EMPEZAR POR EL PRINCIPIO


COLABORACIÓN ESPECIAL DE FRANCISCO GOYOGANA.


 

Doctor en Farmacia y Bioquímica. Reconocido experto en Bioética. Vicepresidente del Instituto Sarmiento de Sociología e Historia. Autor de múltiples publicaciones científicas e históricas. Algunas de sus obras son: “El Paradigma de la Crisis”; “Sarmiento y el Laicismo. Religión y Política”.

 

Los sabios de laboratorio están cambiando la vida de la humanidad. Y seguramente la cambiarán  aún más, porque la biología moderna  ha iniciado un camino  que no parece poder ser interrumpido. Los cambios se suceden con rapidez  y en consecuencia, el hombre se pregunta sobre la actitud a tomar frente a nuevos aspectos de la realidad.

Los interrogantes se multiplican cuando  la ciencia moderna incide sobre los seres vivos, en su reproducción o enfermedades. La transgénesis  de alimentos, la clonación de animales o de células, o el aprovechamiento de embriones para superar episodios de esterilidad  o para la investigación, son motivo de tempestades de opiniones. Plantean cuestiones éticas en primera instancia y jurídicas a continuación, debido a que no están reguladas aún, o lo están de manera deficiente.

Las preguntas y las perplejidades generan cuestiones sobre la licitud de los procedimientos y sobre todo en la consideración de lo que se debe permitir o prohibir, y abren paso al pensamiento filosófico, vehículo de la duda metódica, para encontrar respuestas. Notablemente, el pensamiento filosófico advierte desde el comienzo que el término Ética contiene una variedad compleja y confusa de componentes que fusionan instinto moral con creencias subjetivas, prejuicios y supersticiones. Y desenredar esa madeja no es tarea fácil.

La búsqueda de soluciones  ha mostrado la dificultad de encontrar la existencia de reglas fijas y eternas que ordenen a las cuestiones nuevas y muchos dudan sobre la existencia de códigos que determinen absolutamente el rumbo a seguir. Pero existen, en efecto, códigos respetables que reemplazan a los códigos sobrenaturales inhallables, pero hecha la advertencia de que la razón desbocada  puede provocar la producción de ideales imposibles e incluso de ideologías que por ser totalizadoras corren el riesgo de ser totalitarias. Queda, por ahora, la posibilidad de elaborar nuevas ideas menos ambiciosas pero con objetivos asequibles.

Con respecto a la Bioética, la Declaración de Belmont en 1978 tenía enunciados tres principios   representados por el respeto a las personas, la beneficencia y la equidad, aceptado el principio básico de  que la investigación y el conocimiento, siendo buenos de por sí, no suscitaban cuestiones morales. Si se presentaban, sólo podían afectar las aplicaciones prácticas de la ciencia, pero con una dicotomía entre ciencia y aplicación que con el tiempo se ha mostrado insostenible.

En efecto, cuando el conocimiento biológico se desarrolla a niveles celulares y subcelulares, resulta claro que la investigación no puede avanzar sin intervenir activamente en los organismos que son objeto de investigación. Teniendo en cuenta que el hombre siempre ha modificado la naturaleza, no debe perderse de vista que las nuevas técnicas que producen alguna alarma  en determinados individuos, sólo siguen modelos naturales aunque los cambios se multipliquen. Así, los híbridos abundantemente producidos por la agricultura tradicional son naturalmente transgénicos sin la intervención de la mano del hombre. La naturaleza evoluciona continuamente y muta sin la participación de ningún humano. Por lo tanto, transformarla no significa alterar algo en sí mismo inamovible.

Tradicionalmente se ha concebido a la naturaleza como fija, formada por esencias invariables, incluso eternas, pero la ciencia sabe ahora que no es tal. El concepto fijista de la naturaleza ha caducado, y la humanidad se encamina en una nueva concepción de los seres vivientes.

En las discusiones que se plantean  actualmente, referidas a técnicas de reproducción humana, plantean la cuestión de la dignidad del embrión. Sin embargo, es posible señalar que  el asunto debe abordarse al empezar por el principio, como lo hizo desde tiempos antiguos.

Desde Orígenes (c.  185-c.  254), teólogo y padre de la Iglesia griega, que fue el primero en concebir un sistema completo del cristianismo, integrando las teorías neoplatónicas y cuyas ideas fueron finalmente condenadas por el concilio de Constantinopla en 553, consideraba que Dios creó desde el principio las almas humanas.

Esta opinión fue refutada  inmediatamente, a la luz de la expresión del Génesis (2: 7)  que dice  Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. De modo que en la Biblia primero Dios crea el cuerpo y luego le insufla el alma. Pero esta postura planteaba problemas a propósito de la transmisión del pecado original.

Quinto Septimio Florente Tertuliano  (c. 160- c.  220), un líder de la Iglesia conocido corrientemente como Tertuliano, sostuvo que el alma del padre se transmitía al hijo a través del semen, postura que rápidamente fue tachada de herética, porque suponía un origen material del alma.

Más tarde fue san Agustín (354-430)  quien se encontró en situación comprometida al enfrentar a los pelagianos partidarios de la doctrina considerada como herejía cristiana, debido a que negaban la transmisión del pecado original.  Por una parte, Agustín de Hipona sostiene la confusa doctrina creacionista , que sostiene que todas las almas son creadas directamente por Dios, incluyendo la sustancia material e inmaterial de Eva que toma ésta de Adán, en oposición al traducionismo espiritual, doctrina que considera que el aspecto inmaterial  se transmite a través de la generación natural junto con el cuerpo material y que el alma individual deriva de las almas de los padres e implica que sólo el alma de Adán fue creada directamente por Dios.

Tomás de Aquino, por su lado, propone la resolución de la transmisión del pecado original como un contagio natural por medio del semen (Summa theologica, I-II, 81, 1), pero sin que su postura tenga algo que ver con la transmisión del alma racional.

El alma es creada porque no puede depender de la materia corporal. Aquino estima que los vegetales tienen alma vegetativa, que en los animales es absorbida por el alma sensitiva, mientras que en los seres humanos ambas funciones son absorbidas por el alma racional, que es la que dota al hombre de inteligencia y lo convierte en una persona, puesto que la persona era, según la antigua tradición, sustancia individua de una naturaleza racional.

Aquino parece no discriminar entre embrión, para empezar por el principio, con el feto. En relación a éste expresa que Dios introduce el alma solo cuando el feto adquiere, gradualmente, primero el alma vegetativa y luego el alma sensitiva. Solo entonces, en un cuerpo ya formado, se crea el alma racional (Summa, I, 76, 2 y I, 118, 2). En la Summa contra gentiles (II, 89), se repite que hay un orden, a modo de gradación en la generación, a  causa de las formas intermedias con que es dotado el feto desde el inicio hasta su forma final.

El núcleo del problema se encuentra en el momento en que el alma intelectiva es infundida en el feto para convertirlo en una persona humana cabal. La doctrina tradicional ha siso sumamente cautelosa en ese punto.  Monseñor Dr. Pietro Caramello  (1908-1997), docente de filosofía en el seminario arzobispal de Chieri, así como de filosofía teórica en la Facultad Teológica  y comentador de la obra de Tomás de Aquino, aunque reconoce que la doctrina tomista sostiene que el alma es introducida en el óvulo fecundado cuando el mismo ya está dotado de una organización suficiente, anota que según autores recientes ya existe un principio de vida orgánica en el óvulo fecundado, pero que en un extremo de prudencia no afirma si el principio de vida orgánica debe referirse también a las almas vegetativa y sensitiva.

En el Suplemento a la Summa theologica  (80, 4) se establece que los embriones no participarán en la resurrección de la carne  antes de que sea infundida en ellos un alma racional. Es decir que, después del Juicio Universal, cuando  los cuerpos de los muertos resuciten, a fin de que, según san Agustín, participen de la belleza y perfección adulta no solo los nacidos muertos, sino de forma humanamente  cabal también los seres monstruosos, los mutilados, los a genésicos, etc., en esa              resurrección de la carne no participarán los embriones porque aún no les ha sido infundida el alma racional y, por lo tanto, no son seres humanos.

Esta postura podría haberse cambiado por la Iglesia, que a lo largo de su historia ha mudado de determinadas posiciones por otras, pero curiosamente se puede advertir que su desmentido no haya sido hecho simplemente por una autoridad más, sino por una columna de la teología católica.

El examen de las reflexiones promovidas por estudio del tema llevan a apreciaciones curiosas, dado que las modificaciones con respecto a temas diversos han sido de conocimiento general. Así, por ejemplo, la Iglesia vaticana se opuso durante un tiempo prolongado a la teoría de la evolución, no tanto por la colisión con el relato bíblico de los siete días de la creación, sino más bien por la diferencia entre las formas de vida pre humanas  y la aparición del hombre, que revocaba la diferencia entre un primate, que es un mero animal, y un hombre dotado de alma racional.

En el caso del embrión humano, siempre  para empezar por el principio, el combate fundamentalista para afirmar en defensa de la vida que ese elemento esencial para la generación de una criatura ya es un ser humano porque en el futuro podría llegar a serlo, fuerza a los creyentes más rigurosos hacia la frontera de los antiguos materialistas evolucionistas del siglo XIX. No existe ruptura alguna,  pues de acuerdo con la definición de Tomás de Aquino, en el curso de la evolución de los vegetales a los animales y a los hombres, la vida tiene toda ella el mismo valor.

Con la defensa de la vida y la defensa de la vida humana, nociones diferentes, se puede crear alguna confusión, porque defender a toda costa la vida donde quiera que se manifieste o la forma en que lo haga, llevaría a definir como homicidio no solo el acto de derramar el propio semen con fines ajenos a la procreación, sino también al acto de la ingesta de animales destinados a la alimentación del hombre, extensible del mismo modo a los vegetales.

Paradójicamente, las actuales posturas neo fundamentalistas católicas, que tienen un origen protestante, simplifican al cristianismo en posturas a la vez materialistas y panteístas, en el estilo del pampsiquismo oriental en virtud del cual ciertos gurúes cubren parte de su rostro con un barbijo para no matar microorganismos al respirar.

El problema tiende a una mayor complejidad cuando se aborda el tema del aborto, pues al volver al concepto de la vida, el primer hombre modelado con tierra hasta los detalles del organismo, carecía precisamente de vida por no haberle insuflado aún el Creador el espíritu que le faltaba. Sin el soplo divino no habría habido un hombre sino un mero modelo escultórico. La resolución de la cuestión  se encuentra en la determinación del momento en que se genera, además del cuerpo material, el espíritu o alma.

En la consideración del aborto se presenta una nueva cuestión con el status moral de la vida embrionaria y de la vida fetal, que debaten el derecho del embrión para ser considerado luego como feto, y a estos para que se les otorgue el derecho a la existencia. Otra vez ronda la idea de si el embrión es poseedor de un alma racional o simplemente un ente reducido, a lo sumo, a un nivel de materia biológica, criterio que de alguna manera algunos extienden al feto.

La polémica es conceptual y responde al criterio de aplicación para determinar si un ser puede considerarse humano con derechos plenos, así como el momento del desarrollo continuo del feto en que la vida aparece como humana (donde el adjetivo humana implica posesión del status  moral con todo lo que eso supone).

La interrupción de la gestación a partir  de un cigoto (célula diploide que resulta de la fusión de un espermatozoide con un óvulo) más allá de determinismos dogmáticos, debe demostrar que el cigoto, que a primera vista no es un ser humano, posee status moral. Y con respecto al feto, establecer  en punto en que adquiere su status moral de ser humano completo.

Mientras que el cristianismo rechaza en general el aborto desde la concepción, para el judaísmo no es cuestionable hasta el tercer mes de embarazo. Desde el punto de vista de los liberales, algunos niegan directamente que el feto tenga status moral  y, consecuentemente, derechos, mientras otros consideran que el status moral del feto es irrelevante en la determinación de la moralidad o inmoralidad del aborto, y se concentran en el derecho de la mujer para la concepción, a la que le adjudican prioridad.

Todas  las variadas   cuestiones que se plantean a la luz de los avances de la biología con respecto a su situación actual, imponen interrogantes nuevos sobre la licitud de las conductas a seguir, así como a enfrentar obligaciones sobre las prohibiciones o expresar las permisividades.

Al dar la cara a estas novedosas circunstancias, los filósofos en primer término, no disponen de pautas de conducta eternas aún cuando se reserven las recomendaciones transitorias de algunos códigos respetables, con la salvedad de conservar el pensamiento libre para seguir una evolución adogmática.                                                                                                                                                             Las  tradiciones  de la antigüedad y del Medioevo tuvieron vigencia hasta que Hobbes y Maquiavelo comenzaron a desvincular la política de la moral cristiana  y orientarla  hacia la paz civil.

Locke, Rousseau, Kant y la Revolución francesa contribuyeron a la domesticación de nuevos usos y costumbres, a la exaltación de la dignidad humana y a su vinculación con la autonomía moral.

Con posterioridad, el proceso consistió en la afirmación de la filosofía moderna  posterior al Renacimiento y a la Reforma, para instaurar  una civilización humana planetaria de cooperación entre iguales-distintos.

En este recorrido se manifiesta la evidencia de que los códigos morales pueden diferir entre sí, y también que ellos no son invariables. Igualmente, parece asimismo afirmarse  que la fuente de las obligaciones éticas debe ser la autonomía moral, pues la bioética no ofrece recetas, sino una forma de reflexión,  con la que se debe empezar por el principio.