Entre la Ingenuidad y la Hipocresía


Los medios masivos, – centralizados y rígidamente controlados por quienes privilegian su dominio económico sobre las mayorías demográficas -, nos imponen desde las pantallas y desde las múltiples redes que enmarañan al mundo, una información homogeneizada.

Los datos, las imágenes, los comentarios y las repeticiones ad nauseam, intentan y logran – mayoritariamente – regular nuestros sentimientos, nuestros pensamientos y nuestras acciones.

Películas, noticieros, reportajes, fútbol, documentales y hasta letras de canciones, invaden nuestros tiempos de receso, formateándonos a cada uno de los miembros de la comunidad, según los valores y las normas concebidas por aquellos centros de decisión.

Anteayer, los “buenos de la Historia” eran los aliados -norteamericanos y soviéticos- y los “malos” vestían el uniforme de las potencias del Eje, comandadas por la Alemania Nazional-Socialista.

Ayer, se abuenaron aquellos alemanes malos con el Plan Marshall y se demonizaron los soviéticos, que con sus aliados del Este europeo y del sudeste asiático, fueron acusados de ser los culpables de todos los males cósmicos durante las décadas de la Guerra Fría.

Mientras tanto, los intelectuales de las izquierdas europeas y sudamericanas  minimizaban los horrendos crímenes y las purgas stalinistas, maoístas y castristas, justificándose en que: un nuevo mundo socialista se estaba pariendo, y como en todo parto, hay dolores que pueden ser acallados cantando: “Arriba parias de la Tierra, en pie, famélica legión[1]

Las llamadas “derechas sudamericanas”, simultáneamente, silenciaban o edulcoraban los horrores y las indignidades de la España de Franco, del Portugal de Salazar y de cada uno de los gobiernos militares de los sesenta, de los setenta y de los ochenta.

Hoy – y desde la Caída del Muro de Berlín -, los centros de decisión se han permitido reorientar sus intereses y sus afectos, ampliándose el número de los miembros de la “Banda de los Buenos”, que se enfrenta en encarnizada lucha contra el “Eje del Mal”, eje que se corporiza ahora en quienes calzan turbantes y rezan hacia la Meca.

Hiroshima y Nagasaki, Corea y Vietnam, la Guerra del Golfo y la de Afganistán, la Franja de Gaza y Guantánamo, son apenas algunos pocos ejemplos geográficos donde la muerte, la tortura, la degradación y la intolerancia son presentados como el costo a pagar, en nombre de la democracia occidental.

Los “buenos” así nos lo afirman reiteradamente.

Los “buenos” así nos lo publicitan desde hace más de medio siglo.

La hipocresía en sí es un tipo de mentira o pantalla de reputación, que se origina en el deseo de esconder a los demás, los motivos reales, o los sentimientos y principios que, en realidad, no se tienen o no se siguen.

Es decir, que personas, o comunidades nacionales, o corporaciones hipócritas, son aquellas que pretenden que se luzca su grandeza y su bondad que construyen con apariencias sobre sí mismas, propagándose como ejemplo y pretendiendo  – o exigiendo según los casos -, a los demás, que actúen, piensen y sientan de la misma forma.

A través de afinados argumentos falaces, exigen que se glorifique su accionar, aunque sus fines y sus logros estén muy alejados de la realidad que declaran sus principios.

La hipocresía, es la negativa a aplicar para el “nosotros”, los mismos valores, medidas y juicios que aplicamos para los “otros”.

Éste es y ha sido uno de los males centrales de nuestra sociedad, que promueve actividades muy redituables como la guerra y las desigualdades sociales en un marco de autoengaño, que incluye la noción de que la hipocresía, por sí misma, es una parte necesaria o benéfica del comportamiento humano y de la sociedad toda.

Ante semejante desmesura, los ingenuos se escandalizan.

De los dos centenares de Estados miembros que conforman  la Organización de las Naciones Unidas, – cuyos muy altruistas y democráticos principios son puestos como ejemplo planetario desde 1945 -, solamente cinco de ellos tienen el poder de veto.

Una sospechosa casualidad ha querido que de esos cinco países privilegiados, cuatro, hayan sido los triunfadores de la II Guerra Mundial y con el restante, incorporado en 1971, forman el apocalíptico quinteto de los primeros exportadores de armas del mundo: EEUU de América, Reino Unido, Federación Rusa, Francia y la República Popular China.

Así, desde hace más de cincuenta años, el mundo en su conjunto, ha legitimado el camino del voto democrático para doscientos países, que se encuentran a merced del veto irrestricto de  los cinco principales exportadores de armamentos.

Para imponer la voluntad de los más fuertes y ricos, si no basta con la luz de la razón, tienen la fuerza del fuego. Ayer fue el garrote y la lanza, hoy es el misil satelital y la acumulación nuclear.

La hipocresía organizada en nuestro Occidente ha triunfado en cada uno de los máximos niveles de la conducción. Ella actúa, publica, opina y expone candorosas razones humanitarias para intervenir militarmente, con el pretexto de liberar e iluminar a los pueblos oprimidos por dirigentes despóticos y corruptos.

Repugna leer a tanto experto – siempre muy bien pago – pretendiendo convencernos con seriedad estudiada y desde las pantallas, sobre cómo debemos  proceder los ciudadanos comunes contra nuestros dirigentes populistas y lanzarnos confiados hacia los brazos de la purísima democracia de barras y estrellas.

Hay motivos más que suficientes para desconfiar – y mucho – de las  organizaciones internacionales, de los gobiernos centrales y  de sus opinólogos  propagandistas.

Es un deber de conciencia ciudadana sospechar – y mucho – de esos repentinos y muy interesados descubrimientos de las maldades, abusos, corrupciones y atrocidades de estos dictadores y reyezuelos, que hasta hace muy pocos meses eran recibidos con ceremonia pública y beneplácito, por monarcas europeos, presidentes norteamericanos y primeros ministros de todo el mundo desarrollado.

Es simplemente revulsivo este cacareado compromiso humanitario y democrático, de carácter tan selectivo como oportunista.

Se está produciendo en  gran parte del mundo árabe una inédita revolución social.

A la Europa rica y en crisis y a los EEUU en colapso financiero y campaña electoral, les preocupan en especial los miles de pozos petroleros, las torres de prospección, el precio de la nafta en sus surtidores y el muy probable arribo masivo de emigrantes africanos y asiáticos, con las imprevisibles consecuencias económicas que tales desequilibrios demográficos mundiales vayan a implicar.

La cacofonía de sus lamentaciones los obliga a silenciar a esas otras voces de hambre, de temor y de dolor. Los permanentes atentados contra las precarias libertades de esos pueblos  y  la creciente opresión ejercida sobre sus hombres, sus mujeres y sus niños, nunca les ocupó – históricamente – demasiado tiempo ni esfuerzo. Tampoco hoy les sigue impidiendo la muy lucrativa venta de armas sofisticadas a tan ávidos y pagadores clientes subdesarrollados.

Hay quienes con parcelados  conocimientos,  malintencionadas perspectivas y muchos intereses inconfesables, tratan de explicarnos lo que sucede en ciertas partes del mundo y nos conducen – sibilinamente – a reclamar por una intervención militar como única esperanza de sobrevida democrática.

Sigue en nuestras memorias, el reciente y lamentable episodio iraquí de las supuestas armas de destrucción masiva, jamás encontradas. Son demasiado burdas las intermediaciones para facilitar la implantación de empresas occidentales y asociadas de reconstrucción nacional, en esos territorios bombardeados y civilmente destruidos.

Toda la información que arribe a nuestras pantallas a través de  las campañas camufladas de intoxicación y ocultamiento,  debe ser filtrada con mucha cautela y con toda clase de prevenciones.

Un grito tantas veces inútilmente repetido,  debe ser incorporado a nuestras rutinas:

¡No a la intervención militar extranjera! ¡No al crimen de la guerra!

Somos un producto de Occidente –y como tal- tallado con sus mezquindades, con sus traiciones y con su nauseabunda soberbia.

Pero también, muchos han sido y siguen siendo los hombres y mujeres que con voluntad e inteligencia, cincelan cotidianamente una férrea justicia, una sublime lealtad y una silenciosa entrega fraterna, en favor de aquellos prójimos menos favorecidos por el azar de la vida.

Posiblemente sean los motivos de esta reflexión,  los que personalmente me siguen convocando a formar parte de este Grupo de trabajo intelectual.

Más allá de exigir homologaciones democráticas, de fijar modelos de ética republicana y de expedir certificados de dignidad, el Occidente rico debería aprender del coraje con el que tratan de ganarse la libertad, la igualdad y la solidaridad los pueblos que siguen sojuzgados, ayer por tiranos nativos y hoy por los intereses económicos extranjeros que los condenan a una mayor miseria generacional.

Mientras tanto, la hipocresía organizada sigue izando “sobre tierra de libres, la bandera sagrada[i][2]” y entona sus himnos de gloria sobre un planeta angustiado y prisionero del desamparo.

Para seguir reflexionando:

Krasner, Stephen: Soberanía, hipocresía organizada. Paidós. 2001

De Souza Silva, José: La farsa del “Desarrollo”. Artículo del 21 /VII/09

Unidad Cívica por la República: La Hipocresía organizada y la insurrección árabe. Artículo de Júcaro 11-III-11

Mario Corbacho

Mar del Plata, agosto de 2011.


1   de la letra del Himno Nacional de la URSS desde 1917 a 1944.

[2] de la Letra del Himno Nacional de los EEUU de América.