EL ENIGMA DEL REPRESENTANTE

 

 

El pluralismo presupone la tolerancia,

lo cual quiere decir que un pluralismo

intolerante es un falso pluralismo.

Giovanni  Sartori

 

 

Sería una obviedad reiterar conceptos acerca del original momento que vive la política argentina; no lo es tanto centrar algunas consideraciones en un aspecto de la misma de manera de facilitar el intercambio de opiniones entre pensamientos distintos y, si se quiere, antagónicos, anclados en sus propias convicciones.

Para comenzar diremos que no puede negarse la gravitación que con más o menos razones se atribuye al pensamiento de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en el sostenimiento ideológico-filosófico de las políticas gubernamentales.  Más sólidos y profundos que todo el aparato de sus amigos de Carta Abierta, han elaborado un cerrado proyecto cuyo mayor mérito –más allá de su aceptación- radica en la actualización de viejas banderas populistas y de hacerlo a través de recursos valiosos por su eventual viabilidad y real atrevimiento.

De los trabajos que ambos han publicado, y para no abundar en excesos que el espacio no nos permite, tomaremos sólo algunas ideas que, aunque pueden ser obra de uno u otro, señalan una particular y esencial ligazón, producto de un pensamiento compartido y elaborado a  lo largo del tiempo.

En una reciente intervención en TECNOPOLIS, Laclau ha expuesto algunas ideas que no se puede menos que compartir, p.ej. su afirmación del carácter histórico de las instituciones y, consecuentemente, expresión de la relación de fuerzas de cada momento, lo que le permite afirmar que “las instituciones no son nunca instituciones neutrales”.

 

En términos absolutos – y desde la visión clasista que sostiene Laclau- es éste el punto de partida que le facilita avanzar hacia la condena de las formas actuales de representación del poder popular y propone, en consecuencia de ello, alternativas al modo democrático y republicano de gobierno.

 

Con algún detalle, Ernesto Laclau parte del reconocimiento de la aparición de nuevas fuerzas sociales en la arena histórica ( que) “necesariamente van a chocar en varios puntos con el odio institucional emergente”; ergo, ratifica la necesidad de promover cambios sustanciales en las relaciones de representación que hasta hoy se manifiestan en el sistema democrático tal como lo conocemos. Para ello, parte Laclau aceptando la imposibilidad de establecer formas definidas de democracia directa –atento a las complejidades de las sociedades modernas – pero propone y establece un modo de representación política que, siendo populista, supera en su fondo las versiones clásicas conocidas y apunta a un cambio radical en las bases mismas de la democracia representativa y los derechos ciudadanos.

 

LAS  BASES  DE  LA  PROPUESTA

 

Tenemos aquí dos puntos centrales a considerar: la aparición de nuevas fuerzas sociales que requieren, según Laclau, formas de representación que las contengan y, a su vez, atender a las consecuencias que la propuesta tiene en el juego de los sujetos políticos, sobre todo y especialmente en la relación representado-representante.

Hacia 1974, casi 40 años atrás, la editorial Plus Ultra publicó un breve libro bajo el título El populismo en la Argentina en el que colaboraron varios pensadores y politólogos de entonces.  Quizá como un anticipo de lo que ahora se presenta como “la aparición de nuevas fuerzas sociales”, ya entonces Norberto Rodríguez Bustamante –basándose en buena medida en la obra de George Bourdieu – trataba el tema y avanzaba incluso en una cierta modificación de las formas institucionales necesarias para la contención de aquellas fuerzas sociales emergentes.

Decía el autor citado que “Hoy, si se mantiene en muchos países la vigencia de los partidos políticos y del parlamentarismo en su carácter de órganos de la voluntad popular, no es menos cierto que los sindicatos, las asociaciones de variado tipo, los grupos de presión, los movimientos sociales y políticos animados por la participación de miles de personas (con sus alianzas y contraalianzas), encarnan poderes de hecho que desertan “ de las instituciones constitucionales para usar de todos los medios que les parezcan oportunos”… La nueva democracia o democracia gobernante, no de élites sino de presión organizada de las masas desprivilegiadas, configura un clima colectivo que marca la transición hacia otra etapa. En el seno mismo de la democracia liberal con un papel restringido o arbitral del Estado se insinúa –y en ciertos casos amenaza con imponerse- una nueva democracia, aquella en la cual los sectores mayoritarios de la población, pertenecientes a las clases trabajadoras se orientan hacia una concepción socialista o intervencionista respecto del poder”.

 

 LA  RELACIÓN  REPRESENTADO-REPRESENTANTE

 

En grandes líneas, y en las condiciones del mundo actual, éste parece ser hoy el criterio sostenido “in pectore”  por algunos sectores de la opinión política y en ese sentido Laclau avanza algunas normas de procedimiento que, sin ser del todo originales, obligan a tomarlas en consideración por las obvias secuelas que surgirían de su aceptación acrítica por parte de la sociedad.

 

La relación de representación, es decir, el establecido procedimiento por el cual la voluntad del ciudadano representado es el sostén y la guía intangible del ciudadano representante, el poder que el pueblo otorga para la defensa y promoción de sus intereses, implica para nuestro autor “una simple correa de transmisión de una voluntad que se ha construido fuera de la presión de representación convocante”.

Para el pensador argentino con domicilio en Londres, “la función del representante no es simplemente la de transmitir una voluntad ya constituida, sino darle forma planteándola en organizaciones, en foros que son distintos de aquellos en los cuales la voluntad del representado la había constituido…(así) el papel del representante no es neutral sino que crea un discurso nuevo que acaba modificando y transformando la voluntad misma de aquellos que representa”.

Este salto cualitativo en la definición y funciones de los sujetos políticos nos parece digno de atención, por cuanto implica no sólo la postulación de una democracia “delegativa” en los términos de Guillermo O´ Donnell , sino además una modificación en las instituciones, articuladas entonces para contener y orientar la “soberanía” popular ; escenario agravado por cierto en situaciones político-institucionales como la nuestra, con una mayoría parlamentaria disciplinada y la vigencia y uso irrestricto de los decretos de necesidad y urgencia (DNU).

Siendo Laclau un conocedor de la historia no ha pasado desapercibido para él que el esquema que presenta tiene características de muy difícil aceptación, no sólo por lo que llama el poder conservador y su “odio”, sino por aquellos que a la luz de los procesos históricos rechazan su visión maniquea de la vida social y su apego a las fórmulas schmittianas conceptualizadas en  la relación amigo-enemigo.

 

Dicho esto recordando  que en términos de Chantal Mouffe, lo que se necesita es “una estrategia cuyo objetivo sea desarticular la hegemonía existente por medio de una serie de intervenciones contra-hegemónicas, para establecer otra más progresiva gracias a un proceso de rearticulación de elementos nuevos y viejos en una diferente configuración de poder”.

Es en este marco, en el que actualmente vivimos, que debe ubicarse la verdadera función del representante como constructor de la voluntad popular por encima del poder otorgado, siendo así que su figura podría definirse como la de un burócrata orgánico dentro del aparato que se conforma desde la conducción partidaria, en el escalón de los sostenedores de base del proyecto mayor. Sin embargo, y por eso mismo, no debe soslayarse la parcela de poder que se asigna al representante como articulador de las voluntades ciudadanas, convergiendo fatalmente hacia una única voluntad política determinada “a priori” por el poder central.

 

Esta censura de las voces de la pluralidad política tendiendo a un pensamiento único –sólo factible de discusión en el ámbito de la hegemonía gramsciana- significa la destrucción no sólo de las instituciones que aquellos califican como conservadoras, sino sobre todo la negación del derecho de los otros –que siempre los habrá – a sostener una opinión distinta, así como la eliminación deliberada de los frenos y límites que las instituciones republicanas tienen el deber de aplicar ante los desvaríos y excesos del poder. En rigor entonces, el representante actuaría como un comisario político de las “ideas” del representado, con la total autoridad que le confiere secuestrar y reconfigurar la voluntad política de éste.

 

Así como Laclau sostiene este punto basado en una real crisis de representación en nuestro país, la reformulación del concepto mismo de democracia republicana y la omisión de un instrumento formal capaz de limitar excesos y garantizar derechos de las minorías, obligan a ser cautelosos pero firmes al momento de actuar políticamente, sin ceder a la presión de calificativos y propuestas que sólo sirven para enturbiar la intención de un cambio político y cultural que ,cuando menos, pone entre paréntesis toda la enorme riqueza de la historia nacional .

Sin embargo, no podríamos negar que siempre, en cualquier circunstancia, la política exige una acumulación de poder.  Importa saber entonces el para qué del poder: si la mirada está puesta en una república democrática “aggiornada” a nuestro tiempo, o si se trata de un intento de construcción populista hegemónica, fronteriza con la ilegalidad y sustentada por valores cuando menos ciertamente opinables. Mucho más si aceptamos sin mayor análisis la tesis de Karl Schmitt cuando afirma que “el enemigo es lo que da consistencia al pensamiento y la acción política”.

 

 

  POPULISMO  Y  DEMOCRACIA

 

Es cierto que Laclau expone amablemente su idea de articular cierta forma de populismo con democracia pero en verdad, y no lo oculta, reafirma su razonamiento clasista en la existencia de dos grandes bloques socio-políticos y económicos que dividen a la sociedad argentina y que son, en su visión, fatalmente antagónicos.  Si descartamos la sutil diferenciación que establece Chantal en cuanto a un enfrentamiento agonal y no antagónico, la deriva fáctica de aquel otro postulado presagia para el pueblo argentino un futuro  ciertamente preocupante.

 

Precisamente por eso es nuestra convicción, tantas veces expuesta y ratificada, que los cambios que nuestra sociedad requiere son necesarios y factibles de producirse, aún hoy, en el pacífico marco de la república democrática, superando los saltos al vacío y el carácter casi religioso que vincula la voz del líder con la voz de Dios.

 

 

Jorge  Marasco.-

 

14 de noviembre de 2012.

1 pensamiento en “EL ENIGMA DEL REPRESENTANTE”

  1. Siempre aprendiendo algo. El núcleo está en el para que del poder. Para mi ese núcleo es el equilibrio de la representación y del control que desde el poder se ejerce sobre los otros poderes. Esa esa la división republicana de la representación en tres poderes, columnas. Para mi una clave en la hiposuficiencia en que se encuentra la Justicia como sintesis del control de las otras dos. En fin esta en crisis la representación, lo que significa algo más que la mera conciencia de ese poder.
    Gracias por estar por ahí… en el ciber espacio. Un Fuerte Abrazo de Pp Rodriguez HH de La Plata.

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