Historias del Sur (Arturo ña ruka)

(Arturo ña ruka)

Llegamos al  aeropuerto de Neuquén el primer día de 2012, a media tarde. Inés retiró el cochecito alquilado previamente a su nombre, con el que habíamos decidido darnos una vuelta por los lagos del Parque Nacional Lanín, en un abigarrado periplo.

Velozmente dejamos atrás El Chocón en las primeras horas neuquinas, en pos de Junín de los Andes y el Chimehuin; al día siguiente estábamos rumbo al lago Huechulaufquen. Primer premio a tanto atrevimiento automovilístico fue encontrarnos con el marco maravilloso del volcán Lanín imponiéndose majestuoso y sagrado ante nuestros ojos.

Día más tarde, descansábamos en Villa Pehuenia, a sólo diez km de Chile, mil doscientos metros sobre el nivel del mar, en pleno lago Aluminé.

La sequía había transformado el polvo de los caminos de ripio en una sustancia similar al talco para el cuerpo; éramos una pareja con ruedas y formato automovilístico de adobe, decidida sin embargo a abandonar sus hábitos de neurosis metropolitana, con votos cuasi religiosos de recuperación física. Así comenzamos a lograr que se nos impusiese la geografía de Neuquén. En lo personal, siento que es un territorio espiritualmente asimétrico, con una arritmia marcada entre las luchas de sus maestros (Fuentealba), la ferocidad de la policía neuquina, las revueltas populares desde siempre (Plaza Huincul) y por otra parte, la serenidad y belleza del paisaje. Algo mágico oculta y ondula el viento entre las araucarias, evocando historias eternas que se explican en la naturaleza de los ríos, los bosques, los Andes y el cielo a la mano. Pero detrás de la belleza y armonía de la naturaleza, se puede intuir que ésta no es bondadosa, y en algunos casos puede mostrar una perpleja crueldad.

Después de instalarnos en la hostería “Al paraíso” de la zona, decidimos excursionar  hasta las lagunas que hoy son administradas por la comunidad Puel de los mapuches: el Quechu Lafquen o “Cinco Lagunas”.

Fue así que un mediodía de enero, detuvimos el automóvil ante una barrera rústica operada por un joven mapuche de gorra y bombacha que nos entregó un mapa en papel reciclado, explicándonos que era mejor descender y recorrer a pie los tres o cuatro kilómetros que nos separaban de las cinco lagunas. Era una perspectiva saludable y nos permitiría disfrutar la caminata entre árboles y bosques milenarios.

Fue en la cuarta laguna cuando luego de una caminata a luz plena del sol de enero, nos hallamos frente a un paisaje singular: el lago, y en su orilla una planicie en donde estaba enclavada una construcción típicamente mapuche. El viento bailaba alegre entre las maderas de la construcción, donde alguien había clavado una madera pintada:“Arturo ña ruka”, “La casa de Arturo”.

Inés se había adentrado en las orillas del lago, e inquieta marchaba distraídamente por los alrededores, cosechando multitud de abrojos que habían decidido acompañarla en su veloz caminata.

Mientras la observaba distanciarse, volví mi vista hacia el trozo de pehuén con la inscripción en colores: esa afirmación del territorio, el nombre de la casa y de su morador, me llamó la atención.

En esos días había leído el último libro de Guillermo Saccomanno: “Un Maestro” escrito en primera persona con el relato testimonial del “NANO” Balbo, docente, pedagogo y militante del Peronismo de Base. La lectura de su vida y desvelos, enhebró la militancia del Nano y la historia moderna de los mapuches, a los que ha dedicado no pocos esfuerzos docentes.

Inés fogoneó los viajes relatándome incansablemente historias acerca del origen de los distintos pueblos araucanos y su peleas con los pampas; el mate a bordo del autito, la charla perfumada por el aroma de las araucarias y el olor a pino del cabello de mi compañera, hacían esos relatos por demás agradables, tal vez por la similitud permanente en mi corazón, con el mar y la navegación a vela.

Maravillados con el paisaje coronado en todos los desniveles por la mítica araucaria avanzamos con Inés aspirando el aroma embriagador del sur de nuestra patria.

Mi asma obstinante me impide seguirle el ritmo de marcha, pero también me aísla en marcha en diversos planos diferenciados del paisaje, expresado en lenguajes de pájaros, semillas, nubes y cielos y que se impregna en nuestros sentidos, formando parte de nuestros pensamientos, latiéndonos en la sangre y en el corazón.

Cuando regresamos de la excursión y las caminatas por los cinco lagos, le pregunté al paisano mapuche de la entrada, cuando volvería el dueño de “Arturo ña ruka” o que había sido de su vida.

-“Arturo murió hace tres años”– me respondió con gravedad.

Guardé silencio: en mi interior la historia de Arturo me había convocado, sin darme cuenta, y mi corazón me estaba pidiendo las explicaciones que mi racionalidad no se atrevía siquiera a suponer.

Cuando volvimos a la posada, le comente el suceso a la dueña del lugar. Me miro fijamente y me amplió para mis cuadernos de tristezas militantes, la historia de “Arturo ña ruka”; Arturo Barra, tal su nombre “huinka” (cristiano), se había suicidado víctima de los estragos del alcohol.

Sin que lo supiésemos, su historia formaba parte del camino obligado hacia nuestra habitación en la hostería; no había reparado en las fotografías que adornaban la estrechez del pasillo, pero allí estaba la fotografía de la madre de Arturo que nos sonría amplia y confiadamente con su rostro cobrizo, desde la eternidad de la placa instantánea, formando parte del rompecabezas que comenzaba a armar.

En la otra pared, la madre de Arturo Barra tejía de espaldas a la cámara, en un telar egresado de las nubes de los tiempos, con su lanzadera enhebrando las delgadas lanitas del destino.

Pero había una tercera foto, al final del pasillo antes de la puerta de nuestra habitación. Con Inés nos acercamos en silencio, el que mantenemos en las cuevas, ermitas o  iglesias sólo habitadas por la eternidad. Miramos una serie de fotografías enmarcadas, que mostraban la misma casa que vimos en el lago, con un paisano de anteojos, barba incipiente y sombrero de fieltro y no más de 45 años, haciendo un asado, sonriente. Trasuntaba esa bondad de los que nada tienen salvo la humilde riqueza de su propia vida. Observamos conmovidos las placas que agrupadas en el cuadro: ese Arturo Barra que sonreía desde sus anteojos con timidez –escuchamos el relato de la dueña a la distancia-  había sido víctima como tanto de los paisanos mapuches, del alcohol, esa ensoñación de los pobres que los transforma en jinetes de aquellos sueños que nunca podrán cumplir ni cabalgar sino aletargados, pero sí alejándolos definitivamente de sus penurias cotidianas, cuando se desbocan los demonios de la noche…

Habían pasado tres años desde que Arturo Barra se suicidó en esa casa que vimos juntos y que mostraba la fotografía, en un gesto único de afirmación de su dolor, de su humanidad frente a  esa soledad que me había buscado como relator.

Esta extraño constelación de causalidades me mostró en contrapunto la historia de Orlando Balbo y de Arturo Barra, el exilio interior y su resolución en cada caso, mostrando la necesidad de recuperarnos en nuestra memoria popular completa, agregando a los muertos por causa de la aplicación del genocidio liberal, instrumentado en la infinita desagregación de un pueblo hasta reducirlo a las individualidades que lo componen.

El testimonio de Orlando Balbo me ayudó a la comprensión racional de  Arturo Barra y la necesidad urgente de inclusión de los más desvalidos y carentes.

Esa inclusión se logra con educación, no sólo con planes y subsidios.

El Nano es un ejemplo de esa militancia pedagógica: discípulo directo y dilecto de Paulo Freire, volcó su esfuerzo a la enseñanza. Fue  torturado, detenido y echado del país por la dictadura militar por el pecado de haber sido el maestro de una nueva pedagogía, fuera de los cauces burocráticos o universitarios para la enseñanza a los oprimidos y marginados que no pueden seguir un programa, porque la vida tiene una programación propia ajena a los devaneos burocráticos desde el ministerio de turno o al cumplimiento irreductible de las premisas educativas estampadas en los programas de educación corrientes y esclavos de las paritarias docentes.

Desgraciadamente, como el mismo Balbo biografiado por Saccomanno reconoce, los mercachifles han penetrado con su carga de alcohol para los Arturo Barra, o de paco para los pibes de las villas, o de cocaína para los jóvenes de las clases urbanas, aún aquellos que desesperadamente tratamos de incluir en procesos culturales, políticos y sociales.

Y es ahí donde la figura de Arturo Barra y su “Arturo ña ruka” deviene un landmark, una frontera que no se puede transgredir y que por el contrario es punto de partida y origen: la dignidad humana.

Esta dignidad encuentra su cauce y fuente en la memoria, y en la reparación de las ofensas al tejido social, aún aquellas que como en el caso de los pueblos originarios, vienen desde el fondo de la historia. Sólo satisfaciendo esta necesidad imperiosa del pueblo florecerán mas Aimé Painé con su canto mapuche, y dejaremos de llorar a todos nuestros muertos en la búsqueda de justicia y dignidad.

“Arturo ña ruka” es entonces un faro, que nos muestra las restingas, las piedras de nuestra navegación por el futuro.

Porque así concebido el Faro “Arturo ña ruka” es punto de advertencia, de llegada pero también de evitación, de salida para considerar al otro como parte del mí mismo, de todas sus potencialidades, de todo el amor que nos espera allí nomás al final del pasillo.

Es la esperanza y el deseo que eché al viento, en una oración laica, frente al Lanín, al Copahue y al Domuyo, esperando que esos volcanes –verdaderos ojos de la Tierra- escuchasen mi plegaria.

Carlos Berini

Villa Pehuenia, Neuquén.

Enero 10 de 2012  

3 pensamientos en “Historias del Sur (Arturo ña ruka)”

  1. Tuve el placer de atenderle en mi PARQUE TEMATICO DE LAS ARAUCARIAS en Moquehue, a escasos 15 kilometros de ARTURO ÑA RUKA. Ahora comprendo porque debajo de las acacias estan todas las respuestas. Igual que los mensajes enviados por los seres de la cuarta dimension debajo de mis amadas araucarias. Arturo es el grito ahogado, interno, de los presupuestos de educacion casi por debajo de un digito.
    Saludos cordiales. Excelente narrativa, con derroche de metaforas.
    daniel carro. PARQUE TEMATICO DE LAS ARAUCARIAS
    Moquehue – Neuquen

  2. Excelente relato, muy conmovedor. Felicito al autor por su capacidad para poner en palabras hechos que se repiten (lamentablemente) con otros nombres a lo largo de nuestro país.

  3. Un par de reflexiones tomadas de diferentes culturas.

    Un hermano es otro uno mismo.(Pitágoras).
    Yo soy otro tu. (Saludo Maya).

    El trabajo es un contundente relato sobre cómo plantear la cuestión del humanismo y la fraternidad.Simple y claro.

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