LA ESPERANZA Y EL FUTURO

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Para nadie en nuestro país puede resultar extraña la afirmación de que vivimos un momento de profunda división entre los argentinos, no sólo visible en la pura medición electoral sino, y sobre todo, como una barrera ideológica, social y afectiva que degrada y ensombrece la vida política y hasta el relacionamiento personal de los miembros de la sociedad.  De una manera u otra, hemos llegado a un punto en el que las palabras directa o elusivamente conllevan una carga de resentimiento que parecería preludiar un enfrentamiento de imprevisibles alcances. Es más; no son sólo el resentimiento o el odio los que a veces asoman en las expresiones de conspicuos referentes sociales y políticos de nuestro país, sino que llevan incorporada una clara decisión de desconocimiento, de negación del otro, de un no-otro, y consecuentemente la imposibilidad implícita de la construcción de un nosotros vivencial.

Así entonces, malgrado las opiniones o deseos de algunos compatriotas, asistimos a un momento difícil de la vida argentina,  con un intermedio que tiene fecha de vencimiento el 10 de diciembre del año 2015.  Sobre la base probable de los resultados electorales y suponiendo un cambio en la orientación de las políticas de gobierno, nos parece útil comenzar a pensar en las responsabilidades que asumirán quienes sean elegidos por el pueblo y, factor fundamental, cómo se abordarán los complejos problemas económicos, pero  principalmente sociales que exigirá el encauzamiento de las nuevas políticas.

En nuestra opinión, y tal como se ha señalado reiteradamente, “ la crisis va a requerir políticas de Estado para enfrentarla y consensos mínimos para recorrerla con el menor costo social” .  Y esto no puede hacerse sin reconocer por una parte ciertos éxitos del actual gobierno  y de parte de éste sin dejar de lado su polémica visión del amigo-enemigo, que ha dividido profundamente a la sociedad argentina.

 

LOS  OPOSITORES

 

Es claro que de ningún modo es posible pensar en la unanimidad de criterios, precisamente porque en la esencia de la política subyace la confrontación, no sólo de ideas, sino de valores, intereses y estrategias que dotan de sentido a las acciones humanas;  todo esto sin desconocer la importancia de los factores emocionales sin duda gravitantes en el contexto de la pura racionalidad.

En nuestra inmediata realidad – en los términos y tiempos que hemos señalado, salvo una indeseable agudización que inmediatice la crisis – no se conocen opiniones políticamente válidas respecto a los modos, las formas arquitecturales , los medios que se supone se emplearán, por ejemplo, para contener la previsible reacción social en las calles ante las medidas que la articulación de las nuevas políticas puedan  requerir y que no impliquen una dura y pura represión como única respuesta al malestar social.  Es razonable pensar que en el corto plazo el gobierno actual –generador en buena medida de la situación- está en las mejores condiciones para encarar el problema – tal como lo está haciendo – pero es lógico preguntarse si puede hacer esto solo y , en todo caso, si lo quiere hacer o, saltando el cerco, dejar el campo minado para el gobierno que lo suceda.

Descartando esta última opción, es imposible dejar de pensar más allá de los caminos institucionales disponibles, en los recursos necesarios para contener y satisfacer ya las justas exigencias de una buena parte de la sociedad que ha quedado al margen de las condiciones de una vida digna , no obstante los cuantiosos fondos estatales destinados a   darles cobertura  asistencial.

Es en este sentido, sin embargo, que resulta más notorio el estruendoso silencio propositivo de las fuerzas políticas sedicentemente opositoras al actual gobierno.  Es necesario pero no parece suficiente como programa político, repetir hasta el hartazgo las frases que dicen de las carencias en infraestructura, educación, déficit fiscal, combate al narcotráfico e inflación, y mucho menos batir el parche de la cotización del dólar, más allá de la devaluación realizada y el costo social de la misma.  Lo que está en juego , y la permanente iniciativa gubernamental así lo marca, es un modo, una forma de ejercer el poder que sobre la base cierta de un  triunfo electoral que se supone eterno, arrincona la acción de los opositores hasta el límite de la complicidad. Contrariamente,  lo que el pueblo requiere, exige, de aquellos que lo representan y gozan del calor del voto popular, son ideas y proyectos concretos –si es que los tienen – que se difundan debidamente y digan con claridad cómo habrán de enfrentar las complejidades socio-económicas, políticas e institucionales que les correspondería encarar en el hipotético caso de ser gobierno.

No sólo qué hacer, sino cómo hacerlo.

 

LA  DEMOCRACIA  INCONCLUSA

 

                  Es relativamente fácil criticar políticas ajenas desde la comodidad que permite la lejanía del poder. Otra cosa, por cierto, es abocarse a resolver problemas concretos que requieren no sólo conocimientos técnicos sino, y sobre todo, poder político, audacia en la gestión y control de la calle, dicho esto en los términos explicitados entre otros por Ernesto Laclau y Gianni Váttimo.  Es más;  como lo afirmaba un conocido politólogo compatriota nuestro, considerar “la relación ya no partidos-Estado, sino movimientos sociales-Estado”.

No puede negarse que para muchos argentinos el momento actual no es más que el reflejo de la correlación de fuerzas actuantes en el escenario nacional;  para otros, no es más que la imposición de una democracia autoritaria que niega las formas fragmentarias, discontinuas y diversas del quehacer político, forzando así un discurso hegemónico e inalterable y entonces discriminador. Después de 30 años de ejercicio casi pleno, podría decirse que vivimos una democracia inconclusa, debatiéndonos en lo que se ha definido como la alternancia entre presidencialismo absoluto y presidencialismo impotente.

Cierto es que frente a una crisis anunciada el gobierno nacional ha tomado algunas medidas económicas y financieras  que parecen responder a requerimientos hechos con anterioridad por algunas voces opositoras, no obstante lo cual y por su propio origen , de ninguna manera eximen de responsabilidades a quienes deben responder a las exigencias de una democracia entendida en totalidad y que  en consecuencia exige seriedad, honestidad, y compromiso conceptual y vivencial en aquellos dirigentes que aspiran a ser la alternancia al gobierno de turno. En este orden de cosas, en un libro que recoge algunos de sus trabajos y que editó bajo el sugerente título de VIVIR  PARA  LA  REPÚBLICA, el maestro del Derecho ,Mario Justo López nos decía que  “…es necesario quienes estén dispuestos a pensar y hacer. Hace falta antes que nada, protagonistas.  Y protagonistas idóneos…sentido creador y arquitectural.  Sentido de originalidad y no de imitación servil. – lo que implica la búsqueda del propio e intransferible modelo-; sentido de actualización –lo que implica ponerse a la altura de la hora; sentido de armónica integración,-lo que implica unir en la acción colectiva al conjunto de hombres y mujeres de carne y hueso que viven, sufren y esperan en la tierra argentina”.  Nada más cierto.

Precisamente por eso en nuestra actualidad la oposición, podríamos decir con más certeza los opositores, tienen una deuda moral y política con el pueblo argentino.  Si en realidad tienen voluntad de poder en el sentido de ser alternativa viable a la actual política, tienen la obligación de hacer conocer con detalle y a través de acciones concretas sus propuestas específicas para los temas más candentes , pero también para aquellos que requerirán del largo plazo por la complejidad operativa que exige su realización.  Sobre todo porque no deben negarse políticas acertadas y positivas puestas en acción por el gobierno actual y, en consecuencia, de la necesidad de ser proactivos y superadores en las propuestas electorales que se hagan a la población, en las que más allá de las diferencias propias de los partidos, se vislumbre la búsqueda afanosa de un nosotros que nos identifique.  En otros términos, un proyecto mayor articulado y sostenible en el tiempo, política, social y económicamente, algo por cierto difícil de lograr con un pueblo escindido profundamente en sus pertenencias políticas y con múltiples instituciones en crisis, que algunos presumen terminal.

Tan cierto como que “ninguno está preparado para gobernar antes de tiempo”, respetando absolutamente los plazos y las responsabilidades constitucionales, asoma la oportunidad de buscar y crear consensos superadores que, sin negar las dificultades de la hora sino más bien reconociéndolas, apunten a la unidad de esfuerzos en el camino de la reconciliación y el progreso social.  Se ha dicho ya que ni la libertad ni la democracia –mucho menos la igualdad – se consiguen de una vez y para siempre, sino que requieren del trabajo diario, inteligente y comprometido de toda la sociedad en la defensa de valores que le son consustanciales.  Tanto es así que estamos persuadidos de que  la democracia no será plena si dentro de sus amplios cauces no están representadas e incluidas vitalmente las voces opositoras, la práctica del diálogo y la probabilidad cierta de una alternancia que, en conjunto, enriquezcan los contenidos profundos del sistema.

 

Por nuestra parte, pensamos el futuro con esperanzas sabiendo que sin esperanzas no hay futuro.

 

Jorge  Marasco

Abril de 2014.

 

2 pensamientos en “LA ESPERANZA Y EL FUTURO”

  1. El tránsito por la vida republicana es un cotidiano esfuerzo en el que debemos entrenarnos desde las salas del jardín maternal.
    Las políticas educativas están ausentes desde hace decenios. Idéntico diagnóstico merecería el ámbito de la justicia, de la salud pública, de las relaciones internacionales, de la política impositiva, entre otros no menos carentes de brújula.
    Oficialismo y oposición son apenas dos roles temporales a quienes debemos exigirle servir al Soberano, que es el pueblo. O sea, cada uno de nosotros.
    Mi especial agrado por estas reflexiones del amigo Jorge Marasco en horas tan difíciles de nuestra República.

  2. Los ideales movieron al mundo. Sin ellos no habría utopías, ni religiones, ni artes. Nuestro autor apela fuertemente a la responsabilidad de quienes debieran proponernos un programa que reorganice el país y nuestra propia identidad como país. Un trabajo que llega a la hondura y convoca a encarar los desafíos que deben asumir los políticos, los comunicadores y la totalidad de los dirigentes. Oportunistas y demagogos, abstenerse.

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