EL EQUILIBRIO COMO VALOR

Resulta muy interesante abordar la búsqueda de factores que influyen en el modo de relacionarnos desde niños con la familia, con los amigos, en la escuela, en el trabajo, en la Universidad, en el deporte, con la pareja, en actividades sociales, culturales y políticas.

Sin restar valor a otros factores, como pueden serlo la inteligencia, el respeto por los demás, la solidaridad, el trabajo, el afecto, el apego a la ley o tantas otras manifestaciones que suelen caracterizar la vida de una persona,  en  las distintas respuestas emocionales que un individuo brinda a su entorno, la actitud del sujeto, que se encuadra en un grado de desequilibrio, lo más probable es que provoque en su o sus interlocutores reacciones negativas, para todas las partes.

El comienzo natural de búsqueda es el ámbito familiar, en la actitud del padre, la madre, los tíos o abuelos, respecto de los niños en particular, y del resto de la familia, en general.

Modos autoritarios, decisiones que se adoptan en forma de órdenes indiscutibles, bajo encubierta amenaza de castigo o rechazo, sin admitir la posibilidad de situaciones alternativas que justifiquen la búsqueda de consenso, generan, poco a poco una relación enfermiza, temerosa, en el límite que las circunstancias imponen.

Se trata, en última   instancia en la adultez  lograr la paz interior, que permita el autoconocimiento, el control de los actos que a veces se alcanza con todas las formas de meditación que hacen posible que  el ser humano, en cualquier circunstancia, incluso, en soledad, encuentre la mejor forma de relacionarse con los demás y así, no solo capacitarse para ayudar, sino para ejercer liderazgos, para participar de diálogos en la búsqueda de acuerdos y consensos, tan necesarios en la sociedad de hoy.

Un simple repaso retrospectivo de los grandes conflictos bélicos que la humanidad ha vivido, en particular durante el pasado siglo y que provocaron millones de muertes, nos permitiría encontrar en la personalidad  de aquellos que provocaron semejantes acciones aberrantes, gestos característicos de desequilibrio que guiaba cada uno de sus pasos hacia el abismo, imponiendo en propios y extraños, ideas y propuestas, a través del terror ante decisiones  infrahumana independientemente del poder que hayan podido ejercer, cada uno, sobre la vida y la muerte de la humanidad, en aras de ideas o intereses, que no es el caso analizar.

Estos casos extremos, que aún se ven reflejados en los documentales que, de tiempo en tiempo podemos volver a ver en la televisión, no son más que la más alta expresión de la ausencia de ese factor en la personalidad que conocemos como “equilibrio emocional”.

Esa carencia, se manifiesta, como ha sido dicho, desde la más tierna infancia, en la que el primer grupo social en que actúa el niño, que es su familia, encuentra y de algún modo incorpora gestos y actitudes de prepotencia, de abuso, de verdad revelada como única y que luego va tomando forma en los siguientes niveles de socialización, como el círculo de amigos, la escuela, el trabajo, la universidad, el deporte, la actividad sindical, empresaria, política, cultural en que, necesariamente el individuo interactúa.

De la ausencia de equilibrio emocional al fanatismo, hay solo un paso, muy corto, que, bien aprovechado lleva a la conformación de barras bravas en el fútbol, en los sindicatos, en la política, en el barrio, sin que estén exentas de esta lacra, actividades normalmente aceptables, como los grupos religiosos, cooperativistas, asociaciones empresarias que, de un modo u otro, reciben los efectos causados por algunos de estos personajes, transformados en Líderes, con claros signos de desequilibrio emocional.

Ante esta descripción, breve,  sobre este factor de la personalidad, vale la pena indagar las formas de disminuir los riesgos que genera.

Mi primera reflexión sobre esta cuestión es que debemos poner el acento en fortalecer la formación que comienza en la familia, sigue en la escuela y luego a lo largo de toda la vida, en especial en lo que se refiere a las habilidades blandas que permiten interactuar socialmente.

Es, sin dudarlo, la mejor defensa ante este problema. Enseñar a escuchar al otro, a respetar sus ideas, a formar su propio criterio, a venerar el concepto más amplio de libertad en todas sus manifestaciones, sin caer en el libertinaje, el apego a las normas de convivencia, el repudio a toda forma de violencia, individual o colectiva, desde el poder o desde los ciudadanos, en la familia, en la escuela, el respeto a la ley y a los mayores, la valoración del esfuerzo, tanto en el estudio, como en el trabajo, y por sobre todas las cosas, el apego a una escala de valores que la sociedad debe defender, consensuando decisiones polémicas, premiando a quienes cumplen y castigando a quienes incumplen con la ley.

Este esquema, exige un nivel de Paz Social, que permita reconstruir sociedades aún enfermas desde el siglo pasado y con rescoldos aún sin apagar, avivados por determinados personajes, iluminados como fundadores de nuevas sociedades con niveles de corrupción inimaginables en lo personal y en lo colectivo.

A este invalorable elemento de trabajo que es la formación en valores, pueden incorporarse técnicas psicosociales que, seguramente harán posible un Pueblo Más Educado, como mejor prevención ante la terrible patología social que a menudo generan actitudes de desequilibrio.

 

Dr. Jorge Oscar Aguilera

 

 

 

 

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