Fundamentalismos

ACERCA DE LOS FUNDAMENTALISMOS Y OTRAS INTOLERANCIAS

Motivaciones personales y laborales y algunos hechos ocurridos recientemente, me orientan a centrar este trabajo en el tema de la intolerancia y las diversas formas, tonalidades y coloridos disfraces, con los que ha logrado camuflarse desde hace milenios y hasta nuestros días.

Estimo que deberíamos esforzarnos más por investigar profundamente esta extraña forma de religiosidad militante, llamada “fundamentalismo”, y así poder enfrentar –con posiciones más creativas y eficaces-, el gravísimo riesgo que nos amenaza.

El fundamentalismo como expresión de un fanatismo intolerante y extremista, toma cuerpo en las actitudes de quienes están convencidos de poseer la verdad –superior o única- y que por lo tanto debe ser impuesta obligatoriamente a los demás, a quienes consideran inferiores e imperfectos.

El peligro de esta activa y creciente militancia fundamentalista, reside primordialmente en que su objetivo es lograr reposicionar al dios y a la religión desde ese segundo plano entrañable, íntimo y personal –en el que han sido ubicados paulatinamente ambos, a partir del siglo XVIII, por los valores y las normas de las sociedades crecientemente laicas – y exaltarlos hacia posiciones protagónicas, excluyentes y monopólicas en los ámbitos sociales, políticos, académicos, laborales, científicos y estéticos.

Los miembros activos de los fundamentalismos de las tres religiones monoteístas que subsisten hoy, siembran y cosechan fantasías de persecución, de destrucción y de aniquilamiento.
Ese terrorismo religioso muestra que se utiliza al dios y a la religión para justificar:

  • El odio al diferente.
  • La discriminación al igual y
  • La agresión ilimitada

Tratan de incorporar lo sagrado al ámbito de la lucha política y nacional.

Una importante cantidad de países musulmanes, el Estado de Israel y los EEUU de Norteamérica, han proporcionado a sus religiones, una fuerza ideológica y militar, que deberíamos analizar con cautela.

El fundamentalismo ha sido en sus orígenes y continúa siendo hoy, una fe defensiva.
Se anticipa al exterminio inminente, sus militantes ven a la conspiración por todas partes, sus teologías se encuentran incubadas en el temor a la desaparición grupal, en el terror a la extinción. Creen, de buena o de mala fe, en que el laicismo está dispuesto a abatirlos sin piedad.

En todos los casos el fundamentalismo adquiere formas defensivas de espiritualidad, surgidas como respuestas extremas:

  • A situaciones de vulnerabilidad
  • A amenazas reales o supuestas
  • A sentimientos de opresión, de falta de libertad o sospechas de aniquilamiento.

Se intenta volver a sacralizar un mundo cada vez más escéptico, mostrando que están viviendo (injustamente) una suprema lucha cósmica entre: las fuerzas del bien (a a las que ellos representan) y las legiones del mal (corporizadas en todos aquellos que no forman parte de su grupo de pertenencia).

Se fue desarrollando en el Occidente europeo un tipo de civilización absolutamente diferente, sin antecedentes, regida por la RAZON. Ese racionalismo científico hizo eclosión en el siglo XVIII y por lo tanto la respuesta religiosa debería haberse adaptado a tales circunstancias inéditas.

Una nueva cosmovisión exigió ser internalizada entonces en cada uno de los hombres, que dejaban de ser meros súbditos desechables para asumir la singular condición de ciudadanos únicos.

Estas muy disímiles formas  de pensar, de hablar, de actuar, de sentir y de adquirir conocimientos, han sido identificadas históricamente como MITOS y como LOGOS.

Todas y cada una de las tradiciones religiosas que subsisten en nuestro siglo XXI, en sido engendradas por y para sociedades agrarias, nómades, apenas alfabetizadas, con lenta comunicación entre sí y un escaso nivel de tecnificación, según nuestros actuales parámetros occidentales.

Los llamados monoteísmos, que son las religiones del dios exclusivo, excluyente y voraz, han sido indudablemente, una trascendental invención de la antigüedad del Cercano Oriente. Pero ante la criminal disposición que continúan evidenciando algunos de sus fieles para matar y para morir en defensa de su particular y egoísta versión de la verdad, resulta envidiable el recuerdo del romántico y condescendiente politeísmo griego y romano, a partir de los que fue concebida la primera democracia.

Ese politeísmo erradicado, podía ver en cada una de las divinidades extrajeras, a sus propios dioses, porque esos seres sobrenaturales eran personificaciones de las energías que daban vida a los hombres y que conformaban y mantenían el para qué del cosmos.

Fue ése un germen de la ciudadanía compleja, que se gestionaba desde el respeto por la diversidad.

Cuando el ateo militante pide evidencia científica de la cantidad de milímetros caídos durante el Diluvio Universal o interroga desde la física sobre la velocidad con la que el cuerpo de Cristo ascendió a los cielos, el fundamentalista religioso entra en pánico, se agiganta en él su sentimiento de angustia ante la pérdida y llega a responderle con violencia inusitada.

No puede haber una ascensión al cielo, sencillamente porque astronómicamente no hay cielo y porque ascendiendo a la velocidad de la luz, ese cuerpo todavía estaría dentro de los confines de nuestra galaxia.
Pero la torpeza de una pedagogía religiosa intolerante le enseñó a sus files que ese ascenso fue un hecho físico e histórico, tal como la apertura del Mar Rojo por Moisés o el detenimiento del Sol y de la Luna, por Josué, el sucesor de Moisés.
Son todas narraciones míticas que, de ser reales, históricas y verificables, romperían con las mismas reglas de la naturaleza.

Semejantes interpretaciones literales de creaciones mitológicas de excelsa riqueza, dejan perdido, raído y bastardeado, el original y exquisito mensaje del símbolo.

No hay necesidad de bañarse en el contaminado río Ganges para lograr la purificación, ni llegar hasta Israel para pisar Tierra Santa o peregrinar hasta La Meca para estar más cerca de Alá.
Todos ellos, y muchos otros, son lugares simbólicos, representaciones de nuestros espacios interiores que se abren a lo exterior, a  lo cósmico, a lo trascendente.

Como lo expresa con meridiana claridad  Joseph Campbell: “Dios es un símbolo, no un hecho científicamente comprobable; el dios dentro de nosotros es el que da la ley y el que la puede cambiar”

En el mundo premoderno, donde todas nuestras religiones fueron concebidas, la gente no estaba interesada en confirmar si un hecho o una situación narrada había ocurrido en la realidad del pasado o ocurriría textualmente en un futuro cercano. No les incumbían las cuestiones prácticas de tales narraciones, les interesaba y mucho, el significado del acontecimiento que se narraba.

Esos eran los tiempos del MITO, que no es en absoluto demostrable a través de la prueba racional.
Le concernían a él los orígenes de la vida, los fundamentos de cada uno de los valores, las respuestas a las más profundas angustias humanas.
Se llega a él a través de la intuición, de los ritos, del culto, de las ceremonias que poseían  (y continúan poseyendo) una gran influencia psicológica y estética sobre los miembros de la comunidad celebrante.

Por ello, la función del ritual y del mito es permitirnos a los participantes, experimentar aquí y ahora y no solamente evocar lo ocurrido, en alguna otra parte, hace mucho tiempo. El hombre de las sociedades premodernas se desligaba del tiempo profano, alcanzando mágicamente el tiempo sagrado, el Gran Tiempo. Y una vez incorporados en este tiempo, no conmemoramos un hecho pasado, sino que re actualizamos un misterio.

Es así como el MITO nos reconcilia:

  • Con nuestro propio ciclo de vida
  • Con el entorno que nos rodea y en el que vivimos y
  • Con los demás, a quienes nos un en lazos de interés, de afecto o de odio

Es el MITO quien concede a los creyentes un contexto para encontrarle sentido a la vida, al dolor, al paso del tiempo, a la injusticia, a la muerte…
No existe un sistema final, dogmático y cerrado de interpretación para cada uno de los mitos. Cada mito, cada símbolo, nunca se descubre íntegro a quienes lo interrogamos.
Su habilidad y su riqueza son inconmensurables y por eso pervive a través de los tiempos históricos.
Al asignarnos un lugar en el universo, nos va proporcionando a cada hombre, las seguridades que necesitamos para sobrevivir a través de las generaciones.
Simultáneamente nos ofrece modelos perfectos de conducta, para cada una de nuestras acciones, de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos significativos.

Cada MITO que sobrevive, que descubrimos, es la expresión de una forma de vivir y de ser en el mundo. No debemos confundirlo con creaciones infantiles, ignorantes y aberrantes.

Mientras el MITO tiene vigencia, el hombre mantiene sus seguridades, tiene garantizado el éxito de las acciones que emprenda.
Hoy, camufladas, degradadas, laicizadas, las imágenes míticas pueden ser redescubiertas a cada paso. Es nuestra obligación  reconocerlas.

“Sin mitos sobre los que edificar, la sociedad se encamina a su disolución”, nos dice Joseph Campbell.

Los fundamentalismos intentan transformar el MITO de sus religiones en un LOGOS científicamente válido. Perversamente convierten así la fecunda riqueza de su mitología (en muchos casos milenariamente elaborada como una filigrana), en una insípida y deslucida ideología modernizada.

Un nihilismo desesperanzado, un sentido de vacío existencial y una desilusión creciente, van irguiéndose en una sociedad que no logra adaptar su espiritualidad, ante los avances de la ciencia y de la tecnología.
Éste es un espacio apto para la germinación de los fundamentalismos extremistas.

Resulta imposible persuadir a estas personas acerca de la irracionalidad de sus temores y, peor aún, es intentar erradicar tales sentimientos a través de la coerción.

Es lamentable tener que aceptar que la laicidad tiene también a sus fundamentalistas.
Hay muestras de un laicismo agresivo, que no ha demostrado respeto por las creencias ajenas acerca de “lo sagrado”.

Ambos bandos, se encuentran atrapados desde hace siglos en una espiral  violenta de mutua recriminación, sospecha y rechazo.

En esa recíprocas faltas de respeto por la identidad ajena –burdas o sutiles, expresas o subterráneas-, es donde se desnuda nuestra “falta de fe” en el valor de la dignidad personal.

Es en ese avasallamiento a las convicciones personales y comunitarias, donde se descubre nuestra anemia de convicciones morales, aquellas que pretendemos imponer a los otros.
Una prueba histórica de lo expuesto, es la reacción de  los hombres de la Ilustración que, ante excesos políticos, económicos y morales del clericalismo católico francés del siglo XVIII, no supieron o no quisieron distinguir entre:

  • El cristianismo del Vaticano, corrupto, tenebroso e hipócrita y
  • El cristianismo de los orígenes, cristalino y deslumbrante.

Voltaire, apasionado y lúcido, amenaza al clero de su país con premonitorias palabras: “Os habéis aprovechado de la ignorancia, de la superstición y de la demencia, para tenernos encadenados bajo vuestras plantas, temblad cuando llegue el día de la Razón”.
Y ese día llegó.

Hoy, en Occidente nos hemos familiarizado con el LOGOS y hemos perdido el sentido del MITO, al que calificamos de falso y supersticioso.

A través del LOGOS actuamos eficazmente en el mundo, nos relacionamos con los hechos y logramos un especial control con el medio, descubriendo, inventando y adaptándonos a las prácticas para la sobrevivencia.
Las viejas formas de espiritualidad no nos son útiles y estamos huérfanos de nuevas respuestas.

Ese LOGOS racional, no alcanza a aliviarnos las penas que se encuentran más allá de la evidencia empírica. La angustia ante la Nada de la Muerte, es un fenómeno de la modernidad.
Al no reconocer los límites de una verdad mítica superior, esta RAZON puede llegar a grados de perversión y de criminalidad similares a las atrocidades cometidas por los fundamentalistas religiosos.
Occidente, desmitificado, rechaza a la Muerte como la Gran Iniciación, concepto indispensable para el nacimiento del hombre nuevo.

Ante los horrores de las guerras del siglo XX, nuestra RAZON enmudece.
Ante la Nada, el hombre moderno se paraliza.
Descubrimos que somos “seres en trance de muerte”, que vamos siendo devorados implacablemente por el tiempo.

Lo sagrado es a-histórico, no se realiza en el tiempo. Los contemporáneos tenemos conciencia de lo sagrado y de su total diferencia con lo profano.
Esa diferencia abismal no existía en el mundo pre-moderno, donde MITO y LOGOS eran inseparables y se reforzaban uno al otro con funciones estrictamente diversas.

Ante el interrogante sobre la indispensable convivencia humana pacífica para sobrevivir,  -pese a las innumerables diferencias que registramos -, la respuesta probablemente consista en redoblar esfuerzos por generar y mantener un espacio público laico, libre de dogmatismos y de absolutos.
En él, cada grupo reconocerá que posee una verdad parcial, segmentada y perfectible, que debe ser articulada, armonizada y consensuada cotidianamente con las otras verdades limitadas de quienes habitamos la Tierra.

Ese espacio público laico reconocerá:

  • Que no existen personas sin atributos
  • Que nuestra identidad se va tejiendo con la pluralidad de nuestras creencias, de nuestras opciones sexuales, de nuestras capacidades, y de nuestras opiniones vitales.
  • Que una tolerancia activa con los que piensan, sienten y actúan en forma diferente, debe ser la primera virtud a cultivar en una sociedad civil realmente pluralista, laica y pacífica.

Y así, tanto el ateísmo militante –dogmático y jactancioso-, como las religiones monoteístas –que degeneran en fundamentalismos violentos-, deberán hacer prolijamente sus deberes para presentarlos ante la sociedad laica:

  1. No intentar avasallar al mundo civil, imponiendo dogmas que uniformicen conciencias.
  2. Enterarse definitivamente de que la opción de fe es radicalmente individual, un derecho personalísimo, que nadie puede forzar a aceptar.
  3. Que a esa opción puede invitarse solamente desde la libertad.
  4. Que solamente desde la libertad, la opción puede ser aceptada.
  5. Por último, que deben llegar a distinguir claramente entre el MITOS y el LOGOS.

Mario Eduardo Corbacho.

Para seguirprofundizando el tema:

  • Armstrong; Karen: Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el Islám. Barcelona. Tusquets. 2004.
  • Bultman, Rudolf: Nuevo Testamento y Mitología. Buenos Aires. Alamagesto. 1998.
  • Campbell, Joseph: El héroe de las mil caras. México. FCE 2006.
  • Campbell, Joseph: Tú eres eso. Las metáforas religiosas y su interpretación. Buenos Aires. Emecé 2002.
  • Campbell, Joseph: Los mitos en el tiempo. Buenos Aires. Emecé. 2000.
  • Cipriano, Roberto: Manual de sociología de la religión. Buenos Aires. Sigo XXI. 2004.
  • Walter, Philippe: Mitología cristiana. Buenos Aires. Paidós. 2004.