HABLAR Y ESCUCHAR: la pulsación vital del diálogo


 Por María Elena Rodríguez

Grande es el misterio del lenguaje; la responsabilidad ante un idioma y su pureza es de calidad simbólica y espiritual; responsabilidad que no lo es meramente en sentido estético. La responsabilidad ante el idioma, es en esencia, responsabilidad humana”

 

Thomas Mann

 

        

El mensaje que el escritor alemán dejara en un tiempo y circunstancias ya lejanos, recobra actualidad y ofrece un buen punto de partida para reflexionar sobre el uso de una lengua.

La reiterada apelación al dialogo que se ha instalado entre nosotros invita a pensar en las palabras con las que creemos entendernos. Pero, ¿con cuales palabras nos entendemos o nos confundimos?

Con frecuencia las palabras parecen dislocarse en una babel dentro de nuestra misma lengua.

De manera muy sucinta –y sorteando no pocas teorizaciones lingüísticas- el fenómeno babel halla explicación en el hecho de que una lengua es mas una actividad (del que habla y del que escucha) que un producto acabado. O, como decía Amado Alonso,: “La lengua solo existe en el uso activo que de ella hace el que habla y en el uso activo del que comprende” ante este inasible fenómeno, el filólogo español se cuestionaba: “Si la lengua es un sistema ¿Quién si no el espíritu de los hablantes lo ha hecho sistemático y lo mantiene como tal? (…) ¿Quién sino el espíritu del hablante da sentido y quien si no el espíritu del oyente reconstruye ese sentido concreto del que se expresa, con ayuda de un sistema usado en común?”

        

Desde esta perspectiva se advierte que allí reside la concreta complejidad de la lengua. Es ante todo, intercambio dialógico, y a la vez, instrumento léxico-gramatical, surgido en estrecha imbricación entre lo individual y lo colectivo, y en la interacción de las múltiples dimensiones implicadas: la psicobiológica, la historicidad, la sociocultural, la simbólico-espiritual.

 

Magistralmente, el poeta persa medieval Rûmi resumía: “la vida duerme en el mineral, sueña en el vegetal, se despierta en el animal y se hace conciencia de sí mismo en el hombre”. El lenguaje parece enraizarse en ese punto: en el reconocimiento del sí mismo, de sus semejantes, de las cosas que lo rodean, y al nombrarlos, configura un mundo pleno de significaciones, un mundo humano.

La palabra dialógica

 

El lenguaje concebido como emanación divina –verbo\logos o sonido cósmico, base de la creación- se ha visto trastocado en escepticismo filosófico desde el deconstructivismo postmoderno.  En la deconstrucción, la palabra se despoja de sacralidad, pierde capacidad nominativa, y con ello potencial ontológico de crear nombrando.

Pero además, la ruptura del logocentrismo, la volatilidad del significado entre la palabra y la realidad, harían zozobrar la posible comunicabilidad humana.

 

Sin embargo el mismo Jacques Derrida, figura central de esta corriente, no deja de advertir:

 

“…cada vez que abro la boca, cada vez que hablo o escribo, prometo (…) y la promesa anuncia la unicidad de una lengua venidera (…) la lengua está en el otro, viene del otro, es la venida del otro (…) esta promesa se parece al saludo dirigido al otro, al otro reconocido como muy otro”[1].

 

Esta declaración deja en pie la instancia dialógica del lenguaje. Y no se ve tan distante del espiritualista Martín Buber en su filosofía del diálogo:

 

“La realidad bifronte Yo-Tú que está presente en el diálogo como término ad quo (aquí estoy) y ad quem (allá voy) muestra que los sujetos pueden encontrarse en la palabra (…) pueden comprender (…) leer dentro de la palabra su sentido [y] acceder al sentido como consentimiento”[2].

También desde el espiritualismo, Raimon Pannikar afirmaba la necesidad vital de dialogar: “Sin diálogo, sin vida dialógica, el hombre no puede conseguir humanidad plena”[3].

        

En cualquier caso, no se trata de un limitado intercambio individual. El concepto de individuo –uno- indivisible- se amplía al considerar la compleja trama de relaciones y enlaces en que el ser humano esta inmerso.

Se trata si, de reconocer el principio de alteridad en la condición plural de la vida humana. Tanto más importante, si se tiene en cuenta que ninguna subjetividad puede realizarse como una sola persona, porque “si es la única que sabe de sí, no puede tener ninguna certeza de que lo que sabe es real”[4].

Aristóteles ya lo había formulado de manera drástica: “… el que no necesita de nada ni de nadie porque se basta a sí mismo (…) es un bruto o es un dios”[5].

        

La instancia dialógica y una lengua que codifique el intercambio humano de significaciones, emergen de ese hecho concreto. De ahí que el respeto y la pervivencia de otro comunicativo sean indispensables, aún y a pesar de las inevitables tensiones que experimentan las relaciones humanas.

Hablar y escuchar son los tiempos vitales del diálogo. El que habla y el que escucha abren un ámbito compartido de realidad en el que ambos se incluyen, con el inalienable respeto de la argumentación y del derecho a la expresión del otro. La búsqueda de verdad solo se hace viable a través de la controversia; la oposición y los antagonismos pueden devenir así términos complementarios. Habilitar el diálogo en el conflicto de ideas es un acto ético y político.

 

Platón hizo del diálogo la forma de filosofar y ejercía su magisterio confiando en que el pensamiento puede ser afinado cuando se lo confronta en la discusión. Siguiendo el flujo del pensamiento dialéctico, en las interrogaciones y argumentos de los otros, van fecundándose las ideas; y es en esta práctica que tiene raíz la democracia. A las imperfecciones de la democracia siempre le serán útiles los cánones reformadores que Platón instaurara en su República como corrección de la que le tocaba vivir: justicia contra arbitrariedad, cultura contra brutalidad, idealismo contra pragmatismo del aquí y ahora, verdad discutida contra verdad impuesta.

 

La palabra devaluada

 

 

Las palabras de Thomas Mann que señalamos pertenecen a la carta de renuncia que presentara a la universidad de Bonn, cuando decide exiliarse de la Alemania nazi, pocos días después de la quema de libros ocurrida el 10 de mayo de 1933. Con éste episodio quedaba sellada la batalla cultural que estaba librando el régimen. La población alemana probablemente no alcanzaba a dimensionar entonces que acababa de serle confiscada la palabra y que su lengua, patrimonio común y legado de generaciones en la diversidad expresiva, quedaba cercenada.

Thomas Mann aludía a la responsabilidad que experimenta el escritor frente al idioma, pero además a la responsabilidad humana de velar por la pureza de la transmisión. Cuidado que no tiene que ver con el cultismo, si no con el bien simbólico compartido en la inteligibilidad semántica de las palabras.

La palabra queda devaluada cuando es usada con mecanismos de apropiación, de enajenación del significado. Se ejerce violencia cuando se aplican conceptos reductores a un solo punto de vista, a un solo enfoque de la realidad, a una sola idea, con exclusión de los demás. El desconocimiento intencional del otro comunicativo (“ninguneo” en el expresivo neologismo local) como estrategia de erosionar la validez de sus enunciados, constituye otro de los violentos mecanismos de “ideologías, fetichizaciones y simbólicas de apropiación (…) agresiones nacionalistas u homo-hegemonía  monoculturalistas” como lo definiera Jacques Derrida.

 

Los artilugios lingüísticos,  metáforas ingeniosas, fórmulas ideológicas y lemas que se acreditan válidos para el poder y la búsqueda del poder, enturbian  los significados y se entra en un verbalismo vacío, que conducirá progresivamente al aplanamiento mental y a la incapacidad crítica.

En la sociedad del espectáculo resultan difusas las distinciones entre lo real y lo virtual, el ser y el parecer; y mientras más se habla sobre “los medios” y el multiculturalismo, menos se respetan los espacios de diálogo. En el espontaneísmo y las actitudes agresivo-defensivas al hablar, tienden a borrarse las fronteras entre el bien y el mal, lo saludable o lo patológico y paulatinamente se revela una creciente dificultad para entendernos.

Es posible sin embargo, que la confusión sea un pasaje en el tiempo; en cuyo caso es responsabilidad nuestra que sea breve.

La historia de las ideas, de las personas y de las sociedades muestra que son historias de naturaleza dialógica porque inevitablemente se entrecruzan y se trascienden en un complejo y maravilloso trenzado.

A nosotros nos corresponde distinguir los hilos con los que se tejen nuestras historias actuales, cuidando de no enredarlos confundiendo nuestros valores más preciados, por ejemplo el significado de la democracia.

 

María Elena Rodríguez

 

 

 

Para profundizar el tema

 

Carlos Álvaro Teijeiro. Comunicación, democracia y ciudadanía. Buenos Aires: ediciones Cicus-La crujía, 2000

George Steiner. Presencias reales ¿Hay algo en lo que decimos? Barcelona: Destino, 1991

Después de Babel. México, FCE, 1981

Emilio Lledó. La memoria del logos. Madrid: Taurus, 1996

Wladimir Sierra. El lenguaje como mística, mito y ética. Cyberayllu, 200



[1] Jacques Derrida. El monolingüismo del otro. 1996

[2] Martín Buber. Tú y Yo. 1923

[3] Raimon Pannikar. El diálogo indispensable o paz entre religiones. 2006

[4] Jacinto Choza – Pilar Choza. Ulises, un arquetipo de la existencia humana. 1996

[5] Aristóteles. La política, I 10

2 pensamientos en “HABLAR Y ESCUCHAR: la pulsación vital del diálogo”

  1. “El nombre es el hombre” dice la Torá. A partir entonces del conocimiento jasídico, la nominalidad es la esencia de lo humano. En esa línea humanística, el pensamiento de María Elena Rodríguez posee sustantividad propia. Hermosas líneas, hermosamente escritas: la autora evidentemente está llena de gracia.

  2. Verdaderamente una delicia leer tu nota. Denota un conocimiento de un tema tan profundo, pocas veces igualado. El modo en que desarrollas tus ideas, hasta alcanzar el final buscado es magistral. Te felicito. Gracias por ayudarme a entender parte de los que nos sucede.

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