APUNTES SOBRE UN MAESTRO

 

 muerte_de_socrates

“He amado a Sócrates con el afecto que no sentí por ningún ser humano en la historia”.

F. Nietzsche.

 

Estamos en el siglo V AC, en un lugar especial de la historia. Estamos en Atenas, una ciudad en la orilla del mar Egeo, con un clima limpio de cielos claros y aguas azules,  situada entre cerros, costas, islas y olivos repentinos. Habitan allí 200.000 almas. Hay esclavos, viajeros, comerciantes, campesinos, políticos, militares, oradores y pensadores. Gobierna o ha gobernado un ciudadano de nombre Pericles, que construyó templos, palacios y monumentos y condujo la gloria de la ciudad a sus cumbres.

 

En nuestra ciudad de Atenas en algún momento de esos años de oro, nos encontramos predicando como un militante, con una personalidad sobresaliente.

Su nombre es Sócrates y veremos porqué es uno de los primeros héroes de la cultura, fundador de alguna manera, de valores universales.

 

Pensemos por un momento en ese espectáculo mediterráneo. Imaginemos  los edificios y obras de arte construidos en la Atenas de Pericles: las murallas que unían la ciudad con el puerto del Pireo; el Partenón, las estatuas de Fidias, las columnas dóricas y jónicas; el teatro, las tragedias de Sófocles; toda esa obra se realizó ante sus ojos. Fue testigo del triunfo de la ciudad sobre los grandes persas en  batallas memorables. Intervino en las guerras contra Esparta como soldado ejemplar. Y asistió al proceso en el cual los ciudadanos atenienses, organizados al aire libre en reuniones y asambleas, se gobernaban a sí mismos a través de una práctica  llamada en lengua griega, y por primera vez, demo-cracia.

Un privilegiado actor en un tiempo extraordinario.

 

Querefonte, su amigo íntimo, consultó al oráculo de Delfos y preguntó, ¿”Hay alguna persona en el mundo más sabia que Sócrates”? La respuesta fue contundente: Nadie es más sabio que Sócrates.

Querefonte se lo contó a su maestro. Pero Sócrates se mostró desconcertado e incómodo. No estaba acostumbrado a los elogios sino a las críticas. Nunca se habría imaginado ser considerado por los dioses la persona más sabia en el mundo. Para contrariarlos, porque en el fondo era un rebelde y nunca aceptaba lo establecido, decidió buscar personas más sabias que él mismo.

Primero encontró un político. El político tuvo una opinión muy alta de su propio conocimiento y habló continuamente. Sócrates percibió la arrogancia del político y también su ignorancia y reflexionó: esta persona sabe muy poco pero  piensa que lo sabe todo.

No quedó satisfecho y continuó su búsqueda. Se encontró con un poeta. Este poeta era brillante para escribir poemas, pero pensaba que era el mejor de todos simplemente porque escribía poemas. Amaba sus obras como si fueran únicas.

El siguiente fue un artesano. Y con desilusión, comprobó que el artesano pensaba que podría hacer cualquier cosa en la tierra porque tenía habilidades manuales. Su orgullo afectaba su juicio y no lo sabía.

Entonces Sócrates descubrió el significado oculto detrás de las palabras de los dioses. El Oráculo de Delfos no decía que fuese la persona más inteligente del mundo. Decía que, entre muchos, sólo él podía considerarse sabio porque era el único que se daba cuenta de sus límites; el único que enseñaba que la sabiduría se basaba en la humildad y en  el aprendizaje perpetuo; que la duda y la pregunta definían el conocimiento, y que su  misión comenzaba en uno mismo, en el simple y complejo  esfuerzo de mirarse. El verdadero saber no habría de encontrarse en el espacio físico, entre los creadores de palabras, sino en el corazón.

Amor al saber, predica Sócrates. Un trabajo difícil que se dice en griego, Filo-sofía.

En siglos anteriores, los pensadores de Jonia, (hoy Turquía), se habían preguntado por el origen de las cosas materiales, de los mundos y estrellas que observaban con asombro. Tales, Anaximandro y Anaxímenes por ejemplo, fueron considerados luego como físicos, porque su preocupación se concentraba en la naturaleza y sus reflexiones eran libres y se apartaban de los dioses. Otros como Heráclito, Parménides o Pitágoras, en diversas geografías, pensaron sobre  el universo, las leyes del movimiento o de los números, las figuras y la música.

Sócrates en cambio, fue el iniciador de un saber que parte desde el hombre.

“Conócete a ti mismo”: Estas palabras inscritas en el Oráculo le dieron a Sócrates la clave para el punto de partida.

Los sofistas-los grandes expertos de la época- proclamaban el relativismo. Ellos dictaban las reglas de la sociedad y de la vida urbana. La verdad dependía de las opiniones de los hombres. El hombre es la medida de todas las cosas, decían como una máxima.

Sócrates critica esa fórmula convencido de que los ejemplos concretos encierran elementos comunes que no pueden verse con los ojos. Si decimos que un acto es bueno será porque tenemos alguna noción de la bondad. Si decimos que un acto es justo es porque nos imaginamos qué será la justicia. Para el relativismo en cambio, estas nociones abstractas eran consideradas convenciones, acuerdos construidos entre hombres. Y entonces lo que es justo,  bueno o  virtuoso para unos puede no serlo para otros. Una especie de moral localista, propia de cada geografía.

Sócrates, al contrario, está convencido de que los conceptos, y especialmente los conceptos morales, han de ser lo mismo en todas las ciudades y válidos para todos los hombres. La búsqueda de la noción universal o de la significación general es el propósito del conocimiento, el objetivo de la ciencia y el fundamento de la moral, decía. No puede haber una moral para uno o para pocos. Las leyes morales deberán ser en adelante, para todos.

Sócrates creía en la superioridad de la palabra oral sobre la escritura y por eso pasó gran parte de su vida en los mercados y las plazas, iniciando diálogos, discutiendo con los que quisieran escucharlo y respondiendo sólo con preguntas. La pregunta era su método su forma de enseñar. Carecía de recetas o de respuestas preestablecidas. Más bien era un buscador, un buceador  del alma.  “Estoy aquí como un tábano”, provocaba, aludiendo al fastidio, a la molestia que producía su estilo entre los ciudadanos correctos. Creía que impulsar al otro a explorarse debería generarle un conocimiento mayor, pero también una turbación, una verdad desconocida. Utilizaba una especie de técnica que consistía en provocar a los espíritus ajenos, inquietarlos,  conmoverlos  para que descubrieran sus verdades por sí mismos.

Fue obediente con las leyes de Atenas, pero en general evitaba la política práctica. Creía que había recibido una llamada casi divina para ejercer la filosofía-entendida como trabajo sobre uno mismo- y que podría servir mejor a su país-es decir a su ciudad que era todo su país- dedicándose a la enseñanza y persuadiendo a los hombres para que hicieran examen de conciencia y se ocuparan de su alma. No escribió ningún libro ni tampoco fundó ninguna escuela. Lo suyo era la palabra, la charla itinerante. Y permanecería en el anonimato sino fuera porque su alumno más querido, dedicó toda su obra a explicarlo. Ese amigo de nombre Platón fue el primer filósofo de Occidente.

Las enseñanzas socráticas-en esencia- pretenden colocar a la justicia, el amor, la virtud y  el autoconocimiento como valores universales que debían constituir el contenido del saber. Pero tampoco alcanzaba sólo con saber. El saber-decía-nos haría mejores. Creía que todo error provenía de la ignorancia y en cambio el conocimiento, finalmente conduciría a la justicia.

Sufrió la desconfianza de sus contemporáneos. Ejercía su pensamiento crítico sin prejuicios, sin respetar las normas convencionales, y eso disgustaba a los políticos y a las creencias establecidas. Fue acusado de subvertir las costumbres y también de ateísmo, sólo porque su instinto fundamental no aclamaba a los dioses sino que se dirigía al interior del hombre.

Fue sometido a juicio. Algunas de las  obras de Platón recogen lo esencial de la defensa que Sócrates hizo en su juicio: una espontánea  reivindicación de su propia vida.

Fue condenado a muerte. Sus discípulos planearon su huida de la prisión hacia el exilio, pero para el griego el exilio era inaceptable. Nuestro hombre prefirió acatar la ley aun conociendo su injusticia. “Como amo a la ciudad cumplo sus leyes”, afirmaba, y como otros maestros de la historia eligió  el testimonio de la muerte como ejemplo final.

Pasó sus últimos días con amigos y seguidores, y durante una de las noches cumplió su sentencia bebiendo una copa de cicuta.

Sus palabras finales fueron breves. Pidió que pagaran sus deudas. No eran muchas: un gallo, un vestido y un par de monedas. Después llegó una muerte digna, serena, acompañada.

Y si Sócrates se sitúa, visto en perspectiva, en un escalón superior al saber que contribuyó a formar en la Grecia de Pericles, sus voces milenarias alcanzan este tiempo,  este  momento único en que la civilización se conmueve por la transformación de los valores, la destrucción de la naturaleza y la alienación del hombre; un tiempo histórico en que  tener siempre es más importante que ser.

Aquel trashumante y desaliñado maestro, ese buscador de la verdad que pregunta en vez de responder; ese personaje excéntrico enseñando a quien lo escuchara que saber no es repetir sino pensar, y que aprender es siempre recordar- en el sentido de percibirse y ser responsable de los actos de una vida,- existe entre nosotros como una marca genética, como una esperanza, como una utopía que se realizará alguna vez.

¿Estaremos en condiciones de volver a esa ética fundadora, a los valores que dieron un sentido moral a lo humano? En otras palabras, ¿seremos capaces, como enseñaba el maestro, de reflexionar sobre nosotros mismos y entonces contribuir a mejorar el mundo?

Un profundo poeta alemán que vivió entre dos siglos condensa en una línea la posibilidad del reencuentro: “Donde  crece el peligro, crece también lo que salva”. (1)

 

(1)  Hölderlin, F. (1770-1843) Himnos, IV, 190, del poema “Patmos”.

 

 

 

 

3 pensamientos en “APUNTES SOBRE UN MAESTRO”

  1. Un bello y delicado texto que logra con maestría hacernos reflexionar sobre el legado socrático a la cultura de Occidente.

  2. Con tanto relato oficialista craquelado y tanta pirotecnia pornográfica opositora, la lectura de este breve texto político tonifica el alma. Excelente aporte.

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