LA MENTIRA Y ALGO MÁS

 

“Entre todas las injusticias, ninguna     

es mayor que las de aquellos que,

en el momento en que engaña

a otros, se las arreglan de tal modo,

que parecen buenas personas.”

descargaCiceron- De Officiis, I, 41.

 

María Elena Rodríguez

 

Platón escribía su República en una época aciaga para la democracia ateniense. Los valores democráticos se habían deteriorado entre guerras,  disputas de partido, acumulación excesiva de poder en manos de tiranos y demagogos y una notoria desviación introducida por los sofistas en la dialéctica política.

En ese contexto, Platón fustigaba la falta de ética democrática de esa oratoria, impregnada de ambigüedad semántica y de fórmulas falaces, que trastocaban lo verdadero en apariencias seductoras. Cuestionaba particularmente el fenómeno de seducción que esos artilugios retóricos provocaban.

En la República como en otros de sus diálogos, Platón le hacía decir a Sócrates:…”lo que más dolor nos causa es ser engañados sobre la naturaleza de las cosas, nadie quiere ser engañado, ni dar asilo a la mentira en su alma… la verdadera mentira es la ignorancia que existe en el alma del engañado… a mí me parece que los hombres se ven privados contra su voluntad de la opinión verdadera… están seducidos cuando se los disuade se su propia opinión… Los engañados son aquellos atraídos por el placer o por el miedo… En efecto, todo cuanto engaña parece fascinar”…

             Veinticinco siglos después, en otro momento crucial paras las democracias modernas, el filósofo Alexandre Koyré (1892-1964) reactualizaba la discusión en sus “Reflexiones sobre la mentira” (1943): “Nunca se ha mentido tanto como en nuestros días. Ni de una manera tan vergonzosa, sistemática y constante. Se nos dirá que la mentira es tan vieja como el mundo, o al menos como el hombre: (“mendax ab initio”: mendaz desde el principio) que la mentira política es de todos los tiempos [Pero] en este dominio, la época actual –o más exactamente los regímenes totalitarios- han innovado poderosamente [aunque] no han hecho más que empujar los limites, tendencias, actitudes y técnicas que existían mucho antes… La mentira moderna se fabrica en masa y se dirige a la masa… si nada es más refinado que las técnicas de propaganda moderna, nada es más grosero que el contenido de sus afirmaciones, que revelan un desprecio absoluto por la verdad… Desprecio que asume la inferioridad de aquellos a quienes se dirigen,… el mito es preferible a la ciencia, por eso la retórica se dirige a las pasiones, no a la inteligencia…

            La mentira es un arma. Por lo tanto, es lícito emplearla en la lucha… Transformemos la hostilidad en una enemistad esencial… incrementemos la agresividad entre “nosotros” y “los otros” hasta hacerla total… se verá entonces, abrirse un abismo que ningún lazo, ninguna obligación social podría ya franquear”…

La mentira política, con sus variables y formas como se ha visto, ha hecho carrera a través de siglos, y no puede dejar de interpelarnos en nuestro presente contexto nacional.

La mentira se ha instalado entre nosotros como un fenómeno de proporciones inusuales. Constituye un fenómeno complejo si se lo razona, angustioso si se lo vive. La tensión entre el “Clarín miente” y el “relato oficial” (dando una fórmula abreviada del problema) supone una disgregación grave de los vínculos de conciudadanía y de la posibilidad de diálogo. Un fenómeno que además, altera la noción misma de realidad, amenazada constantemente entre “verdad” y “mentira”. Y, sin duda lo más grave: el fuerte contraste entre la incredulidad y la religiosa aceptación ante la palabra oficial, supera la simple diferencia de opiniones. Más bien parece como si una frontera mental se alzara entre unos y otros. Remite a la diferencia sustancial -señalada por A. Koyré- que separa irremisiblemente una visión de otra abriendo un abismo infranqueable.

La realidad en la experiencia cotidiana de los argentinos queda así, netamente dividida. Hay un entredicho entre lo real/verdadero y lo falso/mentiroso. Y ese entredicho, una vez más, se da a través de la palabra política. Si el discurso oficial, pronunciado en democracia, genera tal situación confusional es legítimo preguntarnos cómo se llega a esto. Y nos parece interesante traer algunas ideas que permiten reflexionar sobre una tríada problemática: palabra-realidad-política.

 

Palabra mágica

 

Según el helenista francés Jean-Pierre Vernant  la democracia ateniense había surgido al cabo de un largo proceso de evolución en la estructura del pensamiento del hombre griego. Hubo un punto de inflexión en el que se desgaja del fondo del pensamiento mágico-religioso y comienza a transitar la reflexión filosófica. La ruptura ocurrió a la caída del imperio micénico. Con ella se destruye para siempre todo un universo espiritual, un tipo de monarquía y un sistema social-religioso centrado en palacio. En aquella soberanía absoluta -análoga a las contemporáneas del Cercano Oriente- el rey centraliza todo el poder: gobierna la vida económica, política, social. Es el rey divino, mágico, de palabra oracular, señor del calendario, dispensador de prosperidad. Toda la riqueza del país está centralizada; la contabilidad y los archivos se llevan en riguroso secreto. Los dignatarios de palacio dependen de su palabra, tienen un vínculo personal de sumisión  al rey; no son funcionarios al servicio del Estado, son servidores del rey encargados de manifestar donde estuvieren, aquel poder absoluto encarnado en el soberano.

Tal poderío real provenía de la concepción mítica  que situaba al rey en contacto directo con los dioses. En este plano de pensamiento, la palabra del soberano es de orden mágico y una función intrínseca a la soberanía.

La palabra expresa sacralidad, es infalible e irrevocable, es “Alétheia”, la verdad misma, que está impregnada de justicia. Una vez pronunciada, la palabra es “realizadora”, instaura realidad. Palabra que prescinde del asentimiento, es una verdad asertórica, toda potencia y acción, posee la potestad del Elogio y la Desaprobación   y se instala con la majestad oracular más allá del tiempo y de las vicisitudes humanas (Marcel Detienne).

Palabra-diálogo

 

El hundimiento del poderío micénico (s. XII a. c.) inaugura una nueva edad: a la de Bronce (la edad mítica y de los héroes) le sucede la de Hierro, en la que se modifican y transforman actitudes psicológicas que llevarían progresivamente al pensamiento racional y a una nueva orientación en la civilización griega.

La época de mutación (S. VIII a VII a. c.) sienta los fundamentos del régimen de la “polis”- la Ciudad- con un nuevo pensamiento que trata de fundar el orden del mundo sobre relaciones humanas de simetría, de proporción, de equilibrio, de equidad. Grecia se reconoce en una cierta forma de vida y un tipo de reflexión, que asegura la secularidad  del pensamiento político. En lugar de la soberanía del poder absoluto concentrado en un personaje único, la democracia ateniense se define por la división en múltiples funciones de gobierno, que debían ser distribuidas y delimitadas entre sí.

Se hace una neta separación entre los asuntos públicos y los asuntos privados; se sustraen los privilegios y procedimientos secretos para colocar las conductas a la vista de todos. La ley de la “polis” exige “rendición de cuentas”, la rectitud se  demuestra en el orden dialéctico. Tanto para la justicia como para la política, la palabra es colocada “es to meson”,

en el medio, el centro, la plaza pública. Se otorga una notable preeminencia a la palabra. Desprendida de la magia, ya es palabra-diálogo, debate entre dos discursos, entre argumentaciones antitéticas.

La política transforma la lucha de la guerra en justa oratoria. El enfrentamiento de grupo e intereses se dirime por la palabra. La cultura griega se constituye ahí, en el debate, y es la regla del juego intelectual y del juego político (J-P. Vernant).

 

Poder de la palabra

 

En el pensamiento mítico hay magia. La palabra está dotada de potencias divinas: Aletheia: la Verdad y la Memoria omnisciente, ilumina, da vida, su oponente Lethé: el Olvido, implica silencio, oscuridad, muerte; Diké: la Justicia, instaura el equilibrio, restaura la armonía; Pistis: la Fé, es la confianza, el compromiso mutuo, la promesa, el juramento; Peithó: la Persuasión, el influjo, el poder que la palabra ejerce sobre el otro; Apathé: el Engaño, la Mentira, involucra duplicidad, malicia; Pseudés: la Falsedad, la apariencia engañosa de la realidad, el simulacro.

Estas potencias “actúan” según la intención y la conducta en el uso de la palabra. (M. Detienne)

El pensamiento retórico y sofístico racionalizará luego ese poder que ejerce la palabra sobre el otro. Transformará el lenguaje en un instrumento, creando técnicas retóricas y recursos de persuasión aplicables en el debate.

Si la sofística contribuyó al desarrollo de la oratoria griega, el discurso derivó en una retórica amañada con sutil malicia. Se proponía la eficacia, prescindiendo de la veracidad.  La palabra promovía la seducción, no el conocimiento de lo real. Argumentos capciosos, fórmulas ingeniosas, apuntaban a tornar verosímil aquello que se intentaba lograr. Prevalecía la idea del más “fuerte”, del “mejor” para obtener lo que deseaba, al margen de la verdad y la ley, “creada por los débiles”.

Platón consideraba a los sofistas “maestros de ilusión” y una “peste para la democracia”.

En el marco de la democracia esa dialéctica que producía fascinación y se conducía con el espíritu de rivalidad más encarnizada, resultaba un retroceso a los tiempos arcaicos, una defección a los ideales democráticos. Se puede deducir en ese retorno a una concepción del poder ya superada, que subsistía una fuerza arquetípica del pensamiento arcaico.

Hoy sabemos que el arquetipo mítico del poder, fundado en la dominación y la sujeción del otro por el poder de la palabra, aún sobrevive. Y no es aventurado pensar que la supervivencia de ciertas formas de poder hegemónico en Occidente, provienen de aquella matriz simbólica de las soberanías arcaicas.

Se ha señalado que en todas las “vanguardias iluminadas” hay mucho de imágenes arcaicas. Y también, que los antiguos mitos de soberanía son susceptibles  de renacer en las formas menos sospechables, por ejemplo en los discursos extremos, revolucionarios, políticos, cuya voluntad creadora se reúne paradójicamente con la palabra mágica. (F. Monneyron-  J. Thomas)

La palabra mágica, creadora de realidad, atemporal, privilegio de un ser excepcional, en contraposición a la palabra-diálogo, secularizada, inscripta en el tiempo, ampliada a un grupo social, parecen ser las dos categorías sustanciales entre los tipos de palabras que atañen a lo político-institucional. Hemos creído de interés este enfoque para traer aquí  la mentira que agita a los argentinos y que se vislumbra como una inédita peripecia nacional.

 

Luces y sombras de la democracia

 

Huelga describir el estado de cosas preocupantes, que involucran a la sociedad argentina en su conjunto.

Sin embargo los indicadores negativos de la realidad cotidiana están ausentes o negados en el discurso oficial.

Como se sabe, la estrategia comunicacional está centrada exclusivamente en el discurso presidencial. Los contenidos y la circulación de información están estrictamente regulados. La circulación permitida se limita a un caleidoscopio de voces, un despliegue de un mismo repertorio de palabras domesticadas, encapsuladas en fórmulas, que no admiten variación ni interrogación.     Es la muerte de la palabra-diálogo

            En este esquema, claramente piramidal, el poder de la palabra adquiere un valor excluyente e irrevocable. De acuerdo con el poder que se adjudica a la palabra, el discurso presidencial ha sido diseñado apuntando solo a impactar en el imaginario colectivo: mito, épica, retórica popular, sofística, propaganda omnipresente. Todo en registro de alta emocionalidad, coacción simbólica y mística fundadora.

La fórmula ha tenido eficacia, ha instaurado una realidad narrada, un relato.

No obstante, acude a un recurso llamativo, hasta enigmático. Y es la elisión u omisión de la realidad pura y dura, la de todos los días, la de las cifras, la de la calle. Los hechos negativos no se nombran. La no-palabra los descorporiza, no existen. Inversamente, aquello que se nombre es lo real.

La palabra presidencial crea realidad y por definición, esa realidad es la verdad. Sin embargo, el empeño  de atar la realidad a la palabra, la vuelve ambigua, evanescente. Las cosas son y no son, están allí y no están, suceden y no suceden al mismo tiempo. La fragata Libertad no está – por un embargo bochornoso-  pero está por el abracadabra de una epopeya de retorno. Un repudiable simulacro ya olvidado.   Es el renacimiento de la palabra mágica.

            El mito es esencia y forma de la palabra mágica: pero el uso- o más bien la explotación- del paradigma heroico y del fundacional (el mito de Origen: “todo empezó en el 2003”, nueva era “después de 200 años”) construido con fines políticos, sólo manifiesta formas simbólicamente degradadas. Es una parodia del mito.

La manipulación consciente vacía todos los rasgos arquetípicos heroicos, que son de orden espiritual y se realizan en la empresa desinteresada. En el héroe mítico no hay ambición personal, sólo el propósito de corregir la fragmentación, los antagonismos, lo que divide –diabolé, para los griegos – restaurando la armonía.

El héroe político moderno se ha vuelto un fin en sí mismo. La construcción del relato recoge materiales míticos dispersos y los emplea según convengan para contar su propia historia. En realidad, tal manipulación lo convierte en un personaje paródico. “Ha nacido de la extenuación del mito… sin poder hallar adentro o afuera, el secreto de una frescura antigua”… decía Lévy-Strauss. La ambición, la desmesura del presente, lo extravía.

La manipulación de lo simbólico puede darse a condición de que exista una vacancia, un vacío, en el ejercicio de la inteligencia y en el de la expresión simbólica. El mito se filtra entonces, por los intersticios del no saber, no entender, no discernir.

Los postulados de la política oficial han sido pocos y formulados con ambigüedad: “las corporaciones”… “las conspiraciones”…  “la inclusión”…  Repetidas con insistencia, las fórmulas son fáciles de retener sin desarrollo crítico.

Se pueden descubrir algunas de las antiguas potencias de la palabra en la retórica presidencial: el silencio, el olvido, la apariencia engañosa de la realidad, el influjo sobre los demás. También el elogio y la desaprobación públicos, dos potencias temibles para los griegos por la incidencia definitoria que podía tener en sus vidas, ha sido reactualizada.

Cabe interrogarnos en qué plano de pensamiento se inscribe “la nueva era progresista” ¿acaso actúa desde los arquetipos de las soberanías arcaicas?

El discurso transmitido en cadena (encadenará voluntades?) usando sofismas tales como, “democratizar la justicia” no sólo confunde a la ciudadanía, hiere el corazón de la República.     Es la oscuridad, el olvido de la democracia.

 

 

 

María Elena Rodriguez Lettieri

 

Para profundizar el tema:

 

  • Platón. República. Buenos Aires: Eudeba, 1985-II, XX 382 b y III, XIX 412 b.c
  • Jean-Pierre Vernant. Los orígenes del pensamiento griego. Buenos Aires: Eudeba, 1986
  • Marcel Detienne. Los maestros de Verdad en la Grecia arcaica. Madrid, Taurus, 1986
  • Frédéric Monneyron- J. Thomas. Mitos y literatura. Buenos Aires: Nueva Visión, 2004
  • Alexandre Koyré. Reflexiones sobre la mentira. Publicado en Renaissance, revista de la Escuela Libre de Altos Estudios. New York, 1943

 

 

         

            

1 pensamiento en “LA MENTIRA Y ALGO MÁS”

  1. Excelente artículo, extraordinariamente relacionado con la temática de la “corrupción”. Transparency International clasificó la transparencia de gobernabilidad en 150 países. En el grupo con “bajas calificaciones” se incluye a la Argentina junto a Senegal, Zambia, Tonga y Bolivia. Debajo de nuestro país figuran: Camerún, Haití, Somalía y Afganistán. Con la mentira, la corrupción sale impune.
    Felicitaciones a María Elena y al Grupo Ayacucho por tenerla como miembro.
    Mario Corbacho.

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