Japón, una mirada

La civilización y  el planeta  entero transitan  momentos culminantes.  Las cifras del Japón son sobrecogedoras: miles de personas han muerto y otras decenas de miles han desaparecido a causa del terremoto y el tsunami del viernes 11 de marzo.

A esta tragedia se añade algo peor. Se estaría al borde de otra crisis,  de consecuencias impredecibles, a casusa de la probable fusión nuclear de los reactores de una central atómica.

Apenas transcurrieron pocas horas de los sucesos y se ha tenido que evacuar a casi un millón de personas y distribuir más de 200.000 unidades de iodo. Dos de las centrales dañadas se hallan respectivamente a 150 km y a 250 km de Tokio, lo que podría generar un éxodo que implicaría a millones de personas, sin mencionar los efectos devastadores en la naturaleza.

La catástrofe japonesa debería conmover profundamente nuestra existencia al punto de preguntarnos, si además del triunfalismo de la globalización, la revolución tecnológica y el progreso científico, no sería necesario al mismo tiempo una mirada más penetrante y abarcadora sobre nuestra propia conciencia, en un momento histórico que ha convertido a la imagen, la especulación y el éxito efímero en soberanos del destino humano. Una tendencia extrema que transforma al mercado en fetiche, al dinero en ídolo y a lo sagrado en  distracción.

Hemos olvidado que somos solamente una parte de la totalidad de la vida y que estamos comprendidos por  el desarrollo y evolución del  conjunto del universo.

La técnica y el progreso económico como paradigmas fundamentales de la época han sobrepasado los límites. La propia estabilidad de la tierra, del agua y del aire-elementos que las cosmologías consideraron parte de las condiciones de posibilidad de la  vida- han sido irreversiblemente alterados. El brutal corrimiento de los valores, la desacralización de la cultura, la crisis que afecta al alma humana y en suma-la ausencia de trascendencia y de sentido- nos han llevado  a un punto crítico.

No se trata de considerar a las catástrofes naturales como castigos o acciones de dioses vengadores de las conductas humanas. El fundamentalismo analítico oscurece el entendimiento. El universo entero es movimiento, nacimiento y destrucción creativa.

Sin embargo el lugar que hemos alcanzado como evolución humana, el desarrollo vertiginoso de las máquinas y de las herramientas;  la velocidad de los cambios, la acumulación descontrolada  de riqueza, la violencia sobre los ecosistemas  y sobre todo,  ese sentimiento ilusorio de inmortalidad que sobrevuela nuestra cultura, exhibe de modo cada vez más frecuente y de manera cada vez más catastrófica, una peligrosa tendencia hacia la autodestrucción.

Estamos en un punto de inflexión, en un momento de la historia que nos debiera incitar a mirar hacia lo alto, que al decir de Holderlin, equivale al mirar profundo;  a buscar en la hondura del espíritu aquellos valores primordiales que anunciaron los maestros, las grandes religiones, las utopías.

El hombre como un todo, en este instante crucial de su existencia, necesita detenerse, mirarse hacia dentro, y reconstituir el sentido que lo define como humano.

Conocerse a sí mismo, era la ocupación central de los clásicos, y estaba escrito en las paredes de Delfos como una máxima rigurosa. Esa enorme sabiduría trasladada a nuestro tiempo vuelve a instalar la urgencia de comprender al otro, respetar las diferencias y atrevernos a modificar sustancialmente nuestra relación con la naturaleza  y entonces que el simple acto de caminar por  el suelo de la tierra y respirar su aire sea un placer vital y no una pesadilla.

Expresamos nuestra completa solidaridad con los hermanos del Japón que sufren esta impresionante tragedia, y a la vez afirmamos la exigencia de que el cambio desde uno mismo,  se  proyecte hasta lograr una radical transformación ética que supere la actual indigencia de las estructuras políticas, económicas y sociales en el mundo.

Lamentablemente sólo a partir de una inmensa desdicha, pareciera que nos acercáramos a comprender la  amenaza sin precedentes que conmueve  a la especie humana.

No pensamos que las declaraciones o las palabras cambiarán las cosas. Pero al menos tomemos conciencia.

Buenos Aires 15 de marzo.

 

Jose Seco Villalba