente, con menores costos, mayores beneficios y ensayando tácticas y tecnologías. En muchas ocasiones se ha preferido exacerbar intereses territoriales, justificaciones intangibles o resentimientos tradicionales a través de grupos guerrilleros entrenados especialmente, de mercenarios seleccionados para acciones de sabotaje y de espías profesionales que logran infiltrarse en varias áreas sensibles del oponente, su eventual “Otro”. Tal como se expone en “El arte de la guerra”, obra atribuida Sun Tsu y escrita varios siglos antes de nuestra era (entre S.VIII y IV a C.); ”… el buen manejo del espionaje es uno de los puntos fundamentales en la conducción de las fuerzas armadas. Todo ejército debe apoyarse en el espionaje para decidir la mejor estrategia a emplear en el combate y así contar con mayores posibilidades de alcanzar la victoria”.
La intención de estas guerras subsidiarias es perjudicar, vulnerar y debilitar a la otra potencia sin llegar a un conflicto abierto en los propios territorios. “Nunca es conveniente entablar combates en las tierras del propio reino” (Sun Tsu). Los diversos bandos, clanes y grupos contratados ponen en juego -en muchas ocasiones- sus propios intereses, valores y normas, que pueden ser divergentes de los que son declarados por las potencias contratantes. Y así el juego mortal vuelve a cobrar víctimas que serán la excusa perpetua para conmover y asombrar a las renovadas tele audiencias.
Es un dato observable que el ISIS (Estado Islámico de Irak y el Levante ) creado al norte de Siria y al Nodeste de Irak posee a la fecha una superficie aproximada a la de países europeos como Bélgica, Suiza o Dinamarca y representa el doble de la extensión del actual Estado de Israel.
Organizaciones humanitarias con desigual nivel de sinceridad, facciones religiosas revestidas de múltiples y contradictorios intereses, organismos no-gubernamentales supuestamente neutrales y hasta observadores políticos profesionales, siguen condenando abrumadoramente cada acción bélica y sus contraofensivas… Esos discursos vacuos e insensatos reverberan en denuncias de exterminios escabrosos y de operaciones para-militares que, en la mayoría de las ocasiones, forman parte indisoluble de las hipócritas dinámicas electorales de ambos contendientes
Y nos despertamos en la Narco-violencia
Ese tipo de violencia extrema se ha instalado en los denominados “narco-estados” a partir de los años 80 del siglo XX, ante la irrupción de poderosas organizaciones dedicadas al tráfico de sustancias tóxicas, especialmente cocaína, heroína y sus derivados.
Las instituciones que componen el poder político (ejecutivas, legislativas, judiciales, sindicales, eclesiásticas y militares), de varios países en América, África, Europa y Asia, se encuentran influenciadas -de manera sensible, sostenida y progresiva- por estas organizaciones delictivas con rápido y fértil desarrollo económico y evidente presión territorial. Sus dirigentes se desempeñan simultáneamente en funciones gubernamentales de diferentes jerarquías y jurisdicciones estatales y como miembros ejecutivos de las redes del tráfico de productos narcóticos ilegales. Así logran movilizarse amparados por sus fueros constitucionales y con la connivencia de sus pares y superiores.
Habitualmente son considerados narco-estados aquellos países donde es posible descubrir una simbiosis entre las agencias de inteligencia estatales y las asociaciones narcotraficantes, las que hacen sus aportes económicos y financieros a las campañas políticas, a cambio de impunidad, protección y silencio.
En estos países, y después de algunos años de desarrollo soterrado y protegido, comienzan a despuntar nuevos estratos sociales que consolidan su status a partir del basamento original en aquellos iniciales negocios ilícitos. Sus directivos han tejido muy hábilmente relaciones profundas e irreversibles en varios nichos de la economía legal y en las burocracias políticas, sindicales, militares, eclesiásticas y judiciales, las que generalmente se muestran accesibles y tentadas a diversos grados de corrupción.
Algunos breves ejemplos:
• La República de Kosovo, enclavada en la Europa del Este y que muestra una palpable economía sumergida, está asociada sobre todo al contrabando de combustibles, cigarrillos y drogas. Allí una corrupción generalizada y una altísima influencia de la delincuencia organizada son algunos de los motivos de la preocupación internacional. Ciertas versiones fundadas sobre la viabilidad de ese Estado balcánico, afirman que la guerra de Kosovo (1999) formó parte de una campaña establecida desde los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, con el objetivo de aumentar el control norteamericano sobre la zona de los Balcanes, sirviéndose subsidiariamente de grupos antagónicos locales dispuestos al enfrentamiento.
Se ha argumentado que las cifras de víctimas fueron deliberadamente aumentadas, y que los efectivos de inteligencia norteamericanos colaboraron activamente con los militantes de las guerrillas del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK), a quienes adiestraron para su lucha contra las fuerzas federales de Yugoslavia.

• También la República de Guinea- Bissau, colonia portuguesa hasta 1973, al sur de Senegal, en el África Ecuatorial, se ha posicionado en un permanente contexto de inestabilidad institucional y con una economía agraria sumamente deteriorada. Su extrema fragilidad como Estado, -de cuya viabilidad comienzan a existir serias dudas internacionales-, abrió las puertas al narcotráfico. Últimamente se ha convertido en una escala habitual del tráfico de la droga procedente de diversos países de Sudamérica y con destino final el consumo europeo. La detención por los Estados Unidos de un ex jefe del Estado Mayor de la Armada de ese país africano y la acusación de un tribunal neoyorquino a otro jefe militar, ofrecen serias pistas sobre esta conexión con el violento mercado de la cocaína y sus múltiples encadenamientos.
Son varias las empresas farmacéuticas y bioquímicas ficticias que se han asentado en el país, con la finalidad de traficar la cocaína y la metanfetamina bajo la cobertura de remedios aprobados para el consumo humano.
Organizaciones delictivas colombianas y brasileñas, camufladas bajo rótulos inocuos, se han comenzado a posicionar cómodamente en el país africano, corrompiendo las más altas esferas de la estructura estatal.
Tres jefes de su Estado Mayor han sido asesinados en los últimos tiempos, sin que la justicia haya podido esclarecer ninguno de esos crímenes, aunque existen fundadas sospechas que señalan hacia el mundo del narcopoder.
• En algunos países de Centro y Sudamérica como México, Honduras, Guatemala, Colombia y Venezuela, el aumento de los riesgos en la seguridad urbana y rural y las situaciones de extrema vulnerabilidad de las poblaciones marginales ante la violencia organizada, se han convertido en formas habituales de vida para millones de ciudadanos pobres.
• En la Argentina el tema de la violencia relacionada estrechamente con el narcopoder y el narcoestado, ha sido motivo de una interesante reflexión por parte del Dr. Luis Moreno Ocampo, quien expresó el 4 de septiembre de 2014 en el diario La Nación de Buenos Aires: “Hoy no podemos fracasar en el desafío actual que plantea el narcotráfico y el crimen organizado. Hace falta desarrollar una estrategia democrática, que respete la ley y sea eficaz. Encarcelar no es suficiente, hay que seguir las rutas del dinero”.
Hacia el dudoso arribo de la paz
La arquitectura de la paz no ha logrado ser diseñada –históricamente- en forma aislada, ni unilateral ni declamatoria. Su perseverante construcción pertenece a un “aquí” y a un “ahora” concretos, a un “así” particular y a un “por qué” de voluntades consensuadas. La permanente inestabilidad de toda paz declarada, sigue siendo apuntalada en cada uno de sus armisticios, de sus treguas y de sus tratados.
Suponer que “la paz con sangre entra”, devastando instalaciones para uso de las poblaciones civiles y torturando a prisioneros militares y a miembros y a supuestos miembros de organizaciones armadas, ha sido un grave error reiteradamente cometido en la historia. Nada hemos aprendido.
Esa pertinaz sincronía de la voluntad humana por destruir la vida y la esperanza, es algo extremadamente difícil de soportar para nuestra especie racional y sensible.
Irak, Afganistán, Siria, Gaza, los Balcanes, Darfur… son mutilaciones específicas pero, a la vez, son espantos universales.
En cada uno de esos puntos geográficos aniquilamos a miles de vidas particulares con sus historias personalísimas y – simultáneamente – descomponemos ese contrato social al que habíamos arribado con el pensamiento ilustrado. Es una pasmosa exhibición continua de horrores –que sigue colándose en el siglo XXI- y que nos ciega a la esperanza y quebranta nuestra razón.
Ser un permanente espectador virtual de calamidades indescriptibles, vuelve banales todas las tragedias y cualquiera de los crímenes aberrantes.
Los desastres bélicos, – que hoy parecen surgidos del inframundo -, despliegan un magma ingobernable, que es atizado por las sofisticadas industrias de armamentos. Y los Estados exportadores de esas armas han logrado habituarnos a la violencia de la muerte ajena como si fuese un espectáculo gratuito.
El dieciochesco “contrato social” ha estallado en pústulas. Su texto se ha devaluado hasta prostituirse en ampulosas declamaciones internacionales que apenas graznan para la foto protocolar y el cóctel de ocasión.
Aquel niño afgano que llora su orfandad, esa joven palestina brutalmente mutilada, aquella anciana kosovar aturdida por el exterminio de su clan…no son “Nosotros”. Nunca estaríamos en Kabul, ni en Gaza ni en Urosevac y ello hace que nuestra empatía con esas víctimas y con sus verdugos sea tan tenue, tan remota…tan dolorosamente imposible.
Estamos adoctrinados en la creencia de que cualquier percepción propia es mejor y debe ser bienvenida o aceptada. Y que cualquier percepción ajena es peor y debe ser rechazada, evitada o exterminada.
Tendemos a apreciar -con nuestro grupo de pares- las pautas de seguridad que necesitamos para sobrevivir y enraizarnos, así, en nuestro profundo sentimiento del “Nosotros”.
El rechazo al diferente, al “Otro” con quien nos encontramos todos los días en la calle, en el trabajo, en el ocio o en los medios de comunicación, no está basado en sus características intrínsecas, sino en la irracionalidad incontrolable hacia un igual que muestra características que no son las nuestras: etnias, edades, género, opiniones, hábitos, ocupaciones, costumbres, creencias, opciones sexuales, nacionalidades, niveles socioeconómicos…
Entre “Nosotros” se sospecha –y mucho- de esos “extraños”; los evitamos y los excluimos. Irremediablemente nos aproximamos a ellos a través de tres senderos nefastos: la lástima (una de las hijas bastardas de la empatía), que nos conduce hacia una rígida jerarquización entre los escasos derechos de los “Otros” y nuestros abultados privilegios; la indiferencia (nodriza de la soberbia) que nos empuja hacia la gravísima noción de no-persona y por último, el desprecio (pariente lejano de la ambición) que nos lleva hacia el exterminio de esos “Otros”, irredimiblemente declarados diferentes.
La fantasía, una prima kitsch de la magia, se corporiza en ilusiones masivas percibidas como la única realidad, que es reforzada por justificaciones intangibles a las que nos atrevemos a llamar valores. Son esas ilusiones masivas las que definen, limitan e identifican al “Otro” a quien debemos odiar, sumando a ello la esperanza en el triunfo final – prometido, anunciado, predestinado, irreversible- que, obviamente, es nuestro.
Así, fantasía, odio y esperanza unen al grupo, fundamentan el “Nosotros” y diseñan al “Otro”.
Es en ese contexto, donde nuestra búsqueda del significado de la vida puede convertirse en un laberinto sin salida. El hilo de Ariadna nos confesará que no hay ningún significado obligatorio, compulsivo ni cósmico.
Somos “Nosotros” quienes creamos y evidenciamos su epifanía en cada encuentro con esos “Otros”, a los que descubrimos tan viles, tan dignos, tan sagrados, tan perversos, tan aislados y tan gregarios como “Nosotros”; y en esa identificación tratamos de conocerlos, de perdonarlos y de amarlos.

 

Mario Corbacho. 23 septiembre.

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