Demoliendo Ídolos

Una ola mediática propaga con decisión, los proyectos legislativos que promueven la exclusión de todos los símbolos religiosos en el ámbito público.

Tal medida reguladora, es alentada con el irrefutable fundamento laico del Estado contemporáneo.

La progresiva secularización de Occidente, es uno de los procesos sociales más intrincados desde la segunda postguerra europea. En las zonas urbanas de los países industrializados, las manifestaciones de “lo sagrado” están siendo – paulatinamente – estibadas en el ámbito privado de sus correspondientes grupos de pertenencia. Dentro de esa compleja dinámica, cada individuo adulto debe ser invitado a formalizar libremente su personalísima adhesión.

La práctica de una creencia es considerada, hoy, un derecho humano inalienable, de la misma manera que lo es la decisión personal de prescindir de toda creencia y del ejercicio de toda liturgia.

La escandalosa relación prostibularia entre los Estados independientes por un lado y las organizaciones religiosas transnacionales por otro, – que fue iniciada con pompa y beneplácito mutuo por el último emperador romano Teodosio I, a través  del Edicto de Tesalónica en el año 380 -, ha derivado en miserables descréditos, tanto para los Estados como para las diferentes creencias oficializadas.

  • Las fatigosas “guerras de religión” que engangrenaron la modernidad europea,
  • la interpretación de la historia política de los pontífices romanos y
  • el desarrollo milenario de las heterodoxas actividades religiosas de raíz abrahamánica,

son una cantera insondable de material documental, para los estudiosos de las ciencias sociales de hoy.

Con objetivo espíritu científico se intentan analizar los estrechísimos lazos entre el poder político, sus vías de legitimación y las creencias religiosas, durante los últimos mil setecientos años en Occidente.

Ante este panorama excesivamente alambicado, me permito encender una razonable alarma.

Este festivo avance iconoclasta, que en nuestro país es celebrado por una minoría progresista, laica y entusiasta, no está exento de aparente candidez.

La erradicación material del símbolo –sea cual fuere éste- no supone, ni indica ni tampoco incluye, la expulsión sin retorno de aquello que el símbolo representa.

Para asomarnos al mundo de los valores, – entendiendo por éstos a las justificaciones intangibles en las que se fundan nuestros pensamientos, sentimientos y acciones -, se nos exige estar dispuestos a ingresar en el universo de lo inefable, de aquello a lo que solamente accedemos por los tortuosos senderos de la intuición, de la metáfora …y del símbolo.

¿Qué son: la libertad, la fraternidad, la igualdad, el sufrimiento, la abnegación, el consuelo y la paz? si no valores, esto es: justificaciones intangibles que nos orientan el accionar a cada uno de los miembros de la especie humana.

El desmantelamiento público de objetos de indudable connotación ideológica, es una muestra del espíritu laico e igualitario que está tiñendo a nuestras sociedades civiles. Pero para que esa tintura se afirme y tome cuerpo, debe ser acompañada por una generosa, ardua y persistente campaña educativa. En ella, el convencimiento deberá primar sobre la coacción, el consenso sobre la violencia del quórum y el espíritu igualitario sobre los revanchismos entre la cátedra y el púlpito.

Descolgar cruces, exilar madonas, mutilar estrellas y candelabros o amputar lunas en cuarto creciente, son meras acciones mecánicas que, para su legitimación republicana, deben estar firmemente aceptadas por el electorado y por los contribuyentes.

  • A mediados del siglo XIX, José Mármol predijo poéticamente que: “ni el polvo de sus huesos la América tendrá…” pero desde 1992 el rostro del Restaurador de las Leyes, decora nuestros billetes de veinte pesos y sus restos mortales son honrados con honores militares en la Recoleta de Buenos Aires.
  • En 1956, el Decreto-Ley 4161 del Poder Ejecutivo Nacional, prohibió marchas, distintivos, banderas, imágenes y hasta la sola mención del “tirano prófugo” o del “dictador depuesto” y de su difunta esposa. Pero el 23 de septiembre de 1973, ese Teniente General retirado fue electo democráticamente por tercera vez, con el apoyo del 61,85 % del padrón nacional.

Estos son solamente dos ejemplos históricos, elegidos – obviamente – con intención provocativa.

Cuando un símbolo es extirpado sin acuerdos sinceros, sin voluntades explícitas, la vulnerabilidad y la volatilidad de ese cambio son extremadamente altas. Así, los riesgos de la desunión nacional se multiplican porque se reavivan heridas, prejuicios y pasiones aletargadas.

La Razón, que es la guía de toda organización universitaria se encuentra en peligro. No destilemos aparente inocencia en ninguno de nuestros claustros.

Considero una grave obligación intelectual y solidaria, encontrar los cauces apropiados para que nuestro laicismo declamado, sea racionalmente y efectivamente incorporado en los comportamientos públicos de los conciudadanos del siglo XXI.

Mario Corbacho


5 pensamientos en “Demoliendo Ídolos”

  1. El verdadero fundamento del laicismo es que todas las religiones estén en un pie de igualdad, combatiendo con su predica las segregaciones y las persecuciones entre ellas y entre el estado. El evitar la presencia de símbolos religiosos en los espacios publico, segregan a las diferentes religiones por igual, pero no permite la convivencia positiva entre los diferentes pensamientos religiosos. Es por ello que es una solución fracasada antes de nacer, pues se contrapone con los postulados iniciales, sosteniendo un culto al vacío religioso que es un verdadero galimatías totalitario y antireligioso.

  2. Posiblemente, Daniel, nuestro Estado no sea realmente laico. Desde el preámbulo constitucional y en varios de sus artículos, se evidencia una postura religiosa monoteísta. Existen movimientos reivindicatorios, -algunos extremistas-, que intentan izar las banderas de un laicismo, hoy extraviado. El tema merece mejor y más lúcida atención por parte la intelectualidad argentina.

  3. Me parece que hay que atender a cierta coherencia entre el espíritu de la legislación general, llámese por caso Constitución Nacional, y la exhibición de ciertos símbolos en lugares públicos, nacionales, provinciales, municipales, que expresan la iconografía de un cierto grupo o comunidad religiosa en particular. Si se pretende poner en práctica el declamado pluralismo religioso, la solución más práctica y quizás más coherente sea la oblilteración de todo simbolismo en un Estado que se proclama, justamente laico y no confesional. De otro modo, cada grupo religioso, que el mismo Estado reconoce y que son muchos, puede aducir el derecho de exhibir en reparticiones públicas su simbología propia…

  4. Estimado Carlos: Me alegra esta formalización del disenso. Es un inicio halagüeño para el diálogo racional.¿Cuál es la frontera entre signo y símbolo?. Los “símbolos” son invenciones estrictamente humanas, representaciones perceptibles de cualquier realidad, artificios -en suma- conformadas por “signos”. Según Geertz será “símbolo” todo aquel “signo” interpretable, pudiendo afirmarse que el “signo” es la mínima expresión del “símbolo”. Por ello no hay “símbolo” sin “signos”. Para que “la evolución cultural del grupo humano” se realice, el tipo de la educación que se elija es de fundamental incidencia…y en eso nos toca un papel decisivo a las generaciones “adultas”.
    Abrazo y seguimos en diálogo.

  5. Rectius: se habla de “símbolos” cuando en realidad se trata de “signos”: el signo de la cruz, los signos de la restauración rosista, etc.
    El símbolo es polisémico, es decir que tiene varias interpretaciones, en tanto no es el caso del signo.
    Los signos de la intolerancia deben ser definitivamente desterrados, porque esa es la labor del estado laico. Queda por revisar la cuestión simbólica subyacente, que tampoco es curada por ninguna educación en particular, sino por la evolución cultural del grupo humano en que se inserta.
    Carlos Berini

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