EL “DEJA VU” ARGENTINO

MARÍA ELENA RODRÍGUEZ

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De políticos, magos y alucinados

 

Desde que comenzó el año, la situación del país ofrece un panorama particularmente abigarrado. En pocos meses se han visto precipitar en la gestión nacional, todos aquellos asuntos no bien “filtrados” o que no alcanzaron el estado de “solución”. Abusando de la metáfora, podría decirse que la copiosa retórica oficial no ha resultado como reactivo eficiente para “disolver” los asuntos más sólidos. No sólo se manifiestan tercamente insolubles, además se acumulan y se ligan peligrosamente, constituyendo un volumen desbordante.

Cabe interrogarse sobre los fundamentos “científicos” del fenómeno, pero la observación de las prácticas habituales a lo largo del presente mandato presidencial, puede llevarnos a otras consideraciones.

La gestión de este período se ha caracterizado por dos rasgos distintivos:

1)    El receloso “secretismo” en el cual el ejecutivo nacional maneja los asuntos, que en realidad,    son cosa pública.

2)    La exuberante retórica discursista, en cuyos efectos se depositan todos los resultados de la gestión, con prescindencia absoluta del rigor semántico que los hechos requieren.

Ambos rasgos, estrechamente vinculados, se han constituido en metodología. Y cuando se los señala como un “estilo” de gobierno, la referencia queda en un plano superficial. Más profundamente, esos rasgos son señales que indican una inequívoca propensión taumatúrgica en la forma de concebir y ejercer el poder.

Tanto el secretismo, como la creencia a ultranza en el poder “realizador” de la palabra, son reveladores de la omnipotencia que provee el pensamiento mágico. De allí surge la figura del taumaturgo/político, que se sirve de la vieja magia verbal, manipula personas y situaciones e inclina a su voluntad todo cuanto le rodea.

La prestidigitación verbal, largamente practicada en la retórica del gobierno, tiene un componente de engaño, de escamoteo. Se manipula el significado de las palabras, se falsean datos, circunstancias, hechos, información y resultados. El “ilusionismo” intenta distraer de los verdaderos objetivos que persigue, y aún hacer creer a quienes manipula que están siendo beneficiados.

El mentado “relato” oficial,  debería ser interpretado como una expresión folclórica de la vieja magia verbal.  Basta con invocar el “exorcismo” adecuado, para producir o cambiar la realidad misma. Ciertos términos – “pueblo”, “patria”, “justicia”, “igualdad”- son el Ábrete Sésamo para acceder a los tesoros de la popularidad ( y a “los tesoros”, también).

Sin duda la magia verbal es poderosa, no se pueden desdeñar sus éxitos. Pero tiene  riesgos. La magia requiere precisión. Según dicen los entendidos, la operación mágica es de una singular interpretación literal. No se deben olvidar, alterar o contradecir las fórmulas invocadas, sin afrontar después, las más funestas consecuencias. Sin embargo, la omnipotencia del  político/taumaturgo no admite, ni se detiene ante prevención alguna. El despliegue de recursos que emplea según sus designios, no tiene límites.

En la atmósfera mágico-política no es fácil distinguir cuánto de impostura y cuánto de autoengaño o de delirio, coexisten en la taumaturgia del líder. Lo que es cabalmente visible, es el fenómeno especular en el que el pensamiento mágico se reproduce a lo largo y ancho de la sociedad.  La ilusión colectiva se extiende en la misma medida del miedo, atizado como dispositivo de control social,  y de la esperanza, movilizada por las promesas de beneficios futuros (siempre futuros). Lo notable es la seducción hipnótica y la admiración que suscita el “mago” por su poder.

La voluntad de someter del líder carismático y autoritario, tiene mucho  del inveterado sueño de crear autómatas. El ingeniero Norbert Wiener, pionero en informática (USA) señalaba en “Cibernética y Sociedad: el uso humano de los seres humanos” (1948)… “mientras retengamos una huella de discernimiento ético, el uso de grandes poderes para bajos propósitos, constituirá un equivalente de la brujería y la simonía”… En su “Dios y Golem, S.A.” (1964) volvía a prevenir sobre la peligrosa e irresponsable manipulación de personas o máquinas e ilustraba ese abuso con la antigua leyenda del Aprendiz de Brujo, que es oportuno traer aquí.

 

Magia y Poder

                    Según la leyenda, el joven ayudante del mago aprovechó su ausencia para intentar el hechizo más soñado: hacer que los objetos cobraran vida para que le obedecieran. Deseaba ahorrarse la tarea y que los instrumentos de trabajo sintieran su gran poder. Había memorizado la fórmula del maestro y se largó con la prepotencia del servidor que se piensa amo.  Invocó a los torrentes de agua para que fluyeran, y dándole vida a la escoba, le ordenó el acarreo. El conjuro resultó. Pero cuando el agua ya inundaba la casa, advirtió que no tenía la fórmula para detener la operación. Muy ofuscado, arremetió contra la escoba que para colmo, se le alzó amenazante. Con total exasperación la partió con un hacha, convirtiéndola en dos escobas que multiplicaban el desastre. En este punto, quejándose de que los espíritus no le obedecían, clamó la presencia del Mago. Restablecido el orden, el Aprendiz recibió la merecida lección de su Maestro: la magia no se reducía a fórmulas y conjuros.  Sin conocer profundamente la naturaleza y  el comportamiento de las cosas, la palabra carecería de potencia para dominar el dinamismo de fuerzas extraordinarias.  Además, la avidez de poder desataba fuerzas que finalmente lo desbordarían.

Precisamente, cuando Goethe recoge la leyenda en su famosa balada “Der Zauberlehrling/ “El Aprendiz de Hechicero” (1797) le imprimió un marcado tono moralista. Curiosamente, los versos en que el Aprendiz desbordado llama al Maestro, se han convertido en el proverbio alemán “Die ich rief, die Geister!” usado para describir una situación en la que alguien clama por ayuda para resolver algo que escapa a su control, especialmente en política.

En esa misma línea, N. Wiener recordaba la antigua leyenda judía del Golem, un autómata “humano” creado por el sabio cabalista de Praga, el rabino  Judah Löw, para servirle en tareas domésticas. Pero al olvidar programarlo como era habitual en el sabat, el golem enloqueció y el rabino tuvo que destruirlo para detener el desastre ocasionado.

La leyenda y la literatura han recogido a través del tiempo estas singulares criaturas imaginarias (el Frankestein de Mary Shelley, la Olympia en los cuentos fantásticos de E.A.T Hoffman y el sinfin de recreaciones robóticas)  que hoy se confrontan a los palpables logros científico-técnicos. El debate ya no es lo posible, sino las fronteras borrosas entre los altos o los bajos propósitos, como decía Norbert Wiener. En síntesis, la cuestión puede resumirse en la interpretación de  una ética del poder y de la búsqueda de poder.

 

De la magia al “dejà vu”

                                                                                                                                                                 

El gesto presidencial cuando anunció aquel “Vamos por todo!” transmitía la sugestión e la imposición mágicas. En su magnífico escenario, hasta podía vislumbrarse el “toque de la varita”. Lo que fue saliendo después de la galera, han puesto en vilo las instituciones de la república y la vida en comunidad, gestadas con incontables esfuerzos de los individuos que la constituyeron y la constituyen en el presente.                                                                                                                                                        La crisis precipitada por la aguda contracción económica y la conflictividad social (incluida la violencia desatada a niveles demenciales) multiplica los análisis y comentarios que suelen expresar un ”fin de ciclo” y aún, “final de época”, ante la próxima instancia electoral. También se reavivan las interrogaciones en torno al persistente fenómeno argentino: cada final de ciclo no es simplemente cambio, sino gran colapso en el que se regresa al mismo punto de partida, girando una y otra vez, en una crisis perpetuada con los mismos componentes y formas.

Esta extraña repetición -que algunos por la edad han experimentado y a otros se lo han contado o simplemente lo ignoran- suele ser mencionada como un “dejà vu”. En cierto modo lo es. La crisis a la que llegamos al culminar la pretendida década fundacional, no difiere de las anteriores, si no es en las nuevas circunstancias que la rodean. En lo profundo no hubo aportes novedosos en las políticas implementadas. Las ideas y los métodos pueden considerarse bastante anticuados para el siglo XXI y más bien reeditan, en una particular hibridación, rasgos de regímenes totalitarios mezclados a izquierda y derecha del espectro político. De manera que difícilmente se podrían esperar cambios sustanciales , cuando en realidad solamente se ha reemplazado un modelo establecido, por otro “modelo” que se dice opuesto, pero que es de la misma especie. Habría mucho para la caricatura, si no fuera por el perfil trágico de los desgarramientos brutales que se han provocado en el tejido social. La “batalla cultural” entre otras, apunta a borronear la memoria del pasado que hemos heredado y reinventa el presente fabricando los héroes del futuro. Esa remodelación cultural autoritaria, lleva al olvido y resulta así, una amnesia planificada.

Puede decirse que este fin de ciclo acumula y profundiza de manera inédita componentes negativos de ciclos anteriores.  El grado superlativo de violencia que ha permeado las conductas en todos los niveles, no podría considerarse nueva en nuestra historia. Más bien reedita crueles períodos anteriores, que reaparecen con nuevos rostros (como son la narcocriminalidad y la delincuencia salvaje o la cultura “barrabrava, consentidas y naturalizadas)  y sumen en el desasogiego, las expresiones extremas, la confusión y la incertidumbre al conjunto de la sociedad. Se han corrido los límites de lo verosímil de forma peligrosa Y cuando la realidad irrumpe con algo, que aunque sea conocido, no alcanza a ser bien descifrado, se produce el dejà vu.

 

Lo que el tiempo se llevó

 

                    ¿Qué significa el dejà vu? Se trata de un fenómeno de orden psíquico que interesó a Freud por lo enigmático de su emergencia. En realidad se trata de una experiencia individual. Si la aplicamos más allá de lo subjetivo, es en sentido metafórico, aludiendo a una impresión que parece retenida en el imaginario colectivo. El dejà vu –lo ya visto, conocido o acontecido- se presenta como una sensación perturbadora, un instante de extrañamiento que asalta de pronto en un lugar desconocido o ante una situación que debería ser nueva y que se experimenta como ya vista o vivida. Freud destacaba los rasgos de lo inquietante en esos fenómenos, y  sobre todo de aquello misterioso e inasible, que surge en los  fenómenos de constante retorno, de repeticiones involuntarias. Freud los calificaba “lo siniestro”- también traducido “ominoso”- algo que tiene resonancias familiares y que a la vez resulta extraño, inhóspito e indescifrable. Pensaba que allí intervenía una falla en la articulación simbólica. Algo conocido que ha estado oculto, secreto y que de pronto se manifiesta sin haber podido ser simbolizado. Lo siniestro también tiene relación con la mirada, con aquello que se permite, o no, ver. Mostrar algo sesgadamente, atrayendo el ojo para confundirlo o frustrarlo, es colocar la mirada en el umbral de lo siniestro. La mirada se eclipsa, se ciega y angustia, con la terrible sensación de que le han arrojado arena a los ojos. Freud tomó como modelo  del cuento “El Hombre de arena” / Der Sandman (1817) de E.T.A Hoffman todas las situaciones y objetos que transmiten el sentimiento de lo siniestro, especialmente a Coppellius, el demoníaco ilusionista y a Olympia, la muñeca autómata.

Nuevas teorías dan diversos enfoques a este fenómeno, pero pueden resumirse en las alteraciones de memoria, errores de percepción y formación de los recuerdos. En todos los casos, lo siniestro se insinúa fatalmente, en una dinámica entrelazada entre la memoria y el olvido.

 

Casi epílogo

 

                    Es inevitable aceptar que la historia política argentina ha producido una considerable cantidad de elementos de “lo siniestro”. Lo más próximo sin duda, el horror vivido en los años 70,  tiene el peso de lo profundo e irrevocablemente ominoso. Ha pasado tiempo, sin embargo el tremendo quiebre social aún rebota en nuestro días. La mirada sobre los hechos fratricidas se eclipsa, se ciega, con la sensación de que “le han echado arena a los ojos”. Los ambiguos juegos políticos, los simulacros, las fantasías desmesuradas, el mesianismo autoritario no han dejado ver con claridad o, porque angustian demasiado, hacen torcer la mirada y es mejor “mirar para otro lado”. Tal vez por eso resurge ese fenómeno especular entre el líder carismático, autoritario y paternalista y el imaginario social que lo instituye repetidamente. El fenómeno es muy complejo: la disposición a someterse no sería otra cosa que el reverso de la aspiración a mandar. “Yo no creé el fascismo, lo hallé en el inconsciente de los italianos” declaró B. Mussolini. Como en el mito griego, el imaginario social congelado en la matriz autoritaria, queda atrapado en el encantamiento de su propia imagen e insensiblemente, se deja llevar inclinado sobre ella. Para conjurar el “fascinum” tal vez en este “fin de ciclo” pueda romperse el círculo con sólo “limpiar” la mirada. Porque depende de la mirada, de salir del relumbrón que producen las apariencias seductoras y poder mirar de frente los problemas irresueltos.

María Eena Rodríguez

Septiembre 2014

 

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