DISFRAZ PARA UN VIEJO MODELO

 

 Hipocresía

 

 

Hubo una vez un país, en el siglo pasado, en el que por decisión del superior gobierno se suprimió la prensa no adicta o de oposición, con la finalidad de acallar las voces discordantes y las opiniones distintas que la sociedad necesitaba expresar.

Comenzó así la organización de la propaganda oficial en todos los medios de comunicación, limitados entonces a la radiotelefonía, a diarios, revistas y otros medios escritos; los que fueron utilizados sistemáticamente, para mantener vivo el relato oficial y para modificar los valores de la cultura mediante acciones puntuales, reiterativas y sin admisión de réplica alguna.

El jefe de gobierno pronunciaba largos discursos encaminados a mantener encandilado al pueblo y controlado a su espacio político de conducción.

No existía ninguna inspiración filosófica ni ideológica, ya que solamente se planteaban ideas generales con las que fácilmente se podía embarcar la mayoría de la población.

El reordenamiento del Estado y la grandeza de la nación, eran las banderas a hacer flamear, exaltando un sentimiento nacionalista, con hábiles monólogos destinados a capturar la opinión favorable del mayor número posible de ciudadanos.

Se utilizó, la indefinición doctrinaria y la ausencia explícita de un proyecto concreto de nación, con la finalidad de aglutinar y de no excluir.

Como todo régimen autoritario, contó con una importante base popular de apoyo, que vio en estas propuestas el instrumento apto para terminar con las ideas liberales y con la izquierda.

En lo formal se mantenían las instituciones del Estado, sin embargo, su funcionamiento fue drásticamente modificado y la digitación y la obediencia irrestricta fueron el método elegido para concentrar el poder sobre todas las funciones del Estado (ejecutivas, legislativas y judiciales), con la ausencia absoluta de controles por parte de la sociedad.

Se exaltó la idea del derecho de la primer minoría, de gobernar (legitimidad de origen) ya que el número justificaba y fundamentaba la manipulación de los “mejores”, que nunca se equivocaban, que eran dueños de la verdad absoluta, que no aceptaban argumentos en contrario y consideraban traidores a la patria a los que pensaban diferente.

Esta asumida condición de “mejores”, solo reconocida por la conducción política, dejó al descubierto la pobreza moral, intelectual y técnica del grupo  de elite que rodeaba al líder.

Así se fue conformando una estructura políticamente piramidal, en cuyo vértice se encontraba el conductor de la política.

En el orden económico-social, este accionar representó un instrumento para asegurar el funcionamiento de la libre empresa, de la que el Estado se convirtió en su guardián.

Con el dominio del poder, cuasi absoluto, se fue conformando una base amorfa con ideas supuestamente revolucionarias que intentaba agrupar a la mayor parte de la población.

Estas políticas encontraron inspiración en Hegel, Schopenhauer, en Nietzsche, en Maurras y en Sorel.

En algunas de las ideas que estos hombres expresaran, encontraron fundamentos para estructurar un Estado totalitario apoyado en una base ocasionalmente mayoritaria, que mantuvo el régimen económico, facilitando el desarrollo de las empresas más fuertes, concentrando el poder económico y asegurando su supervivencia y crecimiento por su relación de dependencia del gobierno central.

Esta actitud, lo caracterizó como un régimen ultraconservador que montó todo un andamiaje de apariencia revolucionaria (condición que solo se manifestaba en las palabras), con el fin de mantener estructuras que de otras forma se verían seriamente amenazadas.

Esta misma característica correspondió al régimen Nazi, donde a los industriales la democracia les pareció demasiado ineficaz para preservar las estructuras de las izquierdas, por lo que recurrieron a un sistema extremadamente autoritario, que se disfrazó de apariencias populares para conquistar el favor de las masas.

Encubría acciones reaccionarias que permitían que los supuestos enemigos de los privilegios se engalanaran con pomposos calificativos y se enriquecieran a costa del pueblo. La condición necesaria para conseguir este objetivo era mantener a la población en grados superlativos de ignorancia y de adoctrinamiento en la escuela, lo que garantizaría la adhesión al sistema.

El resultado de todo este proceso como era de esperar, derivó en el nacimiento de una conducta ya conocida en muchos partidarios de este régimen en los que despertó una pasión exacerbada desmedida y tenaz hacia la causa, una incondicional adhesión y una monomanía persistente hacia los objetivos, en más de una oportunidad, indiscriminada y violenta.

Este tipo de fanatismo, superaba la racionalidad y alcanzaba extremos peligrosos como la persecución y hasta la muerte, como síntoma del deseo incondicional de imponer un credo político.

En estos casos, la conciencia individual queda eliminada y se sustituye por el sentimiento de pertenencia al sistema, al que se suman el disvalor del mundo fuera de la facción totalitaria en que se desarrolla el fanático.

Este, no acepta el debate o la búsqueda común de la verdad, cree ser el dueño absoluto, afirma tener todas las respuestas y no acepta cuestionamientos ni críticas del otro.

Esencialmente son seres de espíritu maniqueo, grandes enemigos de la libertad, opuestos a la prosperidad del conocimiento, en síntesis, una suerte de nihilista destructivo poderoso.

El fanático rechaza la humildad intelectual de corte socrático con una actitud dogmática que lo aleja de la verdad.

Los fanatismos inexorablemente han conducido a gravísimos desastres.

Si es fanático quien conduce, serán fanáticos los conducidos.

Así se han originado y desarrollado guerras, masacres, genocidios, enfrentamientos en el seno de las sociedades por la intolerancia del fanatismo.

Estos males podrían evitarse con la universalización de actitudes fraternas que aceptaran el pensamiento diferente.

Todo movimiento político, religioso o social que cultiva seguidores fanáticos, presentan rasgos comunes:

1)    Exceso de dogmatismo traducido en verdades que no deben ser razonadas ni cuestionadas.

2)    Ausencia de espíritu crítico a no admitir la discusión de las verdades.

3)    Conducta maniqueista, sin matices, solo admite dos categorías: buenos y malos, y busca siempre un enemigo a confrontar.

4)    Autoritarismo o imposición de las propias creencias por la fuerza.

Hemos estado describiendo lo ocurrido en Italia durante el régimen de Benito Mussolini, enrolado en el fascismo más representativo y que trajera el desencuentro de una nación, la división de su población, la cárcel, la guerra, la muerte y el odio.

Solo hemos intentado describir un caso de la historia que hoy pareciera repetirse, con el disfraz de la revolución nacional y la fundación de una nueva nación.

Recordar y comparar, a veces resulta no solo útil sino absolutamente necesario.

 

Jorge Oscar Aguilera

 

Autores consultados:

  • Julio Cesar de la Vega
  • Alonso Fernández, F.
  • Pérez Tapias, J.A.
  • E. Echeburua y P. de Corral
  • Savater, F.

1 pensamiento en “DISFRAZ PARA UN VIEJO MODELO”

  1. Muy inteligente artículo Jorge.
    Todo fanatismo, todo fundamentalismo, crece en cantidad y calidad directamente proporcionales a la negación del “otro”, del “diferente”, a nuestra incapacidad para atender, comprender y aceptar los valores, las motivaciones y las expectativas de quienes consideramos “distintos”. Nos arrogamos derechos sobre sus vidas y sobre sus muertes. La corta historia bicentenaria argentina está regada de ejemplos sangrientos. Agucemos nuestros sentidos para no repetir ese ciclo infausto. Gracias Jorge por la lucidez de tus palabras.

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