HOSPEDAR A LA MUERTE SIN MORIR EN EL INTENTO

 


La República transita hoy por senderos de altas cumbres.

Los paisajes prometidos son embelesadores, aunque la cotidianeidad de la marcha nos produzca soroche.

Con tanto coreuta disidente, es extremadamente alentador que, desde el Congreso dela Nación, se haya consensuado el reconocimiento del derecho que nos asiste a los argentinos para decidir soberanamente sobre nuestras vidas, por encima de pretendidas racionalidades jurídicas o médicas.

La dignidad de muerte ha abandonado el páramo de los anhelos. La hemos radicado en la esfera de nuestros compromisos ciudadanos.

La reciente sanción de la ley (9 de mayo de 2012) es una amable invitación para hospedar a la muerte, en un contexto que la rechaza, la niega y le teme.

Por esta estrecha  y árida vereda, vamos yendo de la aceptación pasiva de lo que se hará con nuestros cuerpos y sin nuestro consentimiento, hacia el coraje de asumir el riesgo de anticiparnos a la muerte, mediante nuestra activa y libre colaboración con el destino.

Esa autonomía del paciente –hoy legitimada en la ley- deberá ser respetada y dignificada hasta su límite.

Es probable coincidir en que tres complejidades están perfilando una nueva época histórica en  nuestro país y en el mundo:

  • El cambio axiológico y tecnológico de las últimas décadas, creciente y acumulable.
  • La responsabilidad que nos incumbe ante las generaciones futuras, como miembros racionales de una misma especie en evolución.
  • El impacto exponencial de cada una de nuestras decisiones y omisiones personales y comunitarias, de cara a este segundo decenio del siglo XXI.

De la amplia gama de diagnósticos que van poblando nuestra medicina occidental, el de muerte, es el que se producirá, indefectiblemente, en cada uno de nosotros. Las denominadas “tanasias”, – esto es, las diversas formas en las que atravesamos la fase final de nuestra vida humana-, están urdidas en una intrincada trama de aspectos e intereses bioéticos, económicos, educativos, jurídicos, médicos, políticos, artísticos, psicológicos, religiosos y antropológicos.

 

 

Nuestro ancestral miedo a “enloquecer”, nos confronta con el interrogante de ¿quiénes somos en realidad?; ¿valemos solamente cuando somos capaces de pensar, de sentir y de actuar racionalmente y con la cordura esperada?, ¿subsiste algo más profundo de nuestro ser, cuando todo eso externo y mensurable sucumbe y se aniquila? En última instancia es indispensable interrogarnos ¿hasta cuándo nuestros prójimos contemporáneos nos definen como personas autónomas, como sujetos con derechos y con capacidades de decisión?

La probabilidad cierta de mantener al cuerpo humano con vida, mas allá de los límites que eran impensados hace solamente cincuenta años, ha ido promoviendo una vehemente polémica, agigantada por intereses mediáticos y económicos detectables.

Los costos económicos, jurídicos y políticos de las innovaciones de la tecnomedicina, plantean crecientes interrogantes abiertos, en un planeta que no cesa de declamar a la Justicia Social como criterio irrenunciable de comportamiento universal desde la segunda postguerra europea. Esa tecnomedicina en auge, es hoy el campo de intersección de la biología, de la electrónica, de la informática, de la ciencia de los materiales y de la física nuclear. Los recientes avances sobre la química del cerebro siguen alcanzado una promovida difusión en la prensa internacional.

La medicina de sustitución está en condiciones de ofrecernos músculos, laringes, esfínteres, nervios, piel…Se conectan corazones, hígados y riñones; se implantan prótesis sofisticadas, productos de alta tecnología en el oído medio y en el cristalino. Se rehacen huesos y se invade con menor agresividad el cerebro del  esquizofrénico, el corazón del cardíaco o el embrión humano. Respiración asistida, hemodiálisis, hidratación, reanimación cardíaca, crioconservación de cuerpos o de parte de ellos y manipulación genética, son aportes diarios de las ciencias aplicadas a la vida.

El hospitalocentrismo y la excesiva medicalización son tendencias urbanas occidentales, que crecen con el ritmo de aumento de las enfermedades crónicas degenerativas. La supervivencia de diabéticos, hipertensos, arterioescleróticos, cardíacos, cancerosos o insuficientes renales de más de setenta años, se garantiza solamente a través de ciertos servicios de salud altamente especializados y costosos.

Existe un amplio consenso sobre las ventajas del uso de algunas tecnologías para alargar la vida humana. Junto con ello se visualizan, también, las enormes cargas sobre el sistema sanitario de cada jurisdicción. Surgen los interrogantes incómodos: ¿cuánta enfermedad, cuánta discapacidad, cuánta senilidad puede permitirse una determinada comunidad?, ¿cómo, por qué y hasta dónde ampliar esos márgenes, sin introducirnos en el denostado “ensañamiento o furor terapéutico” que dilata la agonía sin resolver la calidad de vida?

Para nuestros antepasados hubiese resultado un sinsentido preguntarse: ¿es posible que la gente viva demasiado tiempo?

Hoy, todas esas preguntas fastidiosas están entre nosotros.

Desde el ámbito de la economía –institución axial desde la modernidad-, claman voces que nos indican que debemos enfrentar el dilema:

  • O imponemos límites a los recursos que se proporcionan para que continúen viviendo los adultos decrépitos, los discapacitados profundos y los enfermos terminales o
  • Nos resignamos a que otros grupos vulnerables vean reducidas sus escasas posibilidades de acceder a esos recursos.

 

En el marco de la defensa de los derechos ciudadanos:

  • ¿es éticamente aprobado negarle a un anciano terminal o a un enfermo deshauciado, las tecnologías médicas que estén ellos dispuestos a pagar o el Estado benefactor a concederles?
  • ¿hay un límite óptimo de longevidad o de capacidad para los seres humanos?
  • ¿hay una frontera detectable donde la discapacidad, la enfermedad o el deterioro físico y psíquico sean incompatibles con nuestro concepto de “ser humano”?

Seguramente que cuestionamientos éticos se han hecho presentes en las comisiones parlamentarias, preparatorias de la ley recientemente sancionada:

  • la moralidad de la interrupción de la vida artificialmente prolongada, contra la moralidad de continuar con esa situación vital.
  • la moralidad de considerar la aplicación de tratamientos extremadamente costosos, invasivos y superfluos, contra la moralidad de considerar los precios de esos tratamientos, poniendo en grave riesgo la continuidad de esa vida.

La muerte ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX, un  profundo proceso de profesionalización administrativa. Ello la ha burocratizado, le ha quitado pasión, la ha higienizado…la ha mercantilizado. Se ha tornado en una enfermedad a la que –todavía- no se le puede prevenir ni curar. Por lo tanto, la “amortalidad” es concebible.

Esa “gran igualadora” según la cantan los poetas, está insinuada ahora como una construcción social e histórica. Se ha instituido el derecho constitucional a morir con dignidad, esto es: a  rechazar ciertos tratamientos y asumir plenamente las consecuencias de tal opción, determinando claramente quién es el titular de ese derecho.

Lejos de igualar a los hombres, la muerte como construcción social e histórica, confirma las diferencias de estrato en la distribución de los bienes y servicios escasos. Diagnósticos, tratamientos, higiene mortuoria, categorización de rituales, calidad de la simbología fúnebre, segregación topológica y sectorización de los cementerios y un generoso etcétera adecuado a cada tiempo y lugar, son pruebas irrefutables de esa desigualdad milenaria.

El proceso de morir depende –en gran medida- de la decisión médica de aplicar, de restringir o de impedir alguna de las tecnologías nuevas sobre el cuerpo del paciente. Eso hace que la manera tecnológica de morir sea más compleja, onerosa e incierta que el modo tradicional de dejar de vivir. Ese proceso es un producto del orden social, una construcción socialmente impuesta por las ciencias médicas, por la economía y por el derecho.

Es en este especial contexto – apenas delineado en estas líneas -, en el que propongo el concepto de: autogestión de la propia vida y de la propia muerte.

Una actitud permisiva en exceso hacia la eutanasia, aumentaría necesariamente y en forma imperceptible, la tolerancia hacia el crimen, desdibujándose los sutiles y confusos límites entre sus múltiples categorías: eutanasia pasiva, activa, consentida, involuntaria, indirecta, sedación terminal, suicidio médicamente asistido, homicidio piadoso… Se suma a ello, la extremadamente peligrosa manipulación del concepto “utilidad social del paciente”, que es merecedor de una exposición particular. Ingresamos allí en el resbaladizo tema de la oposición entre:

  • la vida netamente biológica, extendida por medios tecnológicos de sofisticación creciente y
  • la calidad de vida presente y futura, en la percepción de cada paciente

En la legislación sancionada –que deberá reglamentarse a la brevedad-, subyacen algunos principios tácitos que intento explicitar:

    1. El paciente es siempre y sobre todo: un ser humano, esto es un agente moral autónomo, con valor en sí mismo.
    2. Por ello puede y debe decidir sin influencias ni presiones, basando su acción, su sentimiento y su pensamiento en la libertad, como valor supremo del hombre.
    3. La dignidad y el respeto, incluyen la calidad de vida, esto significa reconocer que para cada paciente no toda forma de sobrevivencia puede tener idéntico valor y es él, en posesión de sus facultades y de su voluntad y con la información adecuada, quien decidirá sobre cómo, cuándo y dónde vivir la última etapa de su existencia.

Sobrevuelan aquí otros interrogantes.

¿Puede haber atisbos de libertad para elegir cómo, cuándo y donde morir, cuando se evidencian múltiples obstáculos para lograr una asistencia sanitaria y una atención médica de calidad?. O cuando son escasos o nulos los soportes familiares y afectivos de muchos pacientes en situación extremadamente vulnerable. O cuando un endeble sostén económico, jurídico y administrativo les impide cualquier tipo de internación hospitalaria decente?

Para balbucear respuestas a tales requerimientos, cada uno de nosotros como ciudadanos libres de esta sociedad en transición, deberemos atender a nuestros murientes  en su globalidad. Procurar no olvidar ninguna de sus dimensiones, ya que en general, la alternativa no está dada entre la vida y la muerte, sino entre dos modalidades opuestas de muerte: una digna, buscada y aceptada; otra, lenta, degradante y superflua.

Para la pronta aplicación de la reglamentación de la ley sancionada, un primer paso debería estar dado por la redimensión de la enfermedad, de la discapacidad y de la vejez, asumiéndolas como contingencias humanas de nuestra vida cotidiana y también por el intento paulatino de reintegrar a la muerte en los ámbitos de nuestra cultura hedonista, planteándola como un tramo clave del misterio de la vida humana, que debe continuar siendo objeto de investigación científica.

Una segunda etapa se formalizaría en  dirección a los estudios de las ciencias aplicadas a la salud y al derecho, para lograr que en esos claustros académicos se tengan conocimientos tanatológicos, que incidan en actitudes más realistas y menos omnipotentes por parte de sus estudiantes, sus docentes y sus profesionales. En especial, recordarles serenamente a los médicos y a los futuros profesionales de la salud, que la paradoja de su oficio sublime consiste en ganar mil batallas y perder el último combate …Y eso, porque han elegido ser timoneles de la derrota final. Mientras tanto, debemos alentarlos en nuestra navegación común.

Por último, será imprescindible propiciar la perenne invitación al diálogo, asumido racional y democráticamente, sobre la libre administración del supremo encuentro del hombre con su propia muerte. Ese supremo encuentro es trascendente, y no solamente en el sentido metafísico, sino en el sentido de transponer ciertos límites impuestos por la banalidad de nuestra vida cotidiana.

Es una invitación, también, a ejercitarnos en la aceptación de aquello que vendrá, ineludiblemente, hacia nosotros. No quebrarnos. Dejar sí, que se quiebren aquellas ilusiones que nos hemos construido acerca de la vida, y convivir – imperfectamente – con nuestras finitudes y limitaciones.

Aprenderíamos así a contemplar, por fin, a nuestro propio yo que se extingue.

Creo profundamente con Goethe, en que “la obra maestra del hombre es perdurar” y en que el porvenir de nuestra especie milenaria se encuentra en aquellos miembros lúcidos que ofrezcan a las nuevas generaciones, razones para vivir y razones para morir.

Esto es: invitarnos a hospedar a la muerte, sin morir en el intento.

Mario Corbacho. 4 de junio

 

2 pensamientos en “HOSPEDAR A LA MUERTE SIN MORIR EN EL INTENTO”

  1. Te asiste razón Silvia F.
    Toda expresión de pensamiento es tenmeraria.
    Los presupuestos son limitados (por eso son presupuestos). Es decisión
    moral (y consecuentemente política) indicar en qué se gastan los recursos
    escasos. Posiblemente estemos atosigados de discursos con moralinas
    multicolores y es responsabilidad de los intelectuales hacernos preguntas
    molestas que craquelen la hipocresía centenaria. Discrepo contigo en que
    los comentarios sean ligeros…coincido en que son peligrosos…Y la
    prueba más evidente de ello es tu participación inteligente en la lectura
    crítica del texto.
    Gracias por tu comentario.

  2. Dice el trabajo: “O imponemos límites a los recursos que se proporcionan para que continúen viviendo los adultos decrépitos, los discapacitados profundos y los enfermos terminales o nos resignamos a que otros grupos vulnerables vean reducidas sus escasas posibilidades de acceder a esos recursos” Pregunta:¿ no son afirmaciones temerarias, próximas a la selección artificial de los seres humanos? Pareciera que hay cierta peligrosa ligereza en los conceptos planteados.

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