GRECIA: UNA APROXIMACIÓN A LOS ORÍGENES

GRECIA: UNA APROXIMACIÓN A LOS ORÍGENES

 

Comencemos describiendo algunas características de la revolución griega que consiste en la conquista  de la razón como dispositivo específico del homo sapiens, orientado al conocimiento del universo, de la naturaleza y  de sí mismo.

Dicho de otro modo, en la civilización helénica iniciada hace tres mil años en el margen oriental del mar Mediterráneo, encontramos a campesinos, poetas y pensadores, preguntándose por el origen del mundo,  el significado de la vida y los misterios de  la condición humana.

Esta innovación se inicia con las tradiciones orales homéricas, continúa con la cosmogonía de Hesíodo, se afirma con los físicos jónicos y culmina con la creación de la tragedia y  la filosofía en las cumbres del S. V (AC).

Nos situaremos entre dos límites: Homero, iniciador de la épica,  y Esquilo, cuando siglos después y  a través de la literatura y el teatro, expone las intimidades universales del hombre.  A partir de la epopeya heroica recopilada en las narraciones de Homero y Hesíodo en el S. VIII (A.C) y hasta la consolidación de la polis, (ciudad-estado) en el siglo V (A.C), veremos la relación entre el carácter griego y su cosmogonía, o en otras palabras, la vinculación entre sus dioses y las transformaciones sucedidas hasta alcanzar la plenitud de su experiencia espiritual.  Dioses y hombres constituyen en el mundo helénico un espejo que exhibe a cada momento los diferentes matices de su evolución histórica.

Grecia, dice Martín Heidegger, “Es el alba de Occidente”.

El trabajo intenta aportar una mirada a los comienzos.

 

Un apunte histórico.

 

Partimos de dos testimonios escritos notables: la épica y la tragedia.  Por una parte la épica, que a partir de Homero y Hesíodo funda los ideales y valores de su mundo. Nos ocuparemos de  la literatura, la mitología y la filosofía intentando comprender el principio ordenador de su identidad  tal como lo percibían, imaginando a través de un retrato visual e intelectual  el espectáculo de su mundo,  el modo como lo vivían y lo amaban.

La épica,  instaura como toda épica, la forma heroica del estilo de una cultura que organizará su identidad como pueblo. Luego, la tragedia, que a partir de sus mitos legendarios,  de sus personajes y circunstancias dramáticas, definirá sus modos de ser y su carácter.  En este punto es tan importante la lectura de Esquilo o de Sófocles- dos de los mayores autores trágicos-, como los diálogos de Platón y la primera metafísica de la historia. Los poetas ponen en acción lo que Platón pone en discurso y en prosa filosófica.

Tanto la épica como la tragedia constituyen un espectáculo audiovisual del carácter griego  y por eso, sus diversas expresiones culturales constituyen un conjunto orgánico: la poesía, la arquitectura, la escultura, incluso la invención de la filosofía  y su tendencia erótica al conocimiento, formarán una unidad integrada.

Son modos de decir lo mismo de múltiples maneras.

El arte dórico por ejemplo, es austero y equilibrado, nada falta ni nada sobra. No hay adornos ni cosas superfluas. Es puro granito, pura piedra que se levanta armónica y simétrica sobre la tierra.  Vemos una columna de mármol elevada y firme, análoga a los escritos de Platón sobre la justicia, a los poetas recitando el valor de la armonía, o al dios Zeus-rey del Olimpo-representando el orden cósmico- tal como fuera concebido por Hesíodo.  Todo está hablándonos  de lo mismo. Su espíritu consiste en la simetría, el equilibrio, el rechazo al contraste y a la demasía. La prudencia, dirá Sófocles “…es el bien más importante que existe, la base de la felicidad.”

Ya veremos cómo llegaron a esos valores ilustrados. Primero hubo cosmogonías confusas, guerras entre dioses,  leyendas y mitologías que explicarán cómo se desarrolla la transición entre el desorden y el caos y la llegada al orden y al cosmos que significa en su lengua, armonía.  Trataremos de comprender como se interpretan las creencias acumuladas desde  varias generaciones en los llamados ciclos trágicos, y el momento en que los dioses de la razón, los dioses olímpicos, triunfan sobre las tendencias desorganizadas que habitan en la naturaleza y en el hombre.

Tebas y Troya, señalan dos situaciones legendarias sucedidas en dos ciudades reales o mitológicas que aportaron  los temas, los problemas y las cuestiones principales de su mitología y nos llevarán, desde la prehistoria sombría e impenetrable, a las cumbres del pensamiento filosófico.

Lugares y orígenes

Presentemos su geografía y su lugar en el espacio.

Grecia está en el Mar Mediterráneo y en forma de península se extiende rodeada de aguas y de islas. Si uno mirara desde el espacio,  veríamos a Turquía-la Jonia antigua-al este y  a Italia y más allá, al oeste.

En todos esos sitios dispersos encontraríamos restos de la colonización de aquellos siglos primordiales, cuando los Jonios, a partir del Siglo X AC, navegaron por todas partes,  fundaron ciudades y crearon fábulas y dioses.   Al sur está el mar pleno y luego el Egipto remoto hasta Heródoto, cuando mucho después lo describiera en el apogeo de Atenas como un misterio indescifrable.

Pero  imaginemos un lugar privilegiado con geografías y climas templados. Si al norte está la Tracia antigua, pobre, árida y difícil, al sur, en el Ática y la Argólida, hay fertilidad, colores e iluminaciones nocturnas.

Grecia es el sol,  la luz,  la claridad, con inviernos suaves y brisas tibias. El cielo es azul,  y el mar- a pesar de sus rumores-“rumoroso mar”, dirá  Homero, es calmo y en ocasiones tumultuoso, pero el horizonte está abierto y el aire fluye.  Grecia es Mediterráneo. Remite a la claridad, a los cuerpos libres, a la energía vital. Allí se convive con el paisaje, porque la naturaleza y el espacio son más importantes que los rumores del alma. El hombre no se oculta para pensar. Se descubrió a sí mismo mirando a lo alto, escuchando el cielo, acercando la lejanía.

 

Homero, hombres y dioses.

 

Homero-fundador espiritual de Grecia-, convierte en literatura las tradiciones orales de su historia. Habría nacido en  Esmirna, hoy  Izmir, Turquía, y narra la gesta de la colonización de Asia Menor por parte de los Jonios, que hablaban ya la lengua griega.

Troya es una fortaleza. Ubicada en las costas de los Dardanelos, es la puerta de entrada al Asia y el límite del mundo mediterráneo. Troya es un enclave estratégico del comercio  y centro de las vías navegables. Su control-luego de la guerra- implicó   la victoria y el dominio del territorio. La Ilíada, poema recopilado, escrito o  recitado por Homero, es la primera épica de Occidente, y su tema es Troya, la guerra de los aqueos contra la ciudad de Troya.

Pero el núcleo de la obra no sólo evoca los combates. Además de relatar las hazañas heroicas que caracterizan toda épica,  la narración describe  los efectos devastadores de la conducta  de un héroe legendario.  Hablamos de la  de Aquiles, uno de sus personajes centrales y su cólera,  una alteración de su ánimo que representaría un testimonio espectacular del hombre griego.

La retirada de la batalla de Aquiles, genera consecuencias trágicas.  El enojo y la ira,  sustraen al héroe de la ofensiva militar. Se niega a la lucha, abandona a su gente y llega la desgracia, porque el marco general se descompensa. No hay un heroísmo superior que pueda protegerlos, un ser invulnerable que los vuelva invencibles.

El retiro de Aquiles de la guerra de Troya produce  abatimiento y  desolación. Su conflicto con Agamenón-rey de Micenas-genera un verdadero drama, un irreversible infortunio,  lo cual nos lleva a considerar que uno de los temas de La Ilíada– poema épico fuente de todo lo griego-planteado en términos contemporáneos- expresaría la intensidad y el poder de las emociones para cambiar la historia.

Utilizaremos algunos vocablos del griego antiguo para resaltar la importancia de la lengua y sus orígenes.   La etimología-  un saber que se ocupa de estudiar el nacimiento y el sentido de las palabras- nos remite a su raíz, étimos, que significa auténtico. Los griegos consideraban que el significado de una palabra,  la escuchamos y comprendemos a partir de su pronunciación inicial, en el momento mismo que se emitió por primera vez, cuando el hombre fue capaz de crearla para decir algo que nunca había sido dicho.

El punto es que los sonidos se organizaron y se convirtieron en  palabras para decir una necesidad, un descubrimiento o un asombro; una sensación que hasta ese instante carecía de nombre. Los griegos  hablaron  los nombres de las cosas, designaron a  las cosas que veían y señalaban con palabras. Crearon los sustantivos, es decir, los conceptos, la posibilidad de que el hombre, además de ver la realidad, pudiera nombrarla,  re-presentarla, y generar conocimiento.

Por ejemplo, Até, escuchado en griego, es una fuerza misteriosa, una fuerza psíquica descontrolada que llevó a Agamenón a robarle un amante a Aquiles. Pero  sucede que ese impulso no se reconoce como propio.  Proviene de un lugar ajeno e inexplicable pero que no puede evitarse.  Até es un estado de la mente que obnubila la conciencia, una locura repentina, una especie de pesadilla.  Es el instinto que irrumpe  en estado puro.

Los griegos no eran psicólogos. Nada más lejos de su cultura que cualquier tipo de introspección. Eran abiertos, visuales, sensibles, guerreros, seres estéticos. Por eso, ni Homero, ni su héroe Aquiles, pueden entender las razones de su furia  ni tener conciencia de sí mismos. Aquiles y Agamenón, uno atacado por la ira y la ceguera que produce la ira, y otro su causante, invadido de fatuidad y de soberbia, no conocen las causas o  los efectos de su actos. No saben qué les pasa y por qué les pasa. Ven los efectos que generan sus arrebatos excesivos y simplemente los atribuyen a los dioses.

 

Los dioses dominan a los hombres

 

Hay una hipótesis que seguiremos sobre la cuestión de las creencias y la génesis de los dioses de Grecia.

E.R Dodds, célebre helenista inglés, escribió su obra, Los Griegos y lo Irracional” a mediados del siglo XX.  Según su tesis, todas las conductas anómalas  que alteran la pauta tribal y las normas establecidas por las costumbres-  por ejemplo la soberbia de Agamenón y la cólera de Aquiles- son referidas a causas externas. Cualquier comportamiento que se escape de lo aceptado por la comunidad, se percibe causado por una entidad existente fuera del hombre. Ni siquiera sus propios sueños le pertenecen, son ajenos a sí mismos.

Según Dodds, el origen de los dioses aparece cuando esas entidades “causantes” de conductas fuera del contexto de las costumbres instaladas, son nombradas y cargadas de significado. Es lo que llamamos dioses.

Ares, por ejemplo, promueve la exaltación violenta, mientras Apolo estaba tras toda conducta equilibrada. Afrodita explicaba cualquier deseo o drama amoroso, Poseidón amo de los mares, será el autor de la peripecias de los navegantes,  y Zeus, como una especie de patriarca, sostendrá la estructura con una justicia que tenía más que ver con la arbitrariedad que con el orden.  Los dioses son responsables de lo que pasa en el mundo,  y los hombres son agentes, meros instrumentos de sus caprichos y designios  y nada pueden hacer para evitarlo. Sus actos y sus consecuencias no dependen de sí mismos.

De modo que cuando el Rey Agamenón roba una esclava al héroe Aquiles, no se siente culpable de causarlo porque la explicación  de su acto está en los dioses. Ellos ocasionaron su soberbia. Fue Ate  quien la produjo y desencadenó como efecto la cólera de Aquiles,   generando a su vez el abandono de la batalla dejando a los helenos desprotegidos de su poder heroico. Fueron los dioses y no ellos, los que produjeron la catástrofe.

Los griegos imaginaron sus sueños, sus anomalías del carácter,  los cielos y los truenos como sus soberanos, poblando  el paisaje y la geografía  de dioses y relatos legendarios. La historia posterior llamó mitología, a esa manera de entender la condición humana.

El mito es el pensar onírico del pueblo. Signos, figuras y representaciones que  conmocionan a los hombres. Una proyección hacia el exterior y hacia lo alto de las conductas de sus héroes.  La Ilíada sería la narración de este espectáculo único,  esa relación tan personal, individual y simultáneamente  colectiva,  grupal  y social que tienen con sus dioses.

 

El mundo heroico

Si nos remontáramos a 1300 años (AC)  veríamos que el hombre no tiene una visión orgánica de sí mismo. La conciencia integrada e individual no se ha desarrollado. No  puede percibirse  como un todo completo,  está escindido y separado: es otro y no él mismo el que sueña o  el que comete excesos y lujurias.

Ese hombre heroico de los tiempos iniciales, se comprende doblemente. Hay una parte de sus acciones que le pertenece y de las cuales es responsable y se hace cargo: son aquellos actos que coinciden con la norma social y aseguran la armonía y el orden del conjunto. Todo lo que ve y es capaz de entender, se encuadra en ese punto de referencia: la tribu, la familia ampliada, el clan y sus deberes supremos: la guerra, la conservación y la conquista.

En cambio todo aquello que realiza fuera de la pauta y se enfrenta con lo consuetudinario, es causado por entidades que habitan otras dimensiones.  Nada tendría sentido  si no  existiera  un mundo superior habitado por seres inmortales fuera de su control,  y cuya función primordial será explicar su propia conducta cuando se desajusta del marco de la comunidad que pertenece. El yo, diríamos, no está entero, otros en el Olimpo completan su identidad.

Entonces los dioses expresan inicialmente los matices, las contradicciones y las pasiones del espíritu humano. Los poetas, Homero en particular, han plasmado y contribuido a desarrollar el carácter de cada uno, su personalidad y sus vínculos con los hombres, configurando así un mundo paralelo, simultáneo y coexistente con el mundo humano.

Así el ámbito heroico es un mundo donde el valor supremo es el honor y la máxima conquista es la gloria. El hombre es allí una parte que sirve al todo en tanto se entrega a la conquista de la honra. El hombre heroico carece de individualidad, la subjetividad era inexistente y vive entre significaciones simples. Sólo necesita realizar en plenitud el destino que le ha tocado: gozar de todos sus deseos, cubrir de dioses sus instintos y morir con gloria,

E.R. Dodos, denomina cultura del honor  aquella que abarca toda la época homérica. El valor es el heroísmo y el contrario, el deshonor, supone  el ridículo y el exilio. Por eso la emoción predominante es la vergüenza, “una cólera replegada sobre sí misma”, diría Marx,  ese sentimiento que exagera el pudor por el error.

 

Hesíodo y el comienzo de la moralidad

Desde el S. VIII (AC) en adelante, estamos en un momento de mayor organización.  Hesíodo escribe cien años después de las sagas homéricas. Homero retrata el mundo heroico y funda el arraigo, las creencias y la educación futura de los griegos. En tiempos de Hesíodo en cambio, el hombre ya tiene conciencia y responsabilidad; es de alguna manera dueño de su destino. Se nos acerca y se asemeja a nosotros.

Es el momento en que los dioses se transforman. Ya no aparecen tanto como divertidos o festivos, ni disruptivos y arbitrarios. Toman un aire de seriedad, de cierta solemnidad inesperada.  Los hombres no atribuyen a los dioses sus conductas anómalas porque saben que son propias.  Ahora importa garantizar la vida social, establecerse, consolidarse y progresar. El mundo de los héroes se acerca al mundo de los ciudadanos. La movilidad y las migraciones masivas cesan. Comienza la agricultura y el comercio, se organizan las primeras viviendas en un lugar permanente. La vid y los vinos, el olivo y el aceite comienzan sus glorias comerciales. Vemos una sociedad campesina y prospera, y los dioses ya no aparecen de pronto promoviendo engaños o grandezas.

Todas las divinidades  están ubicadas en el mismo sitio constituyendo lo sobrenatural y lo sagrado. Es el Olimpo donde reina Zeus, que es la justicia misma, el punto de referencia de la historia helénica. Ha ocurrido la aparición de la conciencia y de la contingencia. Se percibe que existe un límite y que no debe ser transgredido. Por eso el trabajo humano consiste  en la sublimación de los instintos y la organización de las pasiones, y  por lo tanto, la prioridad es la socialización.

 Dods sostiene que en esta etapa la función de lo sobrenatural es básicamente penal. El énfasis se pone en la sanción que los dioses aplicarán a quien incumpla las normas. El valor no será el honor, sino el bienestar, el orden y la estabilidad. Los dioses olímpicos se convierten, siguiendo el proceso de otras religiones,  en  creencias que provocan coacción y penalidades como factores de equilibrio social.

La época que describimos se extiende desde Hesíodo, (SVIII AC), hasta los sofistas, (S. V AC), abarcando parte de la historia griega.  En ella aparecen las características propias del hombre racional. Veremos cómo se realiza este proceso desde la memoria del heroísmo homérico, y cómo a partir de la cosmogonía organizada por Hesíodo, Zeus se transforma en justiciero, los dioses se moralizan, el hombre ajusta su conducta global a la noción de culpa y expiación  y finalmente, el derecho fundado en la polis, se instala en ese espacio cultural que se llamará luego, Occidente.

 

Los dioses primordiales

Walter Otto, en su obra Los Dioses de Grecia,  describe este cambio general de la cultura griega. Sostiene que se ha producido una suerte de revolución cosmológica, una transformación cualitativa de sus dioses. Esta tesis se puede verificar confrontando el rol de Zeus en la Ilíada de Homero y el que Zeus cumple en la Teogonía de Hesíodo.

Otto dice que el hombre primitivo, vive en torno a realidades concretas  con las cuales mantiene una fusión plena y absoluta. El hombre prehistórico, anterior a la agricultura, habita en la tierra y es inseparable del crecimiento y muerte de las cosas de la tierra.  Es uno más de sus miembros como todo lo viviente y desde ese habitar siente el universo.

No hay distancias ni distinciones  entre animales y plantas,  lluvias y truenos. Todo es una completa entidad. Unión, consagración, vida, muerte,  climas y estaciones suceden como parte de lo mismo. Las realidades vinculadas a los ciclos vitales se confunden.  Es el mundo primordial del mito.

No hay dioses particulares sino veneración de la tierra,  del cielo, del sol,  la luna y rituales que acompañan esa exaltación de la totalidad como unidad inseparable.

A esta divinidad genérica se la llamo Deméter en Creta y en gran parte de Jonia, adquiriendo según la geografía diversos nombres en el mundo antiguo y  expresaba los ciclos de la naturaleza: nacimiento, fertilidad y muerte.  En este espacio originario de los mitos ancestrales dominado por lo maternal y femenino, el núcleo es la madre tierra desde donde todo surge y adonde todo vuelve. Ella es el patrimonio inagotable de la vida y de la fuga de la vida, de la resurrección y del ocaso.  En esta época inicial anterior a la homérica existen  reglas de convivencia y  son inexorables e inflexibles.

Siendo el valor supremo el hecho mismo de la vida y el hombre integrado a la totalidad de lo viviente,  las normas están basadas en las uniones de sangre, en la proximidad de los seres y luego, en las exigencias del parentesco. Lo único realmente existente es la familia concebida como conjunto orgánico. Toda la comunidad, la tribu o el clan poseen la misma sangre, hay de alguna manera, una solidaridad esencial que liga a todos con todos.  En este contexto las diosas de la tierra representan el proceso de la vida y garantizan y legitiman los vínculos sociales  permitiendo que el grupo permanezca unido.  La Diosa Madre, los dioses primordiales, constituyen la base de la estabilidad de las tribus prehistóricas.

¿Qué ocurre cuando se alteran las reglas? Inmediatamente se produce el castigo, que en general y en todas culturas antiguas consiste en algún sacrificio humano o animal según las creencias y los tiempos.  La divinidad es ciega, no le interesa la intención sino el acto, carece completamente de matices. Si se viola una regla se espera el castigo que restaure el equilibrio. Estas divinidades según Otto, ya bastante atenuadas, aparecen en la Ilíada con el nombre de Erinias, representantes de la venganza o de Moiras, personificaciones del destino. Ellas todavía preservan el ordenamiento fundamental de las sociedades primitivas: las uniones, la sexualidad y las reglas inmutables.

Por ejemplo el incesto,  desde los inicios de la especie humana, es un  tabú, una prohibición que puede observarse en todas las culturas.  El incesto,  señala Levi Strauss, o mejor dicho la prohibición del incesto, es una norma esencial que obliga al hombre a dos cosas: por una parte debe reprimir y contener aquello que desea y por lo tanto es el primer aprendizaje moral de la historia.  Luego debe, por ese motivo,  realizar su sexualidad más allá de lo próximo, fuera de lo cercano, superando así los límites de su consanguinidad.  La prohibición del incesto equivale a la ruptura de la endogamia, a la exigencia de salir fuera de la tribu; a la realización de la sexualidad alejada de la cercanía.

Estos dioses antiguos, aseguran el cumplimiento de estas prohibiciones y castigan los crímenes que se cometen contra los lazos de sangre: el incesto, el matricidio, el filicidio,  y han quedado plasmados en los textos homéricos como la ley suprema.  Ellos pueden aparecer frívolos, distraídos o irresponsables, pero las Erinias y las Furias- divinidades ancestrales portadoras de castigos y venganzas,  son la última frontera: contra ellas nada puede hacerse porque son la garantía final de la cohesión humana.

Grecia ha registrado en su literatura la  transición entre esas deidades antiguas y las olímpicas.  La literatura griega nos explica cómo ha sido el proceso para reemplazar la ley de la sangre por las convenciones, la solidaridad tribal por el derecho, lo inexorablemente determinado por el pensamiento racional.

 

El camino a la razón.

 

Este proceso ha sido narrado primero por Hesíodo, y luego por la tragedia ática.  En Hesíodo la cuestión que estamos planteando es clara. Toda su obra, La Teogonía, relata cómo Zeus, luego de dominar los caóticos poderes existentes en los tiempos remotos, conquista el reino de la justicia y se constituye en rey del Olimpo triunfante sobre los dioses de la tierra, las divinidades femeninas de la fertilidad y las reglas de la sangre. Zeus ahora es el arquetipo de Occidente: masculino, patriarcal, arbitrario, generoso y dominador. La lucha de Zeus descripta por Hesíodo, es la interpretación griega del tránsito de lo heroico  al hombre racional. Los cambios cosmogónicos son registrados en detalle y se corresponden con el aumento de conciencia que adquiere el hombre y  la sociedad sobre sí misma.

Hesíodo nos habla de una revolución cósmica, de  la evolución desde su fondo biológico hasta el orden racional de la especie. Por eso Zeus, en la versión de Hesíodo debe vencer a su padre Cronos, del mismo modo que Cronos debió vencer a su padre Urano. Cada uno tuvo que romper y superar el dominio de su padre para sobrevivir afirmando su autonomía en el mundo. Con Zeus culmina la lucha y llega la estabilidad.  Se inicia la civilización de la razón cuando los hombres y los dioses dejan de seguir los mandatos de sus ancestros remotos y se liberan logrando su emancipación.

Esta transformación ha costado victoria y guerras sobre sus propios consanguíneos. Hubo  parricidios y filicidios, incesto y toda clase de violaciones a las leyes sagradas de la vida prehistórica. ¿Qué ha ocurrido con las Erinias encargadas de castigar y restaurar el orden quebrado?

 

Culpa y civilización

 

Grecia ha  explicado a su modo y Esquilo lo explicita en su tragedia, la extraordinaria integración forjada entre lo ancestral y subterráneo con el orden jurídico de la polis. Este proceso puede leerse detenidamente en la Orestíada.  Una trilogía escrita por Esquilo y  compuesta por tres obras,  Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides, que se conservan en su totalidad.

Dods denomina a esta etapa de la historia griega, cultura de la culpa.  Es el momento en el que emerge la responsabilidad y la libertad como fundamentos de la razón humana.

¿Qué significa la libertad en ese mundo?  Zeus como dijimos, lo domina todo. Los dioses olímpicos pueblan  alturas remotas y se han alejado de los hombres. Ya no pueden ser descubiertos en la geografía o entre las batallas y las glorias. No intervienen en sus sueños ni pueden irrumpir repentinamente en el destino de sus vidas. Ahora hay oráculos, santuarios, templos, lugares consagrados en donde los dioses hablan con los elegidos, y  aunque siguen marcando las pautas generales,  son civilizadores y racionales.  Cuidan el orden general, impiden los excesos y protegen a la comunidad de los errores individuales. No son excesivos pero formulan límites claros. El hombre no debe transgredirlos. La antigua Até, ya no existe

Ahora “Némesis”,  sanciona la desmesura e impide que los hombres sean excesivamente afortunados.  En su propósito de resguardar el equilibrio universal, la diosa podía provocar la ruina de aquellos que fueran demasiado felices, o de quienes hubieran incurrido en “Hibris”, la insolencia de la desmesura, la  tendencia irrefrenable de parecerse a los dioses.

Esquilo trabaja sus obras sobre la base de las antiguas leyendas troyanas y el personaje de Agamenón como arquetipo.  Es el rey de Micenas y conductor de las tribus aqueas en la guerra de Troya. Es soberbio e implacable y por orgullo o vanidad  le ha robado un amor al héroe Aquiles.  Mucho antes, al partir desde Micenas ha sacrificado a su hija para calmar las tempestades. Agamenón no se detiene ante nada y viola las reglas sin conciencia de los crímenes que comete contra el orden natural.  Asesina a su hija, abandona a su mujer, desafía a los dioses, provoca a Aquiles y quebranta cualquier norma posible. Esquilo considera que Agamenón es el modelo para describir aquella cultura del honor y el mundo primario de los dioses de la tierra.

Cuando Agamenón vuelve a Micenas luego de  10 años de guerra, es asesinado por su mujer Clitemnestra con la complicidad de su amante Egisto. La propia esposa justifica su acción apelando a la necesidad de restaurar la justicia. Su acto criminal responde al filicidio perpetrado inicialmente. Así-al asesinar a su marido- repara el crimen cometido.  Clitemnestra desde el punto de vista de los dioses de la sangre,  aquellas divinidades de la cultura heroica, ha restaurado el orden: el criminal filicida ha pagado con su sangre la sangre que derramó de su propia hija.

Las Erinias han cumplido y se han restaurado los vínculos dañados. Pero la muerte de Agamenón es sólo un escalón en la serie de venganzas. Según Esquilo,  la fatalidad y el carácter inexorable de las leyes originarias atenta contra la estructura de la civilización humana.  Clitemnestra, asesina de su marido, deberá ser ajusticiada a su vez por su hijo Orestes, quien de este modo pagará con su sangre el crimen anterior, y así sucesivamente y para siempre.

 Lo que Esquilo percibe es que la venganza es un sentimiento que hay que desterrar de la sociedad  para lograr  equilibrarse y  la razón se imponga,  que la tribu se convierta en polis, la comunidad arcaica en ciudadanos y la venganza sin fin, en justicia racional.

Por eso el núcleo de la obra de Esquilo no es Agamenón, ni siquiera Orestes. Son los dioses o mejor dicho, los dioses olímpicos que confrontan: son Apolo y Atenea, las divinidades de la edad de oro ateniense, las que vencen a las diosas vengadoras de la sangre que impulsaban a los hombres -de acuerdo a la legalidad ancestral- a remediar con crímenes los crímenes anteriores y así hasta el infinito.

En esta lógica la civilización es imposible.

 

La Tragedia como síntesis del alma griega

Esquilo como Hesíodo describen los traumas y complejidades de la transición en el ámbito de las tradiciones mitológicas.  Ahora y como antes, se enfrentan Apolo y las Erinias, Zeus y los poderes primitivos,  el impulso atávico de la venganza con los intereses de la conservación y la naciente  racionalidad humana. Esquilo nos relata el juicio a Orestes, asesino de su propia madre por instigación de Apolo.

Esquilo es un agudo observador de los cambios que se han producido en su propia cultura.  Registra de un modo brillante y trágico, la supremacía de la ley sobre los sentimientos, el orden político general sobre los valores la familia antigua.

Entonces Orestes, personaje extraordinario que movido por la venganza debe ejecutar un acto reparador  matando a su madre, aparece como el último de los representantes de los valores inmutables de la sangre. A partir de Orestes y su juicio, se instala en Grecia, comenzado por Atenas-símbolo de todo lo griego-, la moralidad, la norma convencional  y  el derecho positivo.  Es el triunfo de la luz, que siempre fue la mejor analogía de todo lo helénico.

Aquí en este juicio, la diosa Atenea,- enemiga de los espíritus salvajes, expresión de  la prudencia y la dignidad,  diosa de la proximidad y del conocimiento-,  instaura los pactos, las convenciones, la ley escrita como base de toda organización social posible.

Por eso Orestes hijo de Agamenón y asesino de su madre- es declarado inocente, con lo cual se quiebra la serie de crímenes de sangre. Es inocente no porque su matricidio no sea  punible. Este acto, considerado en términos absolutos, es un crimen abominable y exigiría una sanción igual desde el punto de vista de la legalidad tradicional de la familia antigua.

Es inocente, porque su propósito -por otra parte inspirado por los nuevos dioses -, no ha sido asesinar a su madre sino reivindicar a su padre Agamenón, héroe de la colonización, arquetipo de lo heroico, rey de reyes, víctima a su vez de la deslealtad, del engaño y de la uerte. Por eso,  según Esquilo, la inocencia de Orestes es una inocencia desgarradora, una verdadera inocencia trágica. Porque así como Zeus tuvo que vencer a su padre para sobrevivir en el cosmos, así Orestes-símbolo del griego del siglo V (AC), ilustrado, progresista, liberal en sentido moderno, tiene que matar a su madre para rehabilitar a su padre y colocarlo así en el centro del sistema social de la nueva cultura.

Esquilo describe el tránsito de lo sanguíneo a lo convencional en términos dramáticos.  Reivindicar al padre Agamenón, significa instaurar al patriarcado como centro de la cultura. El hombre a partir de ahora tendrá el patrimonio del pensamiento racional, y la mujer,- memoria de las divinidades de la tierra, será destinada a conservar, preservar y  proteger   consagrándose como custodia afectiva de la sociedad.

Antígona de Sófocles es su paradigma, y  en cambio Medea, personaje central  de la obra de Eurípides,  reconoce que sus crímenes le caben a su conciencia.  Asesiné a mis hijos por  celos, por envidia y desilusión, confiesa.  No es Até, esa divinidad del arrebato y del furor causante de la barbarie humana durante las épocas heroicas, sino ella misma única  responsable de sus actos.

Aquí aparecen en el formato de dos grandes personajes femeninos, la contradicción fundamental de la cultura helénica. Antígona, fuente de lo ancestral  que desobedece  las reglas aceptadas siguiendo las obligaciones de la sangre,  y  Medea, referencia del orden racional, que cuando habla de sí misma y de sus homicidios, exhibe la lucidez trágica del autoconocimiento.

El propio Homero narraba en su obra La Odisea que Ulises- “el de multiforme ingenio”- en ocasiones  desafiaba  las reglas intentando comprender misterios profundos que la humanidad no poseía.  Hay  pasajes célebres en el poema homérico. El más famoso de todos,  es el deseo incontenible de Ulises de escuchar el voluptuoso canto de sirenas.

Podemos imaginar  la escena en que Ulises obliga a sus hombres a tapar sus oídos  y  a él mismo encadenarse  al mástil de su nave  para evitar la tentación,  soportando el intenso sufrimiento que produce la represión del deseo.  Ulises escucha la música envolvente, lo convoca el encanto de esas entidades mágicas y fascinantes que lo llaman,  pero para conservarse y no sucumbir, ejerce el autocontrol  venciendo la energía  del instinto que intenta dominarlo,  aceptando  el límite que le impone la cultura.

El estilo que fundan estos personajes memorables,  consiste esencialmente en reflexión, conocimiento de sí mismo y proyecto de existencia. Lo que llamamos razón.

La cólera de Aquiles, las desmesuras de Agamenón, los crímenes de Orestes y la fortaleza de Ulises, se vinculan y guardan una relación profunda.  Se trata de que la conciencia, la autolimitación y  la libertad  constituyan en versión literaria y dramática, la condición humana, o en otras palabras, la civilización.

 

La integración

 

El siglo V (AC)-el siglo de Pericles, el siglo de oro ateniense, no combate contra las tradiciones.  Al contrario,  en un ejemplo conmovedor de ductilidad,  todos los dioses a partir de ahora serán propios. Unos, los olímpicos, porque impulsan la razón y el equilibrio. Otros, los subterráneos, porque preservan los vínculos de sangre y son consagrados a velar por la unión entre los hombres. No hay sustitución de unos por otros, sino plena integración entre todos.  En realidad la cultura tal como la concebían los griegos clásicos- agnósticos e iluministas- sólo puede desarrollarse en calma, en la luz, la armonía y equilibrio entre sus partes, aceptando coexistir con el lado instintivo y natural de la condición humana.

La Tragedia-creación memorable de los griegos- señala de manera dramática y educativa, la función catártica y pedagógica que tenía la representación de las historias en los anfiteatros, aquello que debía aprenderse y formar parte de la memoria colectiva.  Aquello que además tenía un efecto de advertencia, porque los crímenes y las desgracias podrían repetirse  ya que el hombre es capaz de transgredir y trasponer los límites establecidos.  La función pedagógica de la tragedia era recordarlo y prevenirlo. Expresaba la cadena de acontecimientos dolorosos que sucederían si se violaban las leyes.

La tragedia expresa claramente esa problemática y exhibe el proceso de formación del alma griega. No se trata de narraciones neutrales tomadas arbitrariamente de las tradiciones. La tragedia no era un espectáculo crítico  donde sólo se aprende a  rememorar sus leyendas.  En los anfiteatros  multitudinarios,  se sufría intensamente un ritual religioso y doloroso,  una suerte de ceremonia  colectiva.

La gran creación de los griegos ha sido mostrar a través del espectáculo visual del sufrimiento y del dolor humano,  tanto el proceso que  los convirtió en racionales, como el peligro de ambicionar  la demasía y transgredir los límites de la legalidad política.

La cultura de la culpa, es el momento en que la comunidad se  responsabiliza  de sus actos individuales y colectivos, se hace cargo de sus actos y paga por ellos.  Corresponde al momento del desarrollo pleno de la racionalidad humana.

Sabemos que el camino hacia la cultura ha sido planteado por Hesíodo y en general por las cosmogonías antiguas como un tránsito del  caos al cosmos.  Caos es el inicio y la indiscriminación. Caos está habitado por fuerzas oscuras y primordiales. Es la hondura, la apertura y el instinto en su plenitud amorfa y  biológica.  Caos, “el sentimiento oceánico” según Freud, es el punto de partida porque desde allí,  desde el suelo originario, comenzará a  discernir el mundo, y el hombre será capaz de desarrollar la capacidad de producir símbolos, palabras y sentidos.

Zeus como hemos visto, triunfa sobre el caos venciendo a su propia genealogía y gana su soberanía enterrando en la entrañas de la tierra a todo lo que podría amenazar el orden alcanzado. Cosmos es orden. Es polis, estabilidad y lo que conocemos como logos, o simplemente, lenguaje, verbo y razón.

Pero a pesar de Zeus, Caos está presente en algún sitio y en cada uno para sacudir el equilibrio. El caos no ha sido suprimido sino simplemente organizado. Si la organización prevalece y puede sostenerse, la cultura se asienta y el hombre puede desarrollar su alma racional, al decir socrático. Pero si la organización peligra, si las leyes del cosmos son violadas, entonces reaparece el caos en forma de fragmentación, de regresión, de excesos y de muerte. El hombre es responsable del mantenimiento del cosmos, porque el hombre,  dicen los grandes griegos, contiene en sí mismo la luz y la sombra,  el amor al conocimiento y la furia del instinto. Eros y Tánatos, (amor y destrucción,-vida o muerte),  coexisten como esencias fundamentales de  la condición humana.

La tragedia viene a constituirse así en una ceremonia que recuerda aquellos personajes legendarios, a los héroes míticos que por sus acciones desbordadas amenazan el orden social asegurado y ponen en peligro la estructura del ordenamiento de la vida humana. Aristóteles, en el apogeo de la cultura griega, sostiene que la tragedia era básicamente catártica, generando una explosión emocional tal que lograba la purificación del espíritu.  El héroe cometía y sufría  hamartía, dice en su Poética, un error trágico y fatal,  que sin saberlo, ponía en marcha un proceso inexorable que lo conducirá a la ruina y a la destrucción

El espectáculo visual del teatro exhibía parte de uno mismo.  Por eso la tragedia era en esencia, pedagógica. Enseñaba y formaba, moralizaba y construía la subjetividad social y los valores.  El resultado, era la formación de una  ética social estrechamente vinculada al protagonismo humano en el funcionamiento de la polis y la política, o sea, la acción de cada uno sobre la realidad de todos.

 

Comentarios finales.

 

Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo, afirma Emile Cioran.

La geometría helénica-por ejemplo- consideraba a la equidistancia como la mitad justa entre dos puntos de un segmento. Pero la simetría del espacio expresaba mucho más que una simple magnitud.  Señalaba una visión del mundo y un sentido constante que podemos ver en la totalidad de su cultura.

La conquista de la prudencia en su literatura,  la justicia platónica en su filosofía, el justo medio aristotélico en su ética y la armonía en su arte.  Tanto el equilibrio, la observación  y  las preguntas sobre el cómo, el porqué,  el para qué de los hombres y de las cosas, se orientaron a un saber dirigido a la construcción del orden y el equilibrio universal.

Los griegos registraron el tránsito entre la naturaleza y la cultura  de una manera minuciosa. Aunque habitados por dioses,  y sintiendo su existencia viviente en sus templos y en sus vidas, rechazaron los dogmas. No hubo doctrinas ni burocracias sagradas. Pensaron  los matices, los tonos,  las tramas de la existencia y su incierto y deslumbrante  acontecer sin prejuicios y abiertos a lo desconocido. Es probable que temieran sus propias preguntas o el abandono  repentino de las certezas establecidas, pero seguían adelante.

No solamente se sentían culpables de sus pasiones excesivas y de sus actos de inmodestia.   También sabían que sus propias prácticas podían conspirar contra la estabilidad lograda si quebraban las leyes fundamentales.  Articularon su organización política y social, de modo de disminuir la amenaza del caos. Ni la conducta fatua, la soberbia o el desenfreno deberían exceder los límites. No eran morales o moralistas como lo fueron luego los helenizados romanos.  Nada más lejos de ellos que otros fines que no fueran los sensibles o la aspiración a conocer más allá de lo sensible.

La alta cultural helénica, nos referimos a la literatura que se expresó a partir de la poesía, la tragedia,  la prosa filosófica,  y el arte constructivo que se organizó a través de la escultura y arquitectura, exponía un conjunto de reglas, normas, valores e ideales que garantizaban la estabilidad, la conservación y el goce del sistema.

Decían lo mismo de múltiples maneras.

Más allá de la metafísica de Platón, que postula la existencia de un mundo real separado del  mundo sensible,  y al alma inmortal,  la “psique” humana,  como fuente del saber,  “pensar es el acto del alma que se habla a sí misma”– decía-,  no existe entre los griegos más que la visión aguda, la estética insuperable, la flexibilidad de su inteligencia y sobre todo una profunda e inigualable penetración de los problemas del hombre. Esta combinación única en la historia, dio el impulso más espectacular que se haya conocido al pensamiento y la razón como forma de  entender las cuestiones fundamentales de la existencia.

Y si bien fueron tomados como arquetipos de Occidente,  se propusieron bastante poco. No escribían para la posteridad porque  la historia en sentido estricto no importaba. El hombre moderno es el que sufre la carga del pasado– dice Nietzsche. Ellos sentían la fluidez vital  y el devenir al modo de los ríos de Heráclito: todo era dinámico, abierto a los ojos,  al asombro y al pensamiento.

Se fascinaban con su eterno presente y convivían con la manifestación constante de sus dioses.  Tenían suficiente con reconocer y amar plenamente a sus ideales y en ese sentido no eran ambiciosos: alcanzaba con ser ellos mismos y  ser los mejores. Por eso el dórico es el arte pleno y Euclides el sabio por antonomasia. En los dos existe la simplicidad como valor supremo. No hay pretensiones ni grandilocuencias. Todo es así  y así era como concebían a la naturaleza: rotunda, inexorable, rítmica, llena de figuras y profundamente hermosa.

Nunca quisieron ser un imperio porque ignoraban la existencia de algo superior a la ciudad, la polis-según su lengua donde vivían y morían sin esperar  otra finalidad que el conocimiento y el equilibrio del espíritu. Comenzaron por el espíritu. Y casi en el final de sus cumbres, acompañados por Alejandro de Macedonia, extendieron al mundo antiguo desde el Mediterráneo hasta los confines del Asia, la cólera de Aquiles, la astucia de Ulises, los consejos de Hesíodo, las hazañas de sus héroes, las peripecias de sus dioses y las especulaciones teóricas y dramáticas que hicieron sobre sí mismos.

Y sobre todo, poblaron la historia de palabras. Nos legaron las palabras que   devenidas en  conceptos, intuiciones y  abstracciones insuperables, configuraron  la sensibilidad, el pensamiento, la ciencia y la política de la cultura occidental.

Desde ese momento y por lo menos hasta los tramos iniciales del mundo contemporáneo, todo se hizo a partir de esos modelos humanos.

 

José Seco Villalba.  Julio 2018