De los pobres y la pobreza

Hay un método infalible que permite distinguir el propósito
verdadero del alarde cínico:  mientras quien está animado
por un propósito verdadero de combatir una calamidad la
ataca en sus orígenes, quien está animado por el cinismo
la ataca en sus consecuencias visibles, después de haberlas
alimentado en sus orígenes”. Juan Manuel De Prada.

El tema de la pobreza es una constante que se ha convertido a lo largo de los años y las décadas en el “leit motiv” de los discursos y relatos más transitados de la política argentina. Ninguno de ellos, por cierto, ingenuo o carente de intencionalidad.
En realidad, volver a repetir una vez más las referencias estadísticas sobre el número de pobres e indigentes, su dispersión o concentración geográfica, las innumerables citas de los “culpables” de tal situación y , más aún, las promesas de solución fatalmente incumplidas, no haría más que  reiterar aspectos del tema por demás conocidos.

Por estas razones parece más conducente intentar adentrarse en el análisis –cuando menos somero – de algunas de las consecuencias del mantenimiento deliberado de la condición de pobre, esto es, describir cómo de la sumatoria de los casos individuales surge una construcción colectiva con características estructurales.  Dicho de otro modo;  por encima de la condición del individuo pobre y aislado, considerar la aparición “de relaciones relativamente estables entre las diversas partes o elementos constitutivos de un todo.  La articulación del todo, dentro de una sociedad (o grupo), se realiza de modo tal que el cambio en uno de sus aspectos o de una de las relaciones supone cambios correlativos en los otros, pero asegurando la persistencia del tipo fundamental de la totalidad.  Consiguientemente, el cambio de una estructura social sólo puede darse mediante un salto cualitativo”.

Asegurar entonces “ la persistencia del tipo fundamental de la totalidad” consiste en mantener inalterada la esencia, lo fundamental que define la cosa, aquello que en Baruch Spinoza se traduce en que
“la esencia de una cosa es aquella que, si es destruida, implica que la cosa también se destruya”.  Y la cosa no es el pobre, la cosa es la pobreza.

¿Y porqué es así ?

No es necesario hacer un esfuerzo de imaginación para reconocer que la situación de pobreza viene acompañada por notorias carencias que demuestran las profundas desigualdades en que se asienta la trama social,  es más; tal como lo muestran infinidad de ejemplos, muy cercanos por cierto, es posible sacar a miles de pobres de la miseria absoluta sin reducir por eso las ominosas brechas de desigualdad y aún ampliándolas.  Es cierto que puede alegarse que en ciertas circunstancias han crecido los montos de dinero destinados a cubrir las carencias más agudas de los sectores empobrecidos, pero no lo es menos que el nivel de “gasto” no es un indicador fiable para medir la eficacia de las políticas sociales. No es aventurado afirmar que para muchos involucrados en la cuestión –sobre todo para quienes presumen de voceros populares – es mucho más fácil repartir “mejor” la pobreza que incentivar con fuerza la creación de riquezas.

Y no se rotule esto como de derecha o izquierda, porque en realidad somos muy concientes del viejo apotegma que nos dice que primero se ha de vivir para después filosofar.  Lo que tememos, es que en el devenir de nuestras vidas el “primo vivere” aniquile hasta la posibilidad del filosofar.

Señalamos en el inicio que podemos prescindir de citar detalles por todos conocidos que exhiben llagas lacerantes en la sociedad argentina, desde plagas endémicas a embarazos adolescentes , desde la promiscuidad a la droga, desde el hambre a la mortalidad infantil, producto a veces de subculturas que no hemos integrado a nuestras vidas, y también , por supuesto, obra de la ineficacia o desidia de la presencia estatal en amplias zonas carecientes del país.

Lo cierto es que en definitiva el “gasto” que se exhibe obscenamente como ayuda al pobre no combate ni mucho menos elimina la pobreza estructural que lo contiene.  Una cosa es el pobre, aquel que en casos no muy frecuentes y según la movilidad social de cada sociedad puede remontar su presente y acceder a niveles de vida más dignos dentro de su grupo de pertenencia.  Otra, muy distinta, es la pobreza estructural, producto de una trama de causas varias que la hacen más difícil de abordar, pero que en lo esencial forma parte del paisaje que buena parte de la dirigencia nacional – política o no – está dispuesta a mantener a toda costa, pues es el basamento sobre el que apoyan el desarrollo de sus propios intereses. Hay aquí un núcleo duro de la pobreza que, perversamente protegido, tiene sutilmente clausurados los caminos del progreso individual y su correlativa inserción social.

Una cosa es ser pobre y otra muy distinta la pobreza; en esta última-que en los términos señalados es funcional a una forma de hacer política desvinculada del servicio al bien común, radica parte fundamental de la estructura de poder de que hacen uso demagogos y populistas por igual.

Tanto es así que es fácil advertir que se repiten hasta el hartazgo  los  procedimientos que utilizan como señuelo “ayudar” al pobre para, en definitiva, devolverlo a la pobreza, ratificando una estructura de sumisión y dependencia que, cuando menos,  aniquila su condición de ciudadano.  Es claro que resulta injusto atribuir las culpas de esta situación a uno u otro gobierno, a uno u otro sistema.  Parece más práctico y conducente  abocarse a sugerir las condiciones mínimas necesarias para atacar en sus perversas bases la estructura conformada alrededor de la pobreza, la inescrupulosa utilización del pobre como un objeto, parte fundamental –cualitativamente considerado – de una organización del poder de larga data en el país.

POBREZA  Y  POLITICA

Para que pobreza y política dejen de alimentarse mutuamente es imprescindible lograr ya la inclusión social de millones de argentinos que de otro modo carecen de futuro, de todo futuro.  Pero la inclusión, para ser eficaz, no puede agotarse en el mero asistencialismo. Para dar a tantos compatriotas una positiva dimensión de futuro, el sendero a recorrer  tiene como punto de partida la educación y el trabajo, mirada estratégica en que el Estado tiene una particular e inexcusable responsabilidad, sin que esto exima a otros sectores sociales de sus propias obligaciones comunitarias. Cuando menos para evitar  a conciencia la creación de los “típicos residuos humanos” a que se refiere Zigmunt Bauman cuando habla de los marginados del mercado global.

Educación inclusiva en todos los niveles, pero también de calidad, exigente hasta lo razonable y constructora de virtudes cívicas que consoliden a la persona como sujeto y no sólo como objeto de la historia.  Trabajo para todos, en un esfuerzo compartido en el que un objetivo central será hacer crecer la capacidad productiva del país, sea globalmente o por sectores, pero crecer.  Ese es el inmediato papel de la economía;  la distribución del producto es tarea de la política y de allí la doble responsabilidad de los hombres y mujeres que hacen de la política su profesión.

Cabe entonces reconocer que las causas estructurales de la pobreza y la indigencia, y sus consecuencias,  no son sólo económicas sino también culturales e institucionales.  El puro crecimiento material, un ápice en la mejora en la distribución del ingreso, no justificaría de ninguna manera que el mismo se sustente en la cesión de parcelas importantes de la libertad civil y política de los ciudadanos, mucho más cuando la voz de los pueblos, tumultuaria y ascendente, se hace oír y obliga a reflexionar sobre las probables consecuencias de lo que algunos califican como un cambio de era.

Para ser más claros, a nuestro entender existe una interacción dialéctica entre la educación y el trabajo.  Así como para ciertos pensadores el hombre se realiza en el trabajo  – se humaniza dirían algunos  –  , la educación y la instrucción  aparecen como factores insoslayables en la construcción del individuo como persona, como el cimiento que alienta y sostiene su inserción en la sociedad, sobre todo en épocas de cambio tan significativos como  la que nos toca vivir.

Al ejercicio virtuoso de  esta particular simbiosis entre trabajo y educación es necesario aportar los hombres y mujeres comprometidos con la realización de un “nosotros”  inclusivo, pero también pleno de convicciones afines a la democracia republicana que muchos de nosotros deseamos alcanzar, aun en el marco de las diferencias propias del encuentro entre la libertad y la igualdad.

Digámoslo de otra manera; hacer posible el acceso al poder de artesanos de la honestidad, capaces de la gestión y también de practicar y estimular la fraternidad cívica que necesitamos para encarar unidos los desafíos del presente y del futuro.

Erradicar o cuando menos atenuar la pobreza estructural es posible y con ello abrir un horizonte de progreso para millones de habitantes de esta rica tierra argentina. Necesitamos para ello de una decisión política sin fisuras, y lograda ésta lo haremos no sin esfuerzos ni conflictos, por cierto de difícil solución.  Pero es posible y necesario y por eso mismo un compromiso que nos involucra ética y socialmente.

Jorge  Marasco.-

4 de abril de 2011.

1 pensamiento en “De los pobres y la pobreza”

  1. Excelente! Muy bueno el escrito de La Pobreza de Jorge Marasco y el escrito sobre ética ( Edgard Morín)

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